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Poder e institución eclesial

El ejercicio del poder es un fenómeno propio de los vínculos humanos, por ende, posee una dimensión fundamentalmente relacional. El poder no es sólo una cuestión propia de la actividad política partidista u organizacional, sino que está tejido en toda experiencia humana. Por lo tanto, todo acto social será un ejercicio del poder; o, dicho de otro modo, donde hay relación social, allí hay poder. B. Russell (1938) afirmaba que el concepto fundamental en las ciencias sociales es el poder, en el mismo sentido en el que la energía es el concepto fundamental en la física. Las leyes de la dinámica social son leyes que solo pueden ser formuladas en términos de poder.

Sabemos que hay variadas experiencias en la historia humana de sujetos que ostentando un poder lo han actuado de forma despótica y autoritaria, buscando su propio beneficio para engrandecer su potestad; pero también es justo señalar, que hay innumerables testimonios de personas que han habitado sus cargos con un espíritu de servicio y entrega; incluso en determinadas ocasiones con mucha determinación y claridad, porque a través de esa fuerza han defendido a los débiles y luchado contra el mal.

Estamos acostumbrados a entender el poder desde el aspecto jurídico institucional, aquel que se ostenta por elección o nombramiento; pero hay otras formas de poder que no solamente están en manos de los altos cargos; por ejemplo, en una sociedad dominada por los valores religiosos, serán sus representantes o líderes los que exhibirán ese poder o en una sociedad donde lo que domina es el consumo, el poder estará en manos de los responsables empresariales o financieros. A lo largo de la historia ha habido modificaciones en la transferencia del poder; si en la sociedad industrial el poder estaba depositado en quien controlaba el capital y la producción -como también hoy-, se ha ido traspasando ese poder a quienes controlan actualmente la información, las redes sociales, como también a los técnicos, científicos, e intelectuales.

El filósofo Michel Foucault (2007) entendía el poder como “la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales” (p. 112-113).

Pensemos en el aparato del Estado o en la Iglesia; el poder no está concentrado sólo en las principales autoridades, sino que está presente en todo el entramado relacional.  Desde un punto de vista más crítico, podemos recordar la experiencia de enfrentar en variadas ocasiones este poder omnipresente, comprendido como “relaciones de fuerza” en muchas instancias gubernamentales de rango medio poco eficientes, en toda la burocracia estatal que aplaza el desarrollo y el crecimiento de nuestras sociedades o en algunos funcionarios públicos que no facilitan la resolución de las problemáticas de los ciudadanos. 

También estas “relaciones de fuerza” se aprecian en la vida eclesial. No solo hablamos del autoritarismo y despotismo de cierto personal consagrado, sino también de cómo se relacionan algunos laicos a los que se les ha conferido responsabilidades eclesiales de acompañamiento a otros fieles, imitando comportamientos soberbios y abusivos.

No es poco frecuente escuchar a personas que se quejan del mal trato o de la poca acogida en las comunidades, desde el sacerdote, la secretaria parroquial, pasando por el sacristán o el catequista. Como vemos, el poder se ejerce a través de innumerables puntos, y en el juego de relaciones móviles y no igualitarias. No existe de base una oposición entre dominadores y dominados; son relaciones de fuerza que se forman y actúan en los aparatos sociales de producción, en diversos tipos de grupos e instituciones sociales.

Consideremos lo que se vive hoy en algunas familias, donde los padres ejercitan tradicionalmente un poder sobre sus hijos, para protegerlos y cuidarlos; sin embargo, cuando la crianza se debilita son los hijos los que comienzan a dirigir a sus padres. Hoy los padres se han convertido en verdaderos sindicalistas de sus hijos (M. Recalcati) defendiéndoles de toda crítica, corrección u observación externa, especialmente en el ámbito escolar.

Reconocemos que un buen número de figuras de poder están hoy cuestionadas, existiendo una mirada peyorativa o lisa y llanamente se desconfían de ellas, ya que además están en entredicho sus propias instituciones. Desde otro punto de vista, se dan casos en que las personas con poder son idealizadas o generan dependencias y los “súbditos” quieren estar cerca de ellas, porque así pueden alcanzar algo de su estatus o posición.

Psicológicamente podemos afirmar que el ejercicio del poder es vivido con importantes cuotas de placer y satisfacción; por una parte, el placer de dominar, someter y subyugar a otros, incluso con modos que están bastante cerca del sadismo; y, por otra parte, experimentando una satisfacción más ligada al narcisismo, ya que nos hace sentir orgullosos el estar contribuyendo, desde nuestra posición, a generar cambios o transformaciones que desarrollan a las personas, las instituciones o a la sociedad. El foco está más puesto en la gratificación personal que en una sincera búsqueda del bien común y la promoción humana.

Ante esta realidad podemos preguntarnos acerca de cómo concibió Jesús el poder. No lo entendió como el ser humano ha tendido a comprenderlo a lo largo de la historia. Jesús se relaciona con los demás como un “ser que no tiene poder”; a diferencia de las autoridades de su tiempo, su poder, no es un poder para someter, sino una potestad para amar; por ello se vinculó con las personas sin violencia, con libertad, fraternidad y justicia; es una soberanía que salva, que rescata y que libera. Jesús eludió toda forma de poder abusivo porque su señorío está basado en la compasión y el servicio; no niega que es necesario que exista un poder en la sociedad, pero si el poder no recuerda continuamente su carácter provisorio y frágil, fácilmente se volverá opresivo.

