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Noviembre: La celebración de fe, alimento para el camino de la vida

Una segunda fuente de nuestro carisma es la liturgia, entendida en su etimología como la acción u obra del pueblo o en palabras del P. Querbes, el servicio de los santos altares. Según nuestra constitución, el viator debe mostrar un especial interés por la vida litúrgica en todas sus manifestaciones (Cf. C 23). Debe dar especialmente testimonio de una experiencia espiritual que se alimenta de la Palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de otras expresiones litúrgicas.

La liturgia es la fuente y culmen del quehacer de toda la Iglesia. La liturgia es el espacio sagrado donde adquirimos fuerza para la vida y luego de ese recorrido, subimos el Monte del Señor para encontrarnos con Él. (Cf. SC 10)

Tal como lo indica laconstitución Sacrosanctum Concilium, la gran tarea pastoral de las comunidades es permitir y favorecer, en las celebraciones litúrgicas, la participación activa, consciente y plena de los fieles. (Cf. SC 14). Por el bautismo, es un deber y un derecho que los fieles cristianos ejerzan su condición de "linaje escogido sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 Pe 2,9; cf. 2,4-5). La liturgia es eclesial y comunitaria por naturaleza y se realiza en la Iglesia por medio del ejercicio del sacerdocio de los fieles y del sacerdocio ministerial.

Tanto los fieles como sus pastores deben considerar que la liturgia es la primera fuente de donde “han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14), y para ello se requiere que exista una formación que permita la participación y una vivencia de la liturgia que conduzca a una verdadera conversión y santificación de todo el pueblo.

La reforma litúrgica de Vaticano II ha insistido en una concepción dinámica de la liturgia. Por ejemplo, los sacramentos deben ser valorados en su aspecto dialogal, comunicativo y de celebración comunitaria, y no tanto como una administración y salvación individual. Una visión estática de la liturgia se orienta al cumplimiento de una norma y una cosificación de la presencia de Cristo en ciertos ritos y símbolos. Esta visión fomenta el dualismo que tanto daño nos ha hecho:  Dios y mundo, Iglesia y sociedad, gracia y libertad, sobrenatural y natural, etc.

Una visión dinámica se orienta al descubrimiento de la presencia de Cristo en el proceso mismo de una celebración, que implica la participación del pueblo de Dios y la acogida consciente de la gracia que se comunica de variadas formas:  en la asamblea reunida que celebra la fe; en el servicio humilde de quien preside; en la proclamación de la Palabra, por la cual Dios interpela a la comunidad y la comunidad cristiana responde con su alabanza, su acción de gracias y su plegaria de intercesión; en los signos, símbolos y gestos, y en el compromiso solidario de una comunidad que, al terminar la celebración, sale al mundo a anunciar lo celebrado. Estas diversas formas de presencia son reales y no deben oponerse unas a otras.

Toda la liturgia es celebración de fe que, sin la proclamación de la palabra de Dios (martyria), se convierten en un rito vacío de contenido y, sin el servicio a los demás (diakonia), pierden credibilidad. Por eso, martyria, leitourgia y diakonia, que tiene su fundamento en el misterio pascual, deben integrarse permanentemente en toda acción eclesial.

Así cada acción litúrgica rememora la acción salvífica realizada por Dios en el pasado (anámnesis), y que alcanza su plenitud en irrupción de Cristo en la historia humana y actualiza su realización hoy en la comunidad cristiana que le invoca (epíclesis).

A partir de esta reflexión y desde mi experiencia, y sin ánimo de imponerla, más aún, reconociendo que puede poseer errores o ausencias, les comparto algunas ideas y orientaciones que pueden ayudar en la práctica litúrgica, en la línea de la renovación impulsada por Vaticano II.

  • Cristo actúa habitualmente a través de las variadas mediaciones eclesiales, ya que la Iglesia, guiada por el Espíritu, es prolongación en el mundo de su encarnación. Es decir, toda la acción de la Iglesia, expresa y revela el misterio de Cristo, pero sin jamás abarcarlo totalmente. La Iglesia no es Cristo, pero ella es sacramento de salvación, es sacramento de Cristo. La liturgia es el lugar propio, pero no exclusivo, en donde Dios comunica su gracia.
  • Reconociendo que los sacramentos actúan por sí mismos (ex opere operato), la conciencia que tiene el pueblo de lo que recibe de Dios y de su responsabilidad en el ejercicio de su propia condición sacerdotal recibida en el bautismo, favorece que la acción divina pueda dar un fruto más profundo y duradero. Como ya se ha indicado, la renovación litúrgica ha insistido en la importancia de una asamblea que verdaderamente celebra y participa. Para ello, los pastores y fieles deben recibir una adecuada formación del sentido de la liturgia y de cómo vivirla. Considero que muchas veces, la conciencia del propio cuerpo y de la realidad afectiva no están incorporadas en la celebración de la fe de los fieles.  A veces los ritos se hacen repetitivos y vacíos porque les falta la carne que les da la conciencia de nuestra propia historia, que se une a la historia y al memorial de Jesús. 
  • Se hace necesario preparar espiritualmente a la asamblea que se reúne a celebrar la fe y a contemplar el misterio de Cristo. Se puede utilizar el espacio de la catequesis sacramental y brevemente los instantes previos a la celebración misma o el momento del saludo del que preside. Se invita a la asamblea a disponerse corporalmente, a favorecer la escucha de la Palabra, a esforzarse en colocar la atención en el misterio que se celebra, a participar del canto y la oración y a tomar conciencia de lo que desea ofrecer, agradecer y pedir al Señor.
  • No estamos exentos a que se manifieste en la celebración un clericalismo y actitud moralizante que ahoga la vivencia de los fieles o que aparezca un protagonismo egocéntrico de los laicos que guían y preparan la celebración que margine a la comunidad. Se necesita realizar este servicio con mayor humildad, autenticidad y en espíritu de comunión con la asamblea que es convocada a dar culto a Dios.
  • Me parece adecuado que, en algunas celebraciones especiales o acontecimientos que vive la comunidad, se puedan agregar signos, oraciones o gestos adecuadamente elegidos, que favorezcan el encuentro con Dios en la liturgia que se celebra. Pero no es lo mismo, que se lean largos textos y a veces uno tras otro, sin dar el silencio que permita el diálogo con Dios, o abusar de variados signos, cuyo sentido es difícil interpretar. Considero que debemos estar más preocupados de cuidar el ritmo de la celebración, la música litúrgica que permita que la asamblea participe, la calidad de los lectores, el silencio, una predicación que une el misterio con la realidad que vivimos y crear el espacio adecuado para que se ore lo que se celebra y proclama.


Integrar mística y compromiso es sin duda un gran desafío de toda la Iglesia. Por una parte, hacer memorial del misterio de Cristo que nos envía posteriormente al mundo a vivir la fraternidad y el servicio generoso a los más necesitados; y luego de la entrega y el trabajo, el Espíritu nos conduce a renovarnos y recibir nuevas fuerzas para retomar nuestro compromiso al contemplar la persona e historia del Señor, que se revela a la comunidad que se reúne en su nombre.

Les invito a seguir participando activamente en nuestras liturgias comunitarias, colegiales y parroquiales, a profundizar en la formación litúrgica de nosotros como viatores y de nuestros laicos y cuidar la preparación de las celebraciones, que son fuente y culmen de nuestra vida cristiana. 

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