El fundamentalismo y fanatismo religioso
Es habitual que cuando hablamos de fundamentalismo tengamos la tendencia a pensar en el sujeto religioso. Sin embargo, estrictamente hablando, el fundamentalismo no tiene que ver sólo con el contenido de las creencias religiosas, sino con una manera particular de justificarlas. El fundamentalismo puede abrazar cualquier creencia, fe, ideología u opción, ya que todo pensamiento se puede extremar y adoptar la forma de un ismo. A partir de ese momento, los contenidos de esta creencia se defenderán a través de cualquier acción, afirmando que sus fines justifican sus medios.
El fundamentalismo religioso hace referencia a un movimiento antimodernista[1], que se ha manifestado no sólo en el cristianismo católico, sino también en el protestante, como en las otras dos religiones del libro: islamismo y judaísmo. En general, son movimientos reactivos a los cambios culturales y sociales, a la modernización y a la pérdida de valores y símbolos tradicionales.
Es importante destacar que el fundamentalismo católico se hace mayormente visible en el siglo XX como contrapartida al Concilio Vaticano II, que abrió las ventanas de la Iglesia para que se originara un aggiornamento eclesial y surgiera una nueva manera de insertarse el catolicismo en la sociedad, favoreciendo un sincero diálogo con las diversas culturas y grupos sociales.
Lo que busca el fundamentalismo es otorgar a la persona un cimiento seguro de sus creencias y protegerla de toda duda o inseguridad. Bitton (2015) afirma que el problema no está en ser creyentes, porque todos necesitamos creer en ideas, principios, valores, normas, etc.; sino en cómo se viven esas creencias y cuánta capacidad tenemos de renunciar a nuestras antiguas posturas e ideas y alcanzar otras nuevas. Dice este autor que “creemos en las ideas de un modo similar a como catectizamos[2] los objetos. Una creencia es una fantasía investida de las cualidades de un objeto psíquico y creer es una forma de relacionarse con objetos. Creo que la creencia como acto es, en el ámbito del conocimiento, lo que el apego es en el ámbito del amor. El lenguaje de la creencia está claramente fundido en el lenguaje de una relación. Abrazamos creencias o nos rendimos ante ellas; mantenemos creencias y las abandonamos; a veces sentimos que las traicionamos”.
Por ejemplo, el fundamentalismo bíblico tiende a ser acrítico, interpretando textos fuera de su contexto, sin rigurosidad hermenéutica y afirmando enunciados doctrinales desprovistos de racionalidad. Como consecuencia de lo anterior, a menudo se imponen rígidas normas morales, para que heterónomamente se gobiernen y orienten las conciencias y acciones de los creyentes.
Dice García Ruiz (1997) que al haber una “carencia de normas o criterios orientativos que prevalece en la sociedad actual, unido a un considerable déficit de formación teológica y una gran pobreza en la experiencia espiritual, forman un caldo de cultivo adecuado para el fomento del fundamentalismo, justificando así los movimientos de restauración que tratan de recuperar el orden perdido con motivo del advenimiento de la modernidad, siempre basados en el fundamento esencial (Biblia, Torá, Corán, Tradición)”.
Es muy evidente que las creencias religiosas, pueden ir más allá de una tradición familiar heredada, de un camino que dé sentido a la vida o de una forma de compromiso por un cambio social; se pueden transformar en una ideología que pacta con intereses de grupos políticos y sociales que no aprecian el pluralismo de la sociedad contemporánea.
¿Qué semejanzas y diferencias existen entre el fundamentalismo y el fanatismo religioso?
Podemos decir que el fundamentalismo religioso se refiere a la adhesión rígida y literal a doctrinas religiosas, vistas como verdades absolutas e inmutables. Tiene una función estructurante para el sujeto o grupo, actuando como un marco simbólico que organiza la experiencia y la identidad[3]. En cambio, el fanatismo es más bien una actitud más pasional y extrema, caracterizada por la defensa activa y agresiva de una creencia, acompañada de intolerancia hacia las diferencias. Es más reactivo y emocional, y suele derivar en conductas persecutorias o violentas.
