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«No somos religiosos para ser mejores cristianos, sino que somos cristianos para ser mejores religiosos». Esta es la vivencia vocacional que experimenta todo consagrado consciente de su vocación bautismal y que busca vivir con radicalidad su seguimiento de Jesucristo mediante una opción particular. Esta ha sido una de las características principales de mi vida como novicio en la comunidad de Ovalle, donde continuamente me he sentido invitado a redescubrir y a vivir en mayor unión con el Señor. Optar por la vida religiosa es optar por ser cristiano y en todo lugar por Jesucristo y su Evangelio; la vida consagrada es una invitación a mirar mi vida como signo de su alianza, aceptando que soy del Amor y para el amor.           

 Durante estos dos meses y medio de experiencia comunitaria y pastoral me ha tocado conocer y acompañar múltiples realidades. Desde mi debilidad, he debido aprender y saber estar disponible para las personas, especialmente para los jóvenes, y para todos aquellos con los que he cruzado camino.

He conocido una Iglesia del Limarí tocada por una experiencia popular de la fe, representada en rostros de personas de fe sencilla y profunda; en sus capillas y comunidades viven una pobreza evangélica encarnada, donde la complejidad de la vida no es nada comparada con la experiencia alegre y esperanzadora de ver la realidad con los ojos de la fe.  

Por otro lado, la experiencia comunitaria con mis hermanos religiosos ha sido muy enriquecedora y significativa. Ha sido una oportunidad para observar cómo cada hermano se compromete y entrega en la misión. He visto cómo, a pesar de ser una comunidad de edad avanzada, están presentes, cada uno según sus medios, acompañando a las personas a las que Dios nos envía. Ha habido espacio para que cada uno aporte a la construcción de la fraternidad desde lo que cada uno es y en la etapa de la vida en la que está. Por supuesto, el desafío de ser una comunidad intergeneracional no es menor. 

Todo esto me interpela, porque me lanza a preguntarme continuamente qué tipo de cristiano debo ser hoy y qué tipo de consagrado quiere Dios que sea en el futuro. Mirando continuamente el modo de proceder de Jesús y el de mis hermanos, me he aventurado en el desafío de asumir responsabilidades como colaborador pastoral tanto en la Parroquia El Divino Salvador como en el Movimiento JUVI del Colegio San Viator.

Ha sido una experiencia que me ha exigido rápida capacidad de adaptación, ruptura de mis esquemas previos, paciencia, pero, sobre todo, caridad. Una caridad expresada en que acompañamos a personas, jóvenes, agentes pastorales, profesores, feligreses, familias, gente sencilla, etc., todos ellos personas a las cuales debemos mostrarles, mediante obras y palabras, que Dios las ama profundamente.

Como describe muy bien el Papa Francisco en relación al anuncio (kerygma), hoy es necesario dar un testimonio que exprese en primer lugar el amor salvífico de Dios previo a las obligaciones morales y religiosas; es necesario entonces un anuncio cercano, abierto al diálogo, paciente, acogedor, no condenador (cfr. EG 165). Esto es algo que me he planteado seriamente.

Cuando miro esta obra de la Iglesia, tengo claridad del trabajo abnegado y del profundo sentido de «gastarse» de tantos religiosos, asociados y colaboradores. Considero que en esta comunidad hay que seguir esforzándonos por estar presentes, en especial entre los más jóvenes. Ellos, los principales destinatarios de la misión, merecen la oportunidad de dar un nuevo horizonte a sus vidas, porque verdaderamente conocer a Jesucristo es el mejor regalo que puede recibir una persona (cfr. DA 29).

              Con mucha paz, estoy convencido de que Dios a través de sus mediaciones, me sigue llamando a que le siga con especial radicalidad como religioso en los Clérigos de San Viator. Como decía en un principio, somos del Amor y para el amor, primero cristianos para ser religiosos. Esta es mi certeza, la alegría y paz de sentirme traspasado por su mirada y llamado a una misión.

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