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Aprender a reconocer I

El P. Amedeo Cencini, uno de los consultores del Vaticano en el ámbito de la formación a la vida religiosa y sacerdotal y coautor de varios documentos elaborados por la CIVCSVA, afirma que “Los psicoterapeutas saben bien que es imposible comprender realistamente los conflictos de los demás sin comprender los propios conflictos y las propias transferencias. Por esto deben someterse a análisis personal. Desgraciadamente muchos psicoterapeutas no lo hacen. Así como muchos pastores de almas pretenden examinar a los demás sin examinarse a sí mismos, o hay hombres que juzgan la realidad sin registrar el propio modo de ver. En todos los casos con efectos desastrosos”. (Cencini, 1994, p. 301)

El fenómeno que intentamos explicitar en estas páginas y que está mencionado en esta cita es el de transferencia; concepto que ha sido también abordado en diversos textos sobre acompañamiento espiritual y pastoral (Barry y Connolly, 2011; Manenti et al., 2007; Manenti, 2015; Szentmártoni, 2003; Vela, 1998)

Es cierto que el concepto de transferencia nos evoca el traspasar o trasladar una cosa o persona de un lugar a otro. Desde el punto de vista psicoanalítico, designa el proceso en el cual los deseos y sentimientos inconscientes referidas a personas significativas del pasado, se actualizan sobre ciertas personas, en el contexto de un determinado vínculo y especialmente en el encuadre de una relación analítica. Freud descubre el fenómeno de la transferencia en 1882, mientras analizaba el caso de una paciente llamada Anna O., junto a su maestro Josef Breuer. La transferencia es una repetición de sentimientos que se gestaron en los primeros vínculos paternos y maternos y que se renuevan con personas significativas de la actualidad.

                Hay que indicar que la interpretación de la transferencia es un eje de la cura psicoanalítica, puesto que ese deseo que se dirige a la persona del analista debe ser encauzado hacia el propio deseo del paciente, sosteniéndolo, construyéndolo, aceptando sus límites, faltas y frustraciones. Ya que el encuadre terapéutico exige por los menos encuentros semanales, la transferencia emergerá con gran intensidad.

En el caso del acompañamiento espiritual no se trabaja con la transferencia, ya que estamos en un contexto de naturaleza muy distinta, aunque ambas relaciones de ayuda tienen aspectos en común, tales como: la escucha, el diálogo, el proceso y el trabajo en conjunto en torno a un objetivo o expectativa de cambio. Los autores estarán llanos a indicar que la transferencia estará presente, aunque de manera menos intensa que en el análisis, en toda relación de ayuda asimétrica (educativa, médica, formativa, espiritual, pastoral, confesor-penitente). Reconocer la transferencia puede revelar aspectos de la identidad de la persona, y aquello que busca y necesita.  Darse cuenta de este fenómeno puede ayudar a orientar adecuadamente la relación de ayuda, cumplir sus objetivos y mantener un verdadero vínculo ético.

Podemos imaginar lo que implicaría legal y éticamente para una profesora responder la demanda de amor de un alumno que se ha enamorado de ella; o lo que significaría para la relación de acompañamiento que un acompañante espiritual aceptara corregir y reprender a una acompañada que se lo exige, tal como su padre lo hacía con ella porque se lo merecía; o para un asesor de un comunidad pastoral tener que aceptar permanentemente las exigencias y pretensiones de un líder del grupo, ya que en su infancia siempre satisficieron sus caprichos.

En estas relaciones asimétricas aparecen sentimientos positivos o negativos, impulsos, necesidades, fantasías e imágenes sobre los otros. En el caso de estos sentimientos y deseos son una actualización inconsciente de las figuras del pasado; por lo tanto, no tienen que tomarse estas expresiones afectivas a título personal; sino como un modo de revelación del ser e identidad del acompañado.

Freud (1912) distinguió la transferencia positiva y la transferencia negativa. La positiva, que puede ser amistosa y tierna, es la que permