Links

El fenómeno del clericalismo

El Papa Francisco (2013), desde inicio del pontificado, ha remarcado la necesidad de enfrentar con vigor la problemática del clericalismo, que lo cataloga como un modo de hipocresía farisaica que conduce a la mundanidad espiritual.

El documento preparatorio sobre el sínodo de la sinodalidad indica que la Iglesia “entera está llamada a confrontarse con el peso de una cultura impregnada de clericalismo, heredada de su historia, y de formas de ejercicio de la autoridad en las que se insertan los diversos tipos de abuso (de poder, económicos, de conciencia, sexuales). Es impensable una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios” (Nº 6).

En diversas instancias de reflexión entre sacerdotes en donde he participado y se ha tratado el tema del clericalismo, he percibido que algunos presbíteros se sienten atacados, como si el Papa criticara, con la descripción de esta realidad, a todos los sacerdotes; otros manifiestan cansancio de que se insista en esta problemática, la cual consideran que no es central ante los desafíos que enfrenta la Iglesia hoy. Otros piensan que el tema del clericalismo es una obsesión del Papa Francisco -que en algunos textos lo ha ligado con el narcisismo- como veremos en el próximo comunicado, olvidando que el clericalismo ha sido denunciado no solo por el actual pontífice, sino que también por los papas Benedicto XVI y Juan Pablo II. Es probable que esta actitud defensiva no sea sino un síntoma más de este clericalismo, que se incomoda con cualquier tipo de crítica o cuestionamiento a un cierto estilo sacerdotal. 

El Papa Juan Pablo II (2002), afirmaba que “el clericalismo es para los sacerdotes la forma de gobierno que manifiesta más poder que servicio, y que engendra siempre antagonismos entre los sacerdotes y el pueblo”.

Para el Papa Benedicto XVI (2013), el clericalismo es una tentación de los sacerdotes, que se cierran a las necesidades de los demás, tiranizando al Pueblo de Dios, “señoreando a los laicos” y haciendo inútil su configuración con Cristo Buen Pastor.

Benedicto XVI (2010) ha expresado que la eucaristía, comprendida en su verdadero sentido teológico, puede ayudarnos a superar el clericalismo, puesto que nos enseña a despojarnos de nosotros mismos; plantea que la vivencia de la eucaristía es el lugar para tomar conciencia de que Cristo en ella sale de sí mismo, de su propia gloria, rebajándose hasta ser uno de nosotros. Por lo anterior, el sacerdote que preside la eucaristía debe recordar que está en esa posición para servir a la comunidad y convertirse también en un pan partido para unir al Pueblo y entregar su vida en favor de los más necesitados.

Para el Papa Francisco (2014), el clericalismo es una enfermedad que tiende a convertir al sacerdote en un funcionario eclesial, quitando protagonismo y libertad a los laicos, alejando a las personas del Señor y buscando el consuelo no en Dios sino en él mismo.  Refiriéndose a los presbíteros, el Papa afirma que algunos de ellos “se alejan de Jesucristo en vez de ser ungidos, transformándose en personas untuosas”. Son untuosos con aquellos que han puesto su fuerza en las cosas artificiales utilizando un lenguaje remilgado y con una actitud de vanidad; este tipo de sacerdote ha perdido la unción.

El pueblo de Dios sabe reconocer al sacerdote humilde, entregado y servicial ya que tienen un buen olfato; por el contrario, dice Francisco (2014), hay sacerdotes “idólatras”, que en lugar de tener a Jesús tienen pequeños ídolos; algunos son devotos del dios Narciso.

El Papa descubre que deben purificarse en los procesos de formación aquellas actitudes poco honestas de los futuros sacerdotes que están muy preocupados de cuidar su imagen y lo que hacen y dicen para ser bien evaluados y considerados; sin embargo, esconden, a veces conscientemente, su verdaderos pensamientos, criterios y motivaciones. Ese es el caldo de cultivo de un posible clericalismo.