Afirma Talarn (2007) que el fanatismo no estaría, como el fundamentalismo, tan vinculado al dogma y al respeto a la verdad revelada. Aunque todo fundamentalista es un fanático, el autor considera que no todo fanático es un fundamentalista. Solo por dar un ejemplo, los fanáticos de la música o de los juegos online o de un deporte no basan su exaltación y pasión en unas normas y tradiciones antiquísimas, protegidas por los custodios de la ortodoxia, como es el caso de los fundamentalismos religiosos más notorios.
Para el sacerdote psicoanalista Carlos Domínguez (1993), la personalidad fundamentalista es muy cercana a la del fanático. La mentalidad fundamentalista pretende controlar todo lo que le rodea, intentando adquirir fuera una seguridad que interiormente no posee. Tiene grandes problemas para aceptar la alteridad. El fundamentalista padece la tentación del dogmatismo, la intolerancia y la idealización. Las propias amenazas internas se convierten, por medio del mecanismo de proyección, en riesgos exteriores que deben ser reducidos y eliminados. Indica Domínguez (1993) que el “fundamentalista -como el psicótico- parece tener bloqueados los caminos de la simbolización. No puede hacerse cargo de lo que vive porque está atrapado por sus fantasías y ansiedades, que toma como reales. Absolutiza sus experiencias vitales, cerrándose de este modo el paso a nuevas experiencias”.
Talarn (2020) declara que la persona fundamentalista y fanática emplea esta especie de <<cierre del pensamiento>> como un mecanismo defensivo -frente a la ansiedad, la frustración, la incertidumbre, la fragilidad, etc.-, elevado a su máxima potencia. Por otro lado, en la persona fanática, “el narcisismo, la omnipotencia, la deshumanización del diferente, la falta de respeto hacia el otro, la búsqueda de la sumisión de los demás o la violencia pueden aparecer con suma facilidad”.
Considera que todos podemos poseer algún nivel de fanatismo en nuestro pensamiento, puesto que necesitamos de un cierto grado de convencimiento para sentirnos seguros.
Rubinstein (2015) describe el fanatismo como una estructura que oculta un vacío interior significativo, una orfandad que el individuo intenta compensar mediante la adhesión a un emblema o causa. Según este autor, el fanatismo se cristaliza en una forma narcisista de vínculo con el objeto o la creencia, similar a la relación primaria del niño con la madre en su primera infancia, donde siente que todo le pertenece o forma parte de él mismo. Esta relación, mantenida en el tiempo, somete al sujeto a un grado extremo de esclavitud, dejando poco margen para pensar o discernir. Además, el fanatismo puede ser una respuesta a carencias internas, donde la identificación con una causa o emblema proporciona al individuo un sentido de pertenencia y propósito.
Desde esta perspectiva, el fanatismo nace de una vivencia afectiva intensa que conduce al sujeto a un estado mental de alienación, donde queda hechizado por un objeto, persona o idea. Siguiendo a Freud, el fanático busca una fusión con ese objeto, no de tipo oceánico, sino como una repetición de la función materna, donde no existen límites entre los sujetos ni entre el interior y el exterior. Esta fusión evita la emergencia de la angustia.
Dicho lo anterior, también podemos afirmar que el fanatismo brota gracias a cierto ahorro de energía psíquica. Durante los procesos psíquicos y sociales, cimentados en la capacidad de introspección y decisión, el psiquismo debe trabajar considerablemente para integrar el conflicto, exponiéndose a una sensación de incertidumbre, debilidad, temor al fracaso y al error.
En el caso de los grupos, las personas, dentro de estos colectivos, pueden transformarse en verdaderos idiotas, incluso habiendo recibido una buena educación formal. Aunque no siempre niegan la realidad, sin embargo, la lectura e interpretación que hacen de ella llega a ser ingenua, torpe y errada. Frente al miedo y angustia experimentada, se destapa el mecanismo de regresión a etapas tempranas más impulsivas e irracionales. No basta con una supuesta inteligencia o sentido común, ya que no siempre funciona adecuadamente. En diversas circunstancias, los argumentos lógicos son impotentes frente a emociones y sentimientos profundos e intensos.
El grupo protege al fanático del desvalimiento y del vacío. Para mantener la vivencia de integridad, se estimula el odio hacia lo diferente, hacia el enemigo a combatir. El fanático se adhiere a una creencia que no cuestiona, mostrando una certeza casi delirante e incuestionable en su objeto. Así, toda capacidad para pensar o reflexionar queda automáticamente anulada.
