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Religiosidad y desarrollo humano: entre la fe ilusoria y la fe adulta

En toda vida cristiana vivida con seriedad y profundidad, tarde o temprano emerge una pregunta fundamental: ¿qué efecto tiene la religiosidad en nuestra vida? ¿En qué ayuda, qué transforma? La cuestión sobre la relación entre religiosidad y desarrollo humano no es menor, pues toca el núcleo de la experiencia creyente.

            La pregunta de fondo es cómo la vivencia religiosa puede realmente transformar la existencia y contribuir al crecimiento personal. Algunos suponen que toda fe religiosa, por el solo hecho de profesarla, conduce automáticamente a un mayor progreso humano. Otros, en cambio, sostienen que esto depende del contenido de esa fe y de la manera en que el sujeto la interioriza y la vive. También hay quienes consideran que la religión puede convertirse en un refugio infantil, una proyección de deseos que impide afrontar la realidad con madurez. Por ello, discernir el papel de la religiosidad en la vida humana exige una mirada crítica, abierta y profundamente espiritual.

            Es evidente, por nuestra propia experiencia, que no toda religiosidad favorece la madurez. Nos hemos topado con personas religiosas, pero complejas, conflictivas; incluso, en la medida en que nuestro inconsciente nos lo ha permitido, nosotros mismos nos hemos dado cuenta de nuestra propia inmadurez, dificultades e incoherencias.

            Hay planteamientos teológicos y pastorales que, más que abrir a la vida, encierran al creyente en dinámicas de dependencia, miedo y sumisión. Pensemos, por ejemplo, en aquellas comunidades donde todo está prescrito, donde la experiencia religiosa se reduce a obedecer ciegamente a una autoridad, sin espacio para el cuestionamiento ni para la libertad personal. Allí, más que un camino de crecimiento, la religión se convierte en un freno a la capacidad de autodeterminación y a la libertad.

            En este sentido, resulta necesario y esclarecedor hablar sin eufemismos de las “malas teologías”. Estas no surgen únicamente de una formación deficiente, sino también de la falta de un aggiornamento constante y de una formación teológica permanente. La teología, como disciplina viva al servicio de la fe, exige una continua actualización, ya que en el proceso interpretativo del Evangelio suele emerger nuestro propio yo, que tiende a resistirse, defenderse o incluso distorsionar el mensaje evangélico. Algunos lo olvidan, otros lo niegan, y no faltan quienes lo tergiversan según sus propios intereses. Una teología que se desentiende de la historia y de la complejidad de la experiencia humana corre el riesgo de sustentar prácticas religiosas alienantes. Se trataría de una fe que ofrece certezas fáciles, pero al precio de la autonomía personal y de la responsabilidad ética.

            Por ello, volviendo nuevamente a la pregunta de si toda expresión de religiosidad conduce necesariamente al desarrollo humano y espiritual, la respuesta es clara: no siempre. Todo depende de cómo se configure dicha religiosidad, del tipo de teología que la fundamente y, sobre todo, de la disposición interior del creyente. Solo una fe acogida con apertura sincera al Evangelio, con disponibilidad a la conversión y al discernimiento, puede convertirse en camino de crecimiento auténtico y de transformación integral.

            La religiosidad debe comprenderse no solo como una gracia que recibimos, fruto del Dios que sale amorosamente a nuestro encuentro, sino también como un fenómeno complejo de carácter psíquico, cultural y simbólico. No es un simple añadido a la existencia humana, sino una forma profunda de articular los miedos, las esperanzas y los deseos más íntimos del ser humano en estructuras colectivas de sentido.

            La experiencia de fe puede convertirse en un camino de auténtica maduración personal y espiritual; sin embargo, también puede derivar en formas patológicas si se transforma en un mecanismo de evasión o defensa frente a la realidad. Solo cuando la religiosidad se integra en un proceso vital consciente, abierto al otro, a la historia y al dinamismo del Espíritu, puede sostener verdaderamente el crecimiento humano. De lo contrario, corre el riesgo de encerrarse en un universo imaginario que, aunque ofrece protección, lo hace a costa de la verdad del sujeto y de su integridad personal.

            José Antonio García-Monge (2009) ha puesto el acento en la madurez como un proceso de integración. Para él, la religiosidad auténtica no consiste en acumular prácticas piadosas, sino en unificar las distintas dimensiones de la persona en una vida coherente. La fe madura siempre es un movimiento entre la oración y la acción, entre la interioridad y el compromiso histórico. Lo interesante en su propuesta es que no opone lo humano y lo religioso, sino que muestra cómo la fe, bien vivida, potencia el proceso de individuación y la apertura al otro. Una religiosidad inmadura, en cambio, fragmenta: encierra al creyente en prácticas vacías o en devociones desligadas de la vida. García-Monge insiste en que la verdadera fe “no se refugia en lo sagrado para huir de lo profano”, sino que impulsa a entrar con más hondura en la historia concreta.

            Desde otra perspectiva, la religiosidad madura puede ser un factor organizativo central en la estructura psíquica del individuo (Allport, citado en Szentmártoni, 2002). La fe madura permite una renuncia al egocentrismo religioso, que convierte a Dios en un mero aliado del propio deseo e interés, e insiste en la dimensión histórica de la fe, donde el encuentro con Dios se hace posible en la historia (Domínguez Morano, 1991).

            Adentrarse en el hermoso camino de la fe adulta es, sin duda, una travesía que nos invita a mirar con nuevos ojos nuestra existencia. No se trata solo de un conjunto de creencias heredadas, sino de una forma de vivir que se nutre y, a la vez, interpela nuestra madurez humana y espiritual, un proceso siempre en construcción y nunca realmente terminado (Ávila Blanco, 2003).

            Al llevar esta comprensión al terreno de la fe, surgen inevitablemente tensiones. Algunos enfoques espiritualistas, como el modelo de «supeditación», vieron el crecimiento espiritual como un proceso de negación de lo humano, de rechazo de las necesidades y deseos legítimos. Esto nos ha dejado una historia de rigorismos y autoaniquilamientos camuflados como virtud, asociando la religión con aspectos negativos y cerrando el paso a una auténtica experiencia de Dios.

            Sin embargo, existe también el modelo de «correspondencia», que ve en las religiones vividas con autenticidad, especialmente el cristianismo, una fuente genuina de crecimiento y maduración. Y, de manera aún más profunda, el modelo «dialéctico» propone que la madurez religiosa no es un mero proceso de autoconstrucción, sino un encuentro y diálogo constante con lo trascendente. Este modelo, que reconoce la naturaleza paradójica del ser humano, sugiere que la experiencia de Dios, lejos de simplificar, aumenta nuestras paradojas, invitándonos a una relación de amor y filiación, tal como lo describen los textos proféticos y místicos (Ávila Blanco, 2021).

            En definitiva, la fe adulta es un viaje constante de crecimiento y discernimiento. Es una fe en proceso que se atreve a preguntar, a integrar los misterios de la psique y el espíritu, a confrontar la realidad con honestidad y a vivir con una apertura esperanzadora. Una fe que, lejos de negar lo humano, lo integra, lo valora y lo impulsa a buscar un sentido profundo y transformador en el mundo, siempre en diálogo, siempre en búsqueda.