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Aprender a dejarse supervisar I

El ministerio de acompañamiento espiritual o pastoral debe ser vivido y desarrollado como un servicio eclesial. No es una labor que es fruto de una conquista personal, sino que es un llamado que debe ser confirmado por la comunidad. Una confirmación que tiene en cuenta las motivaciones, los rasgos de personalidad, la formación y la experiencia pastoral de varones y mujeres dispuestas a servir al Señor y a los hermanos. Esta idoneidad para esta labor, debe ser discernida por el propio sujeto, por la comunidad y ratificada a lo largo del tiempo. Es decir, una persona que ejerce un ministerio de la Iglesia podría perder la idoneidad por múltiples razones y de diversa índole: motivos de salud, crisis personales, ausencia de procesos de actualización y formación permanente, faltas a la ética pastoral, cansancios propios de su trayectoria, desmotivación para el ejercicio de la labor, etc.

Dado el carácter eclesial-comunitario de la tarea que desempeñan los acompañantes y de la exigencia humana-espiritual propia de un servicio pastoral, se hace necesario que estos acompañantes permitan y accedan a procesos de supervisión pastoral. La supervisión pastoral[1] puede ser comprendida como la escucha y orientación que desarrolla una persona al revisar el trabajo de un acompañante espiritual o pastoral o de un grupo de ellos.

El fin de esta supervisión es favorecer el desarrollo eficaz y responsable de la relación de ayuda o tarea evangelizadora, el cumplimiento de los objetivos de su ministerio y la práctica de los valores inherentes a su vocación. Dicho de otro modo, la supervisión sería el proceso de acompañamiento de un grupo de agentes pastorales que quiere crecer en su identidad humana y cristiana, dar solución a problemas, conflictos y desafíos de su quehacer pastoral, buscando siempre el bien de las personas a las cuales acompañan y ayudan.

Entre otras cuestiones, la supervisión pastoral implica preguntarse quién es la persona del acompañante, cuáles son las actitudes que expresa a la hora de relacionarse con sus acompañados o con un conjunto de cristianos que forman parte de una comunidad que acompaña. El acompañante debe preguntarse sobre cuáles son los énfasis antropológicos, teológicos y espirituales que están presentes en su práctica y si son coherentes con la situación vital, etapa evolutiva, el nivel de madurez cristiana de las personas que acompañamos y las propias búsquedas de la persona o grupo de fe. No debe confundirse la supervisión pastoral con las imprescindibles y necesarias reuniones de coordinación, planificación y evaluación pastoral que tienen que ver más con las tareas evangelizadoras y educativas que debemos realizar para ayudar a que otros vayan experimentando un itinerario de desarrollo y maduración de la fe.

La supervisión es un concepto que se aplica a varios ámbitos profesionales, especialmente en aquellos en los cuales se trabaja con personas. Es común ver a grupos de terapeutas, médicos, trabajadores sociales, que con un supervisor comentan los casos que deben atender y lo que experimentan a nivel personal estos profesionales en su practica clínica.  Algo muy parecido desarrollan algunos formadores de seminarios o congregaciones religiosas, cuando dan cuenta de los procesos de acompañamiento que guían y se van ayudando a acompañar de mejor manera a los jóvenes en discernimiento. ¿Pero qué ocurre con otros ministerios de acompañamiento espiritual o pastoral dentro de la Iglesia? ¿Por ejemplo, son supervisados los párrocos, los responsables pastorales educativos, los catequistas o asesores de pastoral juvenil? ¿Cada uno es responsable solitariamente de su propio servicio eclesial o deben existir personas o instancias donde hablemos de cómo vivimos y ejercemos nuestro ministerio eclesial?

En el documento del año 2020, de la conferencia episcopal de Chile, Integridad en el servicio eclesial, (ISE), que contiene Orientaciones que la Iglesia Católica “ha decidido darse en Chile para asegurar, en cada servicio que ofrecemos, una cultura de buen trato, de respeto a la dignidad de cada persona, de cuidado y autocuidado, de unas formas y modos consecuentes con la esencia de nuestra misión”, se mencionan seis veces la palabra “supervisión”. En este texto, al referirse a los acompañantes espirituales, se les pide que además de recibir acompañamiento espiritual y formación permanente, se supervisen en torno a las dinámicas emocionales que experimentan con otras personas (p.52).

Aunque debería ser exigido para todo agente pastoral con una responsabilidad importante, el documento les pide a los sacerdotes, religiosos y consagrados - que reflexionen habitualmente sobre su práctica pastoral propia con un supervisor o consagrado competente y se mantengan actualizados sobre los conocimientos y comprensión de las Escrituras, la tradición y las enseñanzas de la Iglesia. Además, deben participar en procesos de autoevaluación o evaluaciones externas y supervisiones regulares (p. 59-60).