Como ya lo indicaba Rubistein (2015), esta protección frente al desvalimiento se remonta a los primeros vínculos, donde el bebé experimenta que la relación con la madre tiene una distancia, aunque en ciertos momentos haya vivido una fusión. Frente a esta carencia, se despierta en él la angustia de separación y también la de destrucción. El bebé queda expuesto a la falta de un objeto que lo sostenga e invista, es decir, que le dé amor. De ahí que, durante nuestra vida, intentemos cubrir ese vacío con contenidos que permitan sostener algo semejante a esa primaria y marcante experiencia vital materna.
El fanático tendrá una firme creencia en lo que el objeto le proporciona. El yo, en su papel de creer, concede a algo el estatus de realidad basándose en fantasías inconscientes, evadiendo cualquier posible indicio de duda, incertidumbre o ausencia. Por eso, las religiones se basan en el anhelo de encuentro con una figura que brinde seguridad, certidumbre y plenitud. Esto equivale a decir que el fanático coloca al líder o a la creencia en el lugar del ideal del yo, lo cual favorece el deslumbramiento y la subordinación.
Este ideal, al ser abrazado, permite controlar el peligro de destrucción del propio yo y del aniquilamiento de la identidad. Los ideales son importantes y mueven la existencia, pero se transforman en el sostén del fanatismo cuando esos vínculos carecen de errores, límites e imperfecciones. Dios es el absoluto y trascendente, pero no lo es la idea que tenemos de Dios, ni nuestros ritos y tradiciones. A la vez que el fanático ensalza al objeto, lo hace también con su propio yo, manifestando una repulsa hacia lo diferente. Cualquier amenaza contra su idea u objeto idealizado es percibida como una amenaza contra su yo. Por eso, el yo puede recurrir a la violencia para protegerse a sí mismo y al grupo de esas amenazas, en un estado paranoico.
Freud llama a esto el «narcisismo de las pequeñas diferencias»: esa diferencia exalta mi yo, mi identidad, haciéndome sentir superior a los demás. «Soy de tal grupo, movimiento, clase social, soy vegano o hincha de tal equipo de fútbol». Detrás de este mecanismo está el goce mortífero que satisface deseos de omnipotencia y, a su vez, de pertenencia y unión grupal.
Finalmente, para vivir adultamente la fe y nuestra pertenencia a una sociedad, implica tener una fe que sostenga la incertidumbre y la duda; además, requiere de una actitud crítica, no tanto del contenido de la fe, sino de cómo su creencia favorece relaciones interpersonales que respeten las diferencias, valoren la diversidad y sean coherentes con lo más genuino de la fe: la lucha contra todo sufrimiento humano.
[1] Con el nombre modernismo entendemos la tendencia en los comienzos del siglo XX a conciliar el patrimonio del cristianismo con las exigencias de la cultura y de las ciencias de la época, que culminó con su condenación por parte de Pío X en el decreto Lamentabili y en la encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907). Los modernistas católicos pretendieron armonizar laicismo y autonomía, racionalismo e inteligencia, socialismo y solidaridad. (cf. T. Jansen. Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995)
[2] La catexia o la “investidura de objeto” es un concepto fundamental en la teoría psicoanalítica, que se refiere a la asignación de energía emocional o libidinal (es decir, un tipo de amor) a una persona, objeto o idea, que puede ser consciente o inconsciente. También puede ocurrir lo contrario, la “desinvestidura”. En este sentido, la catexia se puede considerar como la carga de energía de la libido, que permite al sujeto dirigir su energía pulsional, a veces emocionalmente muy intensa, hacia algo que le resulte atractivo o importante.
[3] Recordemos que para la teología católica los enunciados teológicos son aproximaciones -limitadas por el lenguaje humano- a la verdad que es Jesucristo, que siempre nos trasciende. Nos adherimos por fe a los enunciados del credo, pero esas afirmaciones se van interpretando en cada momento histórico, sin cambiar el contenido, pero sí la expresión de estas verdades de fe. Por eso es correcto afirmar que el dogma evoluciona (Seewald, 2018).