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Aprender a reconocer II

Habíamos explicitado en el comunicado anterior el fenómeno transferencial que puede darse con mayor o menor intensidad en una relación de ayuda de rasgos asimétricos. En la transferencia se repiten y se reeditan los vínculos establecidos con figuras importantes de la infancia, en la cual sentimientos, defensas, fantasías, deseos e impulsos hacia una persona significativa del pasado son trasladados a otra persona en el presente. En cuanto tal, la transferencia estaría constituida por una serie de procesos de distorsión inconscientes, sentidos y actuados por la persona que es ayudada.

Podemos recordar innumerables reacciones afectivamente muy vigorosas o desproporcionadas de personas a las cuales estábamos ayudando o que estaban a nuestro cargo. Hemos sido testigos, por ejemplo, de renuencias, obstinaciones y rechazos; pero también de expresiones amorosas muy intensas  que no eran fáciles de comprender por qué se suscitaban ya que teníamos una cierta seguridad de que, objetivamente, no la habíamos estimulado ni provocado. Nuestra posición, rol y autoridad y el modo de responder las expectativas, necesidades y demandas de la persona ayudada, suscitaban reacciones emocionales de diversa índole; algunas de ellas obstaculizando que el proceso de acompañamiento se fuera desarrollando conforme a sus metas y objetivos.

Como afirmamos en la primera parte de este aprendizaje, no es negativo que esto suceda ni se debe pretender evitarlo; lo importante es darse cuenta, situación que siempre ocurre a posteriori de la sesión. El fenómeno transferencial, que tiende a ser una realidad inconsciente, nos permite conocer al acompañado y sus áreas conflictivas y así seguir trabajando sobre lo que él busca transformar para dar una respuesta satisfactoria a su deseo de crecimiento espiritual.

            Lo que ahora nos corresponde analizar es el fenómeno contrario, la contratransferencia. En este caso, nos referimos a lo que genera la transferencia del acompañado en el acompañante;  dicho de otro modo, los sentimientos que genera en el acompañante la persona del acompañado por medio de: su modo de hablar, la postura física, su manera de involucrarse en su proceso, su expresión de amor y rechazo hacia el acompañante, etc.

             Algunos autores plantearán que la contratransferencia es un fenómeno inconsciente del acompañante y que lo hace consciente a través de su propio acompañamiento y supervisión; para otros, en cambio, será todo lo que siente el acompañante y que interviene en el proceso de cura.

            Un acompañante espiritual, que acompañaba a un seminarista diocesano hacía ya 6 meses y con el cual no vivía, compartía en una reunión de supervisión que en las últimas sesiones el joven se mostraba muy silencioso en los encuentros. Se sentaba demasiado tendido en el sillón, respondiendo con monosílabos o con frases breves. Se generaba un silencio, provocando en el acompañante una cierta tensión. No era el silencio de quien está trabajando o pensando en la reunión lo que desea expresar, sino era un silencio que reflejaba que estaba incómodo en el encuentro. Durante las siguientes sesiones, al acompañante comenzó a molestarle esta actitud; decía que no estaba para “perder el tiempo” y se preguntaba el porqué de la actitud poco favorable del seminarista. El acompañante fue dándose cuenta de que había algo que le inquietaba al joven y que no era capaz de verbalizar. El acompañante tomó conciencia de sus propios sentimientos y trató de colocarse en el lugar del joven evitando culpar al joven de lo que él sentía, sino que más bien, pensando que había algo que debía ser expresado. Trató de tranquilizarse y relajarse en la sesión, de estar dispuesto a escuchar y de no incomodarse con los silencios. La misma impaciencia del acompañante podía estar tensionando el vínculo.  Le preguntó: ¿hay algo que quisieras decirme que te cuesta expresarlo? Luego de un lapso de tiempo, el joven pudo decir que estaba sentido y molesto con el acompañante con las preguntas sobre qué es lo buscaba y motivaba realmente al desear abrazar la vocación sacerdotal; el seminarista se había sentido cuestionado y criticado. Le comentó al acompañante que le recordaba a su madre que era muy exigente con él, habiendo crecido con la idea de que no tenía derecho a dudar y menos a equivocarse. El acompañante le reflejó que la perfección en el ser humano no existe y que reconocer las dudas y las fragilidades puede ser una fortaleza para vivir con mayor paz y verdad la vida. El joven se sintió más libre para compartir que estaba pensando que el sacerdocio no era para él y darse cuenta que esa pregunta era válida y no lo convertía en alguien que estaba fallando.

Una pregunta que se suscita sobre esta temática es hasta qué punto lo que surge en el acompañante es una respuesta a la transferencia del acompañado, en este caso, el deseo de no ser criticado, juzgado ni confrontado; o lo que emerge son temáticas no bien trabajadas en el acompañante, tales como la necesidad de ser siempre aceptado, reconocido y aprobado en todo lo que hace.  Hay dos extremos que se deben evitar: por una parte, un desapego ante el acompañado, donde sólo se debería sentir una “uniforme y moderada benevolencia” hacia las personas que acompañamos y, por otra parte, que el acompañante exprese abiertamente y directamente sus emociones ya que éstas ayudarían supuestamente a una mejor auto comprensión del acompañado.

Cuando las personas que escuchan han trabajado sus conflictos infantiles y ansiedades no imputarán al acompañado lo que le pertenece a sí mismo. En ese sentido, el acompañante debe estar preparado para sobrellevar la tensión y asumir sus propios temores y odios. Se halla en la misma situación que la madre de un recién nacido. Se trata entonces de cuidar, acoger, escuchar y no transmitir sus propias angustias y temores al acompañado. El acompañante utiliza lo que experimenta -luego de despejar que no está proyectando sobre el acompañado lo que siente- para intervenir y facilitar la auto comprensión del acompañado. Desde esta posición, no pretende tener la verdad de la vida del otro, ni aspirar a poseer una supuesta “interpretación objetiva que no existe”. 

            Un criterio para descubrir elementos contratransferenciales es que el acompañante esté atento a las emociones y sentimientos intensos que puede experimentar y que tienen relación, por ejemplo, con: el  gozo por los elogios que le hace el acompañado; alteraciones emocionales producto de la crítica que recibe;  cuestionamiento permanente de cómo lo está haciendo como acompañante; atracción tierna o erótica hacia el acompañado; disfrute por confrontar al otro; deseos fuertes de abrazar y acariciar; sentirse responsable de la vida del acompañado; sueños, fantasías y recuerdos agradables y desagradables del acompañado, entre otros.

            Finalmente, el acompañante debe discernir continuamente la distinción entre lo que pertenece al acompañado y a su mundo interno, y cuanto pertenece a sí mismo y a la relación actual con el acompañado. Será importante que el acompañante desarrolle la capacidad de dar espacio al acompañado dentro de sí mismo sin confundirse con él y sin imponerse en forma dominante. Está llamado a ayudarle a ir liberando su propia verdad y adquirir una disponibilidad que lo abra a descubrir y comprometerse con lo que la Palabra de Dios va suscitando en él. Sin duda, será clave para su ministerio que el acompañante reciba acompañamiento y se supervise.

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