El gran problema de nuestras instituciones es que quien ostenta el poder se siente muchas veces absoluto, convierte en sagradas sus convicciones y modos de interpretar la realidad, y piensa que sus decisiones son definitivas e irrevocables. El poder no tiene más justificación que la del servicio del hombre y para el hombre. Para el creyente la autoridad está depositada en Dios mismo y si Dios es amor, no existe poder genuino más que en la esfera del amor. Quien no ejerce esta autoridad derivada con amor, lo que está haciendo es usurpar en el Estado, en la familia, en la Iglesia y en toda institución.

Percibimos entonces que son variadas las cuestiones que están en juego en el planteamiento del ejercicio del poder, especialmente en el ámbito eclesial. Carlos Schickendantz (2022) nos dice que la reforma de la Iglesia, es, sobre todo, una reforma de la autoridad. ¿Cuáles serían los principales cuestionamientos y desafíos que enfrentamos a la hora de intentar nuevos planteamientos en el modo de administrar el poder en la Iglesia o en nuestras congregaciones?

En primer lugar, cómo se eligen las autoridades; esperaríamos, por ejemplo, que la elección de obispos fuese el resultado de una consulta más amplia que integre a más miembros de la comunidad diocesana en donde va a ejercer el cargo y se permitiera al sacerdote elegido tener un tiempo adecuado para discernir si está preparado para realizar este servicio; es de conocimiento que la persona escogida debe dar la respuesta casi inmediatamente si acepta o no el encargo episcopal, recordándole que ante una petición del Papa hay que estar disponible.

En lo referente a nuestra congregación, conocemos nuestros reglamentos generales y particulares de elección de un superior. Sabemos la dificultad para encontrar personas disponibles para realizar este servicio, y que posean las condiciones necesarias. No se trata de buscar a la persona perfecta, se trata más bien de encontrar alguien que esté dispuesto a asumir esta labor con sencillez y entrega. Es clave recordar que no basta con elegir a alguien, sino que toda la comunidad, en el momento de optar por un nombre, debe sentirse corresponsable de ayudar, aportar y participar en las diferentes instancias congregacionales para que el carisma siga siendo un don para la Iglesia y para la sociedad.

En segundo lugar, y siguiendo la idea anterior, es clave preguntarse cuáles son las cualidades humanas y espirituales requeridas para ejercer un servicio de autoridad dentro de un organismo eclesial; algunas de esas cualidades podrían ser, entre otras: tener una fe profunda en Jesucristo, practicar un sentido de pertenencia humilde y servicial al Pueblo de Dios; reconocer que su ministerio no es una conquista personal sino un llamado de Dios; tratar con respeto a los demás valorando su dignidad; poseer una capacidad para escuchar, dialogar y trabajar en equipo; dejarse acompañar, aconsejar e iluminar por personas con más experiencia y que incluso tienen visiones distintas a la propia.

No es posible tolerar que las personas que son elegidas o nombradas en cargos de gobierno en las congregaciones y de autoridad en las diversas obras apostólicas abusen de su posición, con manejos financieros fraudulentos, discriminaciones y  actitudes partidistas que generan división; es necesario que sean personas valientes y honestas para ponerle nombre a los problemas, fragilidades y conflictos de las personas, comunidades y entidades pastorales, misioneras y educativas que pertenecen al Instituto.

Por último, y frente a estos desafíos, es importante fortalecer y cuidar diversas estructuras eclesiales que fomentan la sinodalidad y la supervisión del propio ejercicio del poder. No basta solo con convocarlas y presidirlas, sino que la autoridad debe ser dócil a lo que el Espíritu va inspirando en la palabra de los hermanos y en las reflexiones que surgen del diálogo comunitario; será necesario que el pastor posea una recta conciencia para ir marcando el camino que surge de un consenso, para hacer de nuestra vida y misión un verdadero anticipo del Reino. En el caso de un obispo diocesano, el derecho canónico le exige tener diversos consejos que le ayuden al gobierno de su diócesis, tales como el consejo de vicarios, de gobierno, de consultores y de asuntos económicos, entre otros. Un superior provincial, tendrá un consejo provincial con quien gobierna colegiadamente para buscar lo mejor para la comunidad; deberá también valorar la instancia capitular como un espacio para discernir las grandes orientaciones para el desarrollo de la comunidad, consultando o deliberando en aquellas materias que nuestro derecho particular indica. También, como no debe sentirse propietario de la vida provincial, deberá dar cuenta con transparencia al superior general y su consejo de las fortalezas, fragilidades, conflictos y desafíos.

No cabe duda que el ejemplo de vida de la autoridad eclesial, de la pasión que manifiesta por desarrollar la misión y el testimonio de cómo se relaciona y trabaja en equipo, podrá inspirar a que sus hermanos y hermanas, que también tienen una cuota de poder, ejerzan su autoridad con ese mismo espíritu.

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