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Un Iglesia/congregación que intenta “aggiornarse”

Estamos viviendo un tiempo eclesial de encuentro, diálogo y discernimiento. El camino del sínodo sobre la sinodalidad, la asamblea eclesial latinoamericana y del Caribe y el proceso de escucha en la Iglesia chilena iniciado en el año 2018, son procesos que tienen por la finalidad que la Iglesia se piense a sí misma, descubra nuevos caminos de renovación y conversión al interior de la institución y proponga nuevas formas de relacionarse e insertarse en una sociedad plural y diversa.

El concepto aggiornamento, que significa en italiano actualización, fue un término que los papas Juan XXIII y Pablo VI popularizaron como expresión de que la Iglesia se renovara y asumiera evangélicamente los cambios culturales y sociales, proponiendo una nueva interpretación de los signos de los tiempos. Sacrosanctum Concilium expresaba esta actitud de la siguiente manera: «fomentar la vida cristiana entre los fieles, adaptar mejor las necesidades de nuestro tiempo a las instituciones susceptibles de cambio, promover todo lo que pueda ayudar a la unión de todos los creyentes en Cristo, y fortalecer lo que puede contribuir para llamar a todos al seno de la Iglesia». (SC 1)

                ¿Es posible que la Iglesia realice de verdad este camino? ¿Están todos los cristianos disponibles a la acción del Espíritu que hace nuevas todas las cosas? El clero, y especialmente aquellos que tienen responsabilidad, ¿tienen una actitud sincera de escucha y diálogo o sólo están dispuestos a que el Pueblo de Dios obedezca sus criterios y orientaciones?

                En el documento de Aparecida (APA 365-372) se nos invitaba a una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (366). Nuestra pastoral no puede abstraerse de los contextos socioculturales que representan “nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios” (367). Esto nos mueve a pensar en nuestros estilos de relación al interior de las comunidades, las estructuras y los énfasis pastorales. Para que esta conversión se produzca, los fieles deben vivir una profunda relación con Jesucristo y promover una espiritualidad de comunión y participación.

                En esa misma línea, el Papa Francisco, unos de los impulsores de Aparecida, exhortaba en Evangelii Gaudium, por una parte, a que todas las comunidades procuraran “poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están” (EG 25) y por otra, proponía, como ya lo había realizado Juan Pablo II, una nueva visión del “papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal” (EG 32). El fruto de esta propuesta de renovación ha sido la reciente publicación de la Constitución Apostólica "Predicate Evangelium", trabajo realizado durante nueve años, desde el inicio de su pontificado y que no estuvo exento de críticas y faltas de apoyo.

                ¿Qué es aquello que podría dificultar y entorpecer estos caminos de renovación y revitalización? ¿Cuáles son los estados psíquicos-espirituales que pueden influir en que los procesos de conversión individual, comunitario e institucional no puedan desencadenarse? No es fácil realizar este diagnóstico; sólo podría expresar lo que percibo a partir de mis experiencias y de mis subjetivas intuiciones.

                ¿Un estado depresivo?

A partir de las crisis eclesiales de varias dimensiones que hace décadas hemos estado viviendo, ya sea por los procesos de secularización, por los abusos sexuales, por las dificultades para transmitir la fe, por la distancia que existe en algunos contextos, entre la Iglesia y la sociedad y de las propias crisis de las congregaciones religiosas, derivadas de la falta de vocaciones, el envejecimiento de nuestras comunidades, los conflictos grupales e interpersonales, entre otros, es probable que algunos de nosotros estemos viviendo este momento histórico con desesperanza y desilusión. Podemos sentir una cierta tristeza -rasgo afectivo predominante de la depresión- porque la realidad eclesial y comunitaria ya no es la de antes; hay desconfianza hacia la institución y la falta de testimonio y coherencia de muchos hermanos y hermanas ha generado un desprestigio social que no es fácil de sobrellevar. El futuro se observa sombrío y la incertidumbre y angustia invaden nuestro corazón.

Esta tristeza -unida a una rabia muchas veces inconsciente- se manifiesta en una crítica descarnada a la Iglesia o a la congregación, perdiendo la fe y la esperanza en que seamos capaces de estar más disponibles a las inspiraciones del Espíritu; y aún más, genera un escepticismo de que el Señor pueda convertirnos y transformarnos. No se trata de buscar la gloria mundana de nuestras instituciones vividas en épocas pasadas; se trata, más bien, de vivir con alegría y paz el aquí y el ahora, aceptando la realidad, pero sirviendo a nuestro pueblo, creativa y gozosamente, con las fuerzas que tengamos, e incluso, con una comunidad muy debilitada.

Resistidos al cambio

La resistencia es ese mecanismo psíquico que apela a conservar lo que ya poseemos, combatiendo las ansiedades que provoca lo nuevo, que es vivido como una realidad dañina y perjudicial. Nos es más cómodo mantenernos en lo ya conocido y probado, ya que nos da seguridad, aun cuando nos esté dañando a nosotros mismos, a otros o al grupo de pertenencia. No estamos dispuestos al cambio, sobre todo cuando tenemos que esforzarnos en dejar una actitud o hábito placentero, pero que es poco humanizante y evangélico o cuando hay riesgo de perder el poder y estatus que ostentamos; hay resistencia al cambio cuando tememos perder las gratificaciones afectivas que nos conceden las personas que hemos conseguido que dependan de nosotros o cuando somos prisioneros de una autoimagen engrandecida que nos hace sentirnos intachables, pero que esconde una profunda inseguridad y poca estima de sí.

                En consecuencia, podemos considerar que todo cristiano experimentará un nivel de resistencia y que dependerá de sus propios recursos, estar más disponible a la conversión a esa Buena Noticia que el Señor ha anunciado. Necesitamos pedir más lucidez para darnos cuenta qué debemos cambiar en nosotros, dialogar con alguien sobre mis propias luchas y escuchar lo que los hermanos y hermanas me indican y sugieren, para iluminar aún más mi realidad. Habrá que rogar al Señor que estemos atentos a las insinuaciones de aquel espíritu que nos hace engañarnos y mentirnos a nosotros mismos, despojándonos de nuestros personajes artificiales que impiden que seamos más auténticos y verdaderos. Si en nuestras comunidades bajáramos las defensas, y descubriéramos sin miedo nuestra verdad, posiblemente el camino sería más honesto, pacífico y esperanzador,

Dificultad para convivir con lo distinto

El filósofo Byung Chul-Han (2017) ha planteado que los tiempos del “otro”, como misterio, originalidad y deseo, van desapareciendo, dejando paso a la positividad de lo igual. La propagación de lo igual es lo que “constituye las alteraciones patológicas de las que está aquejado el cuerpo social”.  Una de sus tesis plantea que “la expulsión de lo distinto” desencadena un proceso destructivo totalmente diferente: la autodestrucción. En general impera la dialéctica de la violencia: un sistema que rechaza la negatividad de lo distinto desarrolla rasgos autodestructivos. Actualmente han ido proliferando diversos grupos y cierto tipo de colectivos que abrazan una causa social, política o religiosa particular; éstos carecen de una visión más comprensiva e integral de la realidad, remarcando por sobre todo su especificidad con la pretensión de fortalecer su identidad siempre de carácter unívoca y uniforme.

Pienso en los descendientes de pueblos originarios, los colectivos LGTBIQ+, los ambientalistas, los animalistas, los veganos, etc.; incluso nuevos movimientos religiosos que remarcan fija y obsesivamente un rasgo de la espiritualidad cristiana. Cuando estos grupos, -que pueden poseer valores y buenos propósitos- interpretan la realidad sólo desde su particular cultura y perspectiva, sin abrirse a lo distinto y diverso, obstaculizan los pactos más globales, y los acuerdos transformadores, puesto que tienen grandes dificultades para dialogar con lo diferente, incluso, con lo opuesto. ¿No hemos experimentado en diversos ambientes eclesiales, incluso congregacionales, la tendencia a imponer nuestros esquemas y puntos de vista particulares, negando lo que los otros nos pueden ofrecer? Lo que se necesita en la Iglesia es apreciar los grados de verdad de planteamientos distintos a los nuestros, evitando sentirse atacados cuando las personas disienten de nuestras propias visiones, la mayoría de las veces, de carácter parcial.

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