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Anunciar a Jesucristo y su evangelio, el corazón de la catequesis


La evangelización constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia y de toda comunidad eclesial y es siempre una tarea urgente para todo cristiano. La Iglesia y nuestras comunidades existen para evangelizar, para ser canales por donde circule la gracia que es Cristo mismo. Jesús es la buena noticia para la humanidad, es el don-carisma-gracia de Dios Padre, que, por medio de su Espíritu, nos hace partícipes de su vida divina. Cristo ha sido el primero y el más grande evangelizador, hasta el extremo de dar la vida como consecuencia del anuncio del reino de Dios. Sólo el reino es importante, todo los demás es dado por añadidura. Solamente el reino es absoluto y todo lo demás es relativo.

Jesús realizó esta proclamación a través de diversos signos que provocaban la admiración y el estupor de las multitudes y que al mismo tiempo les impulsaban a seguirle: enfermos sanados, pecadores transformados, marginados que recuperan su dignidad de hijos de Dios, una multitud alimentada con el pan de la palabra y el pan fruto de la solidaridad y mujeres y niños que vuelven a sentirse incluidos y valorados socialmente.

La Iglesia ha nacido de la acción evangelizadora de Jesús y de los apóstoles. Por ende, nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada al mundo para anunciar la buena noticia del reino. Cualquier realidad y acción humana puede ser lugar y mediación para anunciar a Jesucristo y evangelizar a los pueblos. Las ciencias y la tecnología, la filosofía, las artes, los medios de comunicación, las redes sociales, pueden ayudar a la instauración del reino de Dios en la tierra, transmitiendo en su quehacer los valores del evangelio y colocándose a disposición de la Iglesia para colaborar en la evangelización. Inspirados por la fe, estas disciplinas y plataformas y quienes las desarrollan, pueden colaborar en buscar la verdad de Dios y del hombre, mejorar las condiciones de vida de los más humildes y plasmar la belleza de Dios en la creación artística.

Todo creyente, desde su bautismo está llamado a ser sujeto de evangelización y convertirse en discípulo y misionero. No solamente a través del anuncio explícito de la buena noticia de Jesús, sino que testimoniando en su quehacer y en sus relaciones el amor a Dios y al prójimo.

La misión viatoriana actualiza en nosotros esta vocación común de todo cristiano. Somos anunciadores de Jesucristo y su evangelio, suscitando comunidades donde se profundice, se viva y se celebre la fe.

Una misión eclesial más particular, siempre se suscita a partir de un carisma. Del principal don, que es Cristo, brotan una diversidad de carismas dentro de la Iglesia que acentúan y matizan el misterio de Cristo. El carisma, que es siempre recibido de Dios, es un don concedido a un creyente o a una comunidad, que, en su nueva manera de expresar nuestra fe, nace para estar al servicio del Pueblo de Dios y favorecer su desarrollo.

En Evangelli Gaudium nos dice Francisco que la nueva evangelización se realiza en tres ámbitos. En primer lugar, en el ámbito de la pastoral ordinaria, destinada a aquellos fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto.  En segundo lugar, el ámbito de las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo y que a veces no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, debe esforzarse para ayudarles a que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio. Finalmente, la evangelización está esencialmente relacionada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro.

Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción” (EG 14)

            Una de las vertientes de nuestro carisma viatoriano es la catequesis. Una catequesis que es uno de los grandes pilares de la evangelización y un impulso en todo itinerario de la educación de la fe. Para el Concilio Vaticano II, el fin de la catequesis es “que la fe, ilustrada por la doctrina, se torne viva, explícita y activa tanto entre los niños y adolescentes como entre los jóvenes y también los adultos” (CD 14). Para Pablo VI la catequesis es “un camino que hay que tener en cuenta en la evangelización» (EN 44). Esta indicación ha sido recogida por Juan Pablo II, que, en la Catechesi tradendae (1979), afirma que la catequesis es uno de los momentos más importantes de todo el proceso de evangelización (18). El directorio general de la catequesis indica que la catequesis es el período en que se estructura la conversión a Jesucristo, dando una fundamentación a esa primera adhesión. La catequesis acompaña la iniciación a la vida cristiana, colocando especialmente a través del estudio y meditación de la Palabra los cimientos del edificio de la fe. (Cf. 63-64)

En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos recuerda que la educación y la catequesis están al servicio del crecimiento de una vida en el Espíritu.  La catequesis tiene un rol fundamental en el primer anuncio o «kerygma», que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial.  Dice el Papa que “la centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia y acogida fiel al Evangelio”. (EG 165)

Sé que acompañar el proceso de la catequesis será siempre un desafío, que implica estar permanentemente preguntándose acerca de cómo suscitar que las personas que la viven puedan fortalecer y crecer en su vivencia cristiana. Reconociendo que el centro de la catequesis es la persona de Jesús y su Palabra, me permito indicar, a partir de mi experiencia, los elementos fundamentales para la labor catequética:

  • Favorecer el conocimiento y la experiencia personal de Cristo, insistiendo en lo esencial de la enseñanza evangélica.
  • Acompañar una lectura creyente de la vida y de la realidad a partir de la sabiduría bíblica.
  • La presencia de catequistas acogedores, respetuosos, y que escuchan empáticamente.
  • Desarrollar una pedagogía espiritual que invita a la oración y a la vivencia de los sacramentos.
  • Suscitar espacios comunitarios de fraternidad y cercanía afectiva, que favorezcan el diálogo y el discernimiento personal.
  • Integrar en el proceso catequético el compromiso solidario y la opción por los pobres.
  • Saber reconocer la historia, cultura y realidad de las personas y grupos que participan de la catequesis.
  • Ayudar a sentirse miembros activos de la Iglesia, insistiendo en nuestra identidad eclesial: pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y comunidad habitada por el Espíritu Santo.

                        Cercanos a la fiesta de San Viator, agradecemos el carisma recibido de Querbes y nos comprometemos a mantenerlo vivo en nuestra espiritualidad, misión y fraternidad. Sigamos valorando el ministerio de catequistas, transmitiendo el mensaje de Jesús de una manera renovada y fiel y así acompañemos las búsquedas y anhelos de los niños y jóvenes y sus familias.