            El Papa Francisco (2014), al reflexionar acerca de las conductas sacerdotales, diferencia entre el pecado y la corrupción; el pecador quisiera no pecar, pero por su debilidad no puede evitarlo y se encuentra en una condición en la que no puede hallar una solución; arrepentido buscará el perdón para volver a la comunión con Dios. En cambio, el corrupto, no reconoce su problema, y no comprende lo que es la humildad. Jesús los comparaba con los sepulcros blanqueados: bellos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos putrescentes. “Y un cristiano que presume de ser cristiano, pero no vive como cristiano es un corrupto”; dicho de otro modo, es una “podredumbre barnizada”; y Jesús a éstos no les llamaba sencillamente pecadores, sino que les decía “hipócritas”.

Desde mi perspectiva personal, habría que preguntarse si basta el acto de contrición para convertirse y cambiar de vida o se necesitaría buscar la ayuda profesional para integrar la problemática que podría estar afectando a los demás o a sí mismo. En este caso, habría que hacer un discernimiento en relación a cuán grave es esta conflictividad, que puede estar afectando leve o seriamente la integridad personal y la de sus hermanos; una segunda perspectiva de discernimiento es si esta actitud, comportamiento o hábito, cuestiona su idoneidad sacerdotal. Un ejemplo de esto es plantearse que los sacerdotes que cometieron abusos sexuales, o graves abusos de poder y de conciencia, han perdido la capacidad de sostener y continuar con una vocación que tiene como misión cuidar, proteger y buscar el bien de los demás.

Para Francisco, lo que puede salvarnos del clericalismo es mantener una relación honesta y profunda con Jesucristo, que genere un proceso de transformación interior, reflejado en actitudes coherentes con las cualidades de un “buen pastor”, tal como la Iglesia lo pide a los sacerdotes. Ayuda a superar este fenómeno fomentar la capacidad de trabajar horizontalmente con equipos y consejos pastorales, escuchando y decidiendo en conjunto. Dice el Papa (2014): “El clericalismo confunde la figura del párroco, porque no se sabe si es un cura, un sacerdote o un patrón de empresa”; esto no niega que el sacerdote en muchos momentos de su trabajo pastoral tiene que saber decidir, a través de la escucha y el diálogo, ya que tiene una autoridad, que no es una conquista suya, sino un poder delegado por la Iglesia.

Otra de las problemáticas es la clericalización de los laicos, la cual se manifiesta, por un lado, al tratar de moldearlos según la tradición sacerdotal y pedirles que asuman tareas propias del sacerdote como servidor de la comunidad; algunos sacerdotes delegan tareas en los laicos más por comodidad que por una verdadero deseo de fomentar su compromiso laical; por otro lado, esta clericalización laical se revela al fomentar en los laicos la búsqueda del poder que algunos sacerdotes quieren ostentar de una manera distorsionada; el poder siempre será muy atractivo y placentero para todo laico.

No olvidemos que cada vocación tiene su propia espiritualidad y misión con sus respectivas características; algunos de estos rasgos no son exclusivos de estas formas de vida, pero sí son propias de estas vocaciones y se necesita impulsar. Por ejemplo, el laico está en el mundo de una manera encarnada, como fermento de vida evangélica en medio de las realidades temporales; los sacerdotes también están en el mundo, pero no en los mismos ámbitos y espacios sociales en los cuales se les invita a los laicos a dar testimonio de su fe.

Decía Juan Pablo II, “Cuando no es el servicio sino el poder el que modela toda forma de gobierno en la Iglesia, los intereses opuestos comienzan a hacerse sentir tanto en el clero como en el laicado. Este clericalismo se encuentra en formas de liderazgo laico que no tienen suficientemente en cuenta la naturaleza trascendente y sacramental de la Iglesia, ni su papel en el mundo. Estas dos actitudes son nocivas. Por el contrario, la Iglesia necesita un sentido de complementariedad más profundo y más creativo entre la vocación del sacerdote y la de los laicos. Sin él, no podemos esperar ser fieles a las enseñanzas del Concilio ni superar las dificultades habituales relacionadas con la identidad del sacerdote, la confianza en él y la llamada al sacerdocio” (Juan Pablo II, Discurso al VI grupo de obispos estadounidenses en visita “ad limina Apostolorum”, 2 de Julio de 1993).

Palabras anteriores