            La supervisión es una “amplia visión” que nos permite observar, desde una distancia adecuada, una práctica espiritual o pastoral, no para revelar una verdad que posee el supervisor, sino que para ayudar a que el acompañante se piense y se observe a sí mismo, para descubrir lo que siente hacia el o los acompañados, examine cómo interviene y se relaciona, revise si cumple los estándares éticos, fomente sus habilidades y destrezas y discierna si está facilitando que las personas que acompaña puedan seguir creciendo humana y cristianamente.

La supervisión pastoral se practica por el bien del supervisado y de las personas que acompaña, proporcionando más verdad a los procesos espirituales que se van desencadenando en unos y en otros. El ejercicio de la supervisión no es más que un acto de responsabilidad ante el cuidado que debemos tener ante los hermanos y hermanas que el Señor ha puesto en nuestro camino. En este sentido, aunque la "supervisión pastoral" pueda ser una terminología nueva, las prácticas de supervisión son tan antiguas como la propia Iglesia. En el evangelio de Lucas se relata el envío de los discípulos y como al volver, <<le contaron a Jesús todo lo que habían hecho>> (Lc 9,10)

Lo que ocurre en la realidad, es que es una práctica poco usual. Estamos llenos de necesarias reuniones de diseño, planificación y evaluación, pero pocas veces, los acompañantes espirituales y pastorales tienen el especio para hablar de cómo se sienten y viven los fracasos, conflictos y crisis; a veces hay cierto pudor de hablar de las alegrías, de lo bien encaminado que va el proceso y de lo satisfecho que estamos con nuestro trabajo. No existe una tradición se supervisión tal como lo hemos planteado; menos aún personas que realicen esta supervisión. La experiencia muestra que esta practica en la Iglesia ha ido surgiendo por la iniciativa de los propios acompañantes y ministros que han decidido reunirse para ir expresando la visión que tienen unos de otros, reflexionan cómo ejercen su servicio y cómo se relacionan con los miembros de su comunidad y se plantean lo que deberían cambiar y convertir.

Imaginemos que un equipo pastoral colegial o parroquial, que permanentemente van trabajando juntos, pudieran tener un supervisor que cada cierto tiempo va dialogando con ellos acerca de lo que experimentan en todo su quehacer pastoral y en sus relaciones entre ellos mismos; más aún, tuvieran la oportunidad de señalar actitudes y aspectos a profundizar y modos y talantes que deben ser transformados, porque no ayudan a la evangelización y al buen testimonio cristiano. Todo ello sería un aporte muy importante para que el servicio de acompañamiento, en todas sus dimensiones, facilitara la experiencia de Dios y la pertenencia eclesial de las personas que participan en una comunidad pastoral.

¿Estarían preparados, por ejemplo, un grupo de religiosos o sacerdotes que atienden una obra apostólica, en un clima de confianza y respeto a expresar, honesta y sinceramente, las luces y sombras de cómo cada uno y los demás ejercen su servicio o ministerio?  No se trata de enjuiciar, criticar, ni descalificar, sino, de escuchar y hacer las preguntas adecuadas que ayuden a examinar, en un clima de oración, nuestra verdad ministerial, descubrir cómo podemos enfrentar los desafíos y renovar en nosotros nuestra pasión por evangelizar y anunciar el Reino de Dios.

Debemos esforzarnos en superar los miedos y resistencias a escuchar cómo otros nos ven y cómo aprecian que desarrollamos nuestra labor; la falta de autoestima y nuestra inseguridad muchas veces no tolera recibir sugerencias o visiones distintas, que cuestionan nuestras creencias y estilos de acompañamiento. Hoy más que nunca, necesitamos de la ayuda de los demás, no sólo para organizar, sino que, para pensar nuestro quehacer pastoral, en el cual no somos el centro, sino Jesucristo y su Evangelio.



[1] En estas páginas no hacemos la distinción entre la supervisión de acompañantes espirituales que acompañan individualmente y la supervisión de un grupo de agentes pastorales (por ejemplo, un grupo de catequistas) que desarrolla una tarea común. Hablaremos en estas páginas del espíritu que está detrás de este importante servicio que en la Iglesia aún no se ha asumido sistemáticamente. En el próximo comunicado podríamos ofrecer de manera sintética lo que implicaría una supervisión en el acompañamiento espiritual y como ir trabajando la supervisión en el campo de la pastoral en general.

 

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