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Agosto: Portadores de la Palabra hecha carne


Leemos en el relato del génesis que en los comienzos, existía el caos y el desorden, donde todo era igual e indiferenciado. Luego surge la palabra divina “dabar”  que crea y hace salir de la confusión y el caos primordial, germinando realidades diversas y únicas. Lo humano nace de la confusión y de un espacio donde todo es lo mismo. Se vive gracias a una palabra que se nombra, que diferencia y que permite que surjan variadas entidades y seres: el cielo, la tierra, las aguas, las plantas y diversos seres vivientes, hasta llegar al culmen de la creación: el varón y la mujer.

Precisamente en este sentido, el mito de la creación nos habla de que el ser humano, independientemente del momento de la historia a la que pertenezca, no es nunca el primero de una serie. Su humanidad ha sido siempre instituida por otro diferente de él. Nuestra vida, que es don gratuito, viene dada por nuestros padres, por nuestros abuelos y bisabuelos, hasta llegar de generación tras generación a Dios como fundamento y origen de la vida. 

La palabra divina es la que crea y hace todo bueno. Es la palabra divina la que ordena y hace surgir al ser humano. Es decir, es la palabra del otro la que nos hace advenir como sujetos. De ahí que la voz amorosa de nuestros padres y la trasmisión del lenguaje, nos ha permitido insertarnos en este mundo y ser personas únicas y originales. La palabra y el lenguaje crean y transforman la realidad. Por eso debemos cuidar las palabras que emitimos acerca de las personas y de los acontecimientos que vivimos. Nuestras palabras, mensajes y lenguajes no verbales pueden construir amistad, fraternidad y relaciones interpersonales fecundas, pero también pueden provocar claramente lo contrario. Dios nos ha mostrado que nuestra palabra tiene poder, y ese poder hay que usarlo, no para enjuiciar y destruir la dignidad de los demás, sino para buscar la verdad y hacer el mayor bien posible.

El hermoso prólogo de san Juan (Jn 1, 1-18) nos recuerda que la Palabra estaba junto a Dios y era Dios. Todo lo creado fue hecho por medio de la Palabra. La Palabra es vida y luz para los hombres; la Palabra es el Verbo, es Cristo mismo, que se hizo carne y habitó entre nosotros, para hacernos partícipes de la vida divina. Una vida divina que no es al modo griego, impasible e inmutable, sino que al contrario tiene rostro humano, y que es en su esencia, misericordia, compasión y ternura.

            Cristo no intenta con su palabra y lenguaje manipular, sino liberar; no desea imponerse por la fuerza o el miedo, sino que quiere suscitar la adhesión del corazón a la vida del reino. Es Cristo quien con su enseñanza y su lenguaje, expresado en su praxis y su testimonio de vida,  hace nuevas todas las cosas, restaurando la dignidad resquebrajada y pisoteada de tantos humildes. Su palabra genera una comunión profunda entre los hombres, con lo creado y con Dios Padre, llenando de sentido la existencia.

Cuando la palabra del Señor es acogida y aceptada, transforma, renueva y recrea lo humano: <<Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dáselo a los Pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme>> (Mc 10,21); <<Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más>> (Jn 8, 10-11).

            ¿Qué  lugar ocupa hoy en nuestra vida personal y en el trabajo pastoral la palabra del Señor? ¿Cómo la estamos acogiendo, meditando y practicando? ¿Qué transformación interior está provocando en nosotros? ¿Permitimos que la Palabra vaya haciendo de nosotros creaturas nuevas?

            Nuestro fundador pidió a sus religiosos que leyeran y se empaparan de la sagrada escritura, para anunciarla en la enseñanza y en la liturgia, pero también para testimoniarla con una vida conforme al evangelio. El P. Querbes nos recuerda : <<En la oración y en los demás ejercicios religiosos, nosotros hablamos a Dios, pero él nos habla en las lecturas piadosas, y, de modo especial, en las de la Sagrada Escritura. Hay que escuchar, pues, esta voz divina con humildad y sencillez, recoger con solicitud religiosa la verdad pura, sea cual fuere la forma en que se presente, sin detenernos en el estilo y en los adornos del discurso, sin convertir en trabajo y en estudio esta dulce ocupación que debe ser alimento de nuestra alma y no de nuestra inteligencia, no aplicando a nadie más que a nosotros mismos los aspectos que disipen nuestros prejuicios y nos inviten a corregirnos.>>  (Luis Querbes, Manual necesario del C.S.V., ap. 1855, DQ 550 8,98v.).

Al conmemorar la muerte de nuestro fundador, podemos pedirle que nos ayude a colocar la lectura y oración de la Palabra de Dios, en el centro de nuestra espiritualidad y nos anime a vivir una experiencia con la palabra, con la misma convicción que el salmista: <<Tu palabra es una lámpara para mis pies; es una luz en mi sendero>> (119, 105). Los viatores, con nuestros límites y fragilidades humanas, somos portadores de esta Palabra que deseamos anunciar con alegría, para que ésta suscite nuevas vocaciones y nuevas comunidades al servicio de los jóvenes y de los más pobres.