Links

Aprender a dejarse supervisar II

Este es el último texto -y, además, continuación del anterior- de una serie de reflexiones que han tenido como objetivo proporcionar perspectivas para todos aquellos que trabajan con personas y equipos en el ámbito pastoral y que desean ayudarles a realizar un mejor servicio.  La supervisión pastoral es una espacio regular, planificado, intencional y delimitado en el que una persona con experiencia pastoral y preparado para realizar este servicio ayuda a que los que ejercen un acompañamiento espiritual, individual o grupal, revisen su práctica. La relación entre el supervisor y los supervisados es una relación caracterizada por la confianza, la confidencialidad, el apoyo y la franqueza que da la libertad para explorar los problemas que surgen en su ministerio.

                 La supervisión puede arrojar aspectos no descubiertos en la relación de acompañamiento, marcar los impasses que surgen en el proceso, manifestar la transferencia que revela el acompañado y la contratransferencia del acompañante. Además, puede mostrar las dificultades que se pueden presentar en el trabajo mismo de búsqueda de la voluntad de Dios y de vivencia de los valores del Evangelio. El diálogo entre colegas y el aporte del supervisor puede ayudar a percibir otra visión en la comprensión del caso que se está estudiando y, si es necesario, reajustar la estrategia de trabajo que se construye en conjunto con la persona que acompañamos.

El supervisor pastoral no es el acompañante espiritual, aún cuando puede escuchar situaciones personales que los acompañantes puedan plantear. Debe enfocarse en ayudar a resolver dificultades, conflictos, impasses y limitaciones que surgen en la propia praxis de las personas que supervisa. La supervisión no es tampoco una especie de vigilancia administrativa; tiene que ver más bien con aquella imagen de Dios visitando y acompañando a su pueblo.  Es una visita que se entiende como el modo en que Dios entra en la vida del pueblo de Israel, como una presencia estable y fiable.

Las funciones de la supervisión

Según los autores Inskipp y Proctor (2009), la supervisión tiene tres funciones genéricas: la normativa, la formativa y la restauradora.

La función normativa trata de cuestiones éticas que deben ser analizadas por los acompañantes. Temas tales como los principios éticos que guían el servicio que se realiza, la confidencialidad, los límites físicos y afectivos; estos son, sin duda, realidades que deben ser revisadas.

La función formativa consiste en ayudar al supervisado a crecer en su ministerio especialmente cuando se está iniciando y en los momentos en que aparecen situaciones personales y grupales complejas que no se tiene claridad en cómo abordarlas. En las primeras etapas puede haber habilidades claves o áreas que necesitan desarrollarse y examinarse con mayor profundidad.

La función restauradora consiste en apoyar emocionalmente al supervisado. El trabajo de muchos agentes pastorales es agotador. El simple hecho de que la persona que acompaña sea sostenida y escuchada es parte de esta función. Se trata entonces de facilitar que la persona supervisada se conecte con su visión, con el sentido de su vocación y recupere las capacidades para realizar un óptimo servicio.      

El enfoque

                No es un tema fácil de abordar. Cada supervisor de por sí tiene un enfoque particular, lo que dificulta la posibilidad de sistematizar modelos de supervisión en el acompañamiento. Un punto de partida importante será comprender que el supervisor es también un acompañante espiritual/pastoral y se sitúa al mismo nivel que el acompañante que se supervisa. Aunque el supervisor normalmente tiene más experiencia, se consideran colegas en el ministerio. Ambos comparten su experiencia y sus conocimientos para buscar el bien del acompañado, y ayudarle a que discierna su vida de cara al Señor. ¿De qué hablar entonces en la supervisión? ¿Qué temáticas o dimensiones deberíamos tratar en las sesiones? 

Un enfoque de trabajo que nace de la propia experiencia, y que es una sugerencia, puede ser el siguiente:

En el acompañamiento individual

  1. La persona del acompañado y las temáticas de cada sesión de acompañamiento.
  2. Las intervenciones del acompañante.
  3. Su estrategia de trabajo.
  4. La transferencia del acompañado y la contratransferencia del acompañante.
  5. La experiencia espiritual del acompañado y del acompañante
  6. Los bloqueos, dificultades, impasses en la relación y en la vida del acompañado

En el acompañamiento grupal

  • Las relaciones fraternas entre los miembros del grupo
  • El proceso espiritual de cada persona
  • El desarrollo del proyecto comunitario
  • Los conflictos y dificultades del grupo
  • El modo en que desarrollan su servicio apostólico
  • El método de discernimiento que emplean para tomar decisiones.

 

                Para que estos enfoques puedan producir frutos es necesario que el material que se presente en la supervisión sea fiable, honesto y real. Sería muy interesante que el supervisado trajera los diálogos, palabras e intervenciones concretas que se han suscitado en la sesión.

 

La persona que supervisa

El supervisor es una figura relevante. Necesita de una preparación específica y es recomendable que haya tenido la experiencia de haber acompañado espiritualmente a otros. Debe poseer una base teórica de lo que significa el acompañamiento y una formación teológica y psicológica que le permita ayudar a integrar todas las dimensiones de lo humano. El supervisor debe haber hecho una opción por una metodología de trabajo y tener en cuenta la etapa vital y profesional del acompañante que acude a él. No es lo mismo supervisar a un acompañante experimentado que a uno que se inicia en este ministerio.

A continuación, intento describir las implicancias de supervisar cada uno de estos procesos. El acompañante iniciado suele experimentar una intensa dependencia del supervisor. Es frecuente, incluso, que advierta una transferencia hacia el supervisor, idealizándolo, sometiéndose, buscando aprobación o rechazándolo porque le cuesta aceptar sus sugerencias y su visión del caso. El acompañante a veces puede denotar inseguridad y temor al considerarse incapaz o inadecuado en su labor. El supervisor debe ayudarle a confiar en sí mismo, facilitándole que aprenda a dejarse guiar por la acción del Espíritu.

A veces, por esa misma inseguridad, puede desear mostrarse al supervisor como alguien con experiencia y tendiendo a absolutizar sus juicios e interpretaciones. El supervisor tratará de señalarle que, aunque podemos comprender a la persona que acompañamos, es un error, y puede impedir una real ayuda, una actitud de omnipotencia y omnisciencia ante el proceso de vida del acompañado. Habrá que trabajar la humildad para reconocer que es el Señor y la propia persona que, en diálogo con Dios, va buscando la verdad de su vida.

A partir de estas consideraciones, el supervisor está invitado a cultivar algunas actitudes con los supervisados, tales como:

-                      dar a conocer el objetivo de la supervisión permanentemente.

-                      estar abierto a intercambiar diversas ideas con sus pares.

-                      aplicar con honestidad su propio modo de supervisar por el cual ha optado.

-                      ser paciente; no pretender que los supervisados entiendan todo de inmediato.

-                      expresar una actitud humilde, que lo aleja de sentirse como alguien que tiene la verdad en sus manos.

-                      evitar mostrarse como gurú o ser el centro de la vida del supervisado.

-                      sentirse libre de poder exponer lo que observa y lo que siente, sin descalificar al supervisado.

-                      ser consciente de su propia contratransferencia; empatizar con lo que siente y vive la persona.

-                      invitar a que los acompañantes vayan encontrando su propio estilo, sin imponer el propio.

-                      recordar a la persona que se supervisa, que la supervisión no es un espacio de acompañamiento espiritual.

Palabras anteriores