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El clericalismo una forma de narcisismo

Como lo indicamos en el comunicado anterior, el Papa Francisco define el clericalismo como una forma distorsionada de existencia sacerdotal, pero también episcopal o diaconal; incluso algunos laicos pueden ser partícipes de malas prácticas y costumbres de los clérigos.

En una conversación con periodistas, el 15 de mayo de 2017, en el vuelo de regreso de Fátima a Roma, calificó el clericalismo como "una plaga en la Iglesia ". En su núcleo, identifica una actitud autorreferencial que se preocupa más por el bienestar personal y por asegurar el estatus que por la proclamación desinteresada del Reino de Dios. Esta actitud impide al sacerdote volcarse hacia la gente, compartir la vida con ella y llevarle la "alegría del Evangelio".

                ¿Por qué el Papa está tan centrado en el clericalismo? Para él, es la personificación sacerdotal de una Iglesia enferma y centrada en sí misma, que obstaculiza la renovación. Tanto el clericalismo como las quince enfermedades de la curia, de las que habló el Papa el 22 de diciembre de 2014, no solo son un fenómeno que se da entre los clérigos, sino que son un peligro para todo cristiano y para toda comunidad, congregación, parroquia y movimiento eclesial. Frente a esto, no podemos olvidar que muchas de las temáticas que el Papa ha presentado a lo largo de su pontificado fueron discutidas y propuestas en el cónclave previo a su elección.

 Queremos hacer notar en estás páginas que, en algunas de sus intervenciones durante las audiencias o en ciertos textos promulgados, Francisco ha fustigado el clericalismo, relacionándolo con el narcisismo.

El Papa indica que la cultura actual tiene una fuerte tendencia narcisista, exacerbando la contemplación sobre sí mismo, y, por lo tanto, la exclusión y marginación de los demás. (Cf. 4 de septiembre de 2017).  Piensa el narcisismo -hablándoles a los teólogos de la Universidad Gregoriana de Roma- como una enfermedad eclesiástica a causa de la falta de oración y adoración; dice que el “narcisismo de los teólogos, de los pensadores, es desagradable”. (10 de abril de 2014)

En una carta enviada a la Conferencia episcopal argentina (2013), dice que una Iglesia enferma, es una Iglesia autorreferencial, que se mira a sí misma encorvada como aquella mujer del Evangelio; una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”; por ello prefiere, antes que una Iglesia enferma, una Iglesia accidentada.

El Papa Francisco (2019), en una reunión con jesuitas durante su viaje a Mozambique, Madagascar y Mauricio expresaba que el clericalismo tiene como efecto la rigidez y una fijación moral en cuestiones sexuales, olvidando otros males como la injusticia social, la calumnia o la mentira. Además, considera que el clericalismo es una verdadera perversión en la Iglesia, ligado al ansia de poder que conduce a la hipocresía. Fenichel (1995) da luz a la relación entre sexualidad y poder cuando afirma que una conducta supuestamente sexual puede esconder una pugna por el prestigio y el poder, los cuales actúan como defensa contra las ansiedades que han quedado vinculadas a la sexualidad infantil.

En consecuencia, si el sacerdote no es consciente de lo que implica su figura de autoridad y desconoce estas dinámicas inconscientes, no se abstendrá de gratificarse narcisísticamente con las diversas demandas de los fieles y el estatus que le da su posición de autoridad. 

El uso del término narcisismo por parte del Papa es adecuado, especialmente cuando lo denuncia como un rasgo cultural que ha impregnado tanto a clérigos como a laicos. Hace referencia, sobre todo, al narcisismo más negativo, que si tenemos en cuenta su intensidad o fijación puede ser considerado como una enfermedad o trastorno psíquico. El uso de esta perspectiva está muy presente en teólogos y ambientes católicos, que utilizan el concepto para hablar de esta actitud egocéntrica, que niega la alteridad y tiene dificultades para empatizar con las necesidades de los demás. 

Se afirma, además, que es más grave cuando un perfil de personalidad narcisista se combina con el orgullo de estatus sacerdotal; esta constelación dificulta que la persona reflexione sobre su propio comportamiento y la hace más propensa a transgredir los límites de cualquier tipo. Se sentirán superiores a los demás, mesías de la comunidad o estarán frecuentemente descalificando a quienes no piensan o no son como ellos. Por ello, es importante que exista un buen diagnóstico espiritual y psicológico de los futuros candidatos al sacerdocio o a la vida religiosa, puesto que detrás de una supuesta entrega generosa, de luminosas capacidades intelectuales o de una humilde disponibilidad, pueden esconder rasgos narcisistas que se irán revelando sí o sí con el tiempo.

Junto a lo anterior, es importante recordar la propia investigación que hace Freud sobre el narcisismo, que descubre este fenómeno como una realidad constitutiva de todo ser humano. Freud, en el texto de Introducción al narcisismo (1914), siguiendo el mito escrito por Ovidio, en el que Narciso luego de rechazar a sus pretendientes, se enamora de la imagen de sí mismo, define el narcisismo como la tendencia en el que “un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual” (p. 71). Para Freud, aparecen rasgos narcisistas en variados contextos, hasta el punto en que cabe otorgarle un lugar en la evolución sexual normal del ser humano.

Éste es el paso que franquea el psicoanálisis: la tesis de un narcisismo primario y normal. Cabría postular entonces un primer momento en donde el bebé está totalmente volcado sobre sí mismo, y que, con la presencia de la madre, va realizando un recorrido hasta descubrir a un otro distinto, a quién poder amar. El sujeto necesita el narcisismo para poder amarse a sí mismo y para valorarse, siendo esencial para la vida. Para que este narcisismo sea sano son necesarios tres aspectos fundamentales que siempre requieren ir fortaleciéndose: renunciar al pensamiento que somos capaces de cualquier cosa que nos proponemos y que tenemos derecho a todo y a todos (omnipotencia); darnos cuenta de que reconociéndonos limitados podemos alcanzar logros que nos humanizan y que seamos capaces de estimar y reconocer la valía de los demás.

Por lo tanto, podemos afirmar, de manera muy simple, que todos somos inicialmente narcisistas, y que debemos ser capaces de salir de nosotros mismos para amar y vincularnos a los otros, reconociendo en ellos una originalidad y una dignidad que debe ser respetada y valorada. Por otro lado, podemos indicar, que detrás de todo amor a los demás hay un amor a sí mismo; el problema está en que esta tendencia narcisista -presente durante toda la vida- no logre conducir realmente esa energía amorosa sobre un “otro” y vuelva nuevamente sobre sí mismo en toda relación, compromiso y actividad. A esto lo llamamos narcisismo secundario, un narcisismo regresivo y de corte más negativo.

En conclusión, lo que el psicoanálisis nos revela es que existe un narcisismo primario que es constitutivo al ser humano y que puede favorecer una sana autoestima y el amor a las propias elecciones, como podría, por ejemplo, la vocación sacerdotal o de laico asociado a una comunidad, como parte del ideal del yo del sujeto. Pero, también existe el riesgo de un narcisismo más negativo que, como ya se indicó anteriormente, marcado por saciar el propio deseo, utilizando a los demás, la actividad misionera, incluso a Dios, como meros instrumentos, para cubrir las propias carencias. Cuando la persona ha sido capaz de asumir la falta estructural, aceptando sus límites, el otro podrá aparecer ante nosotros como otro distinto y no como un objeto con el cual gratificarme narcisistamente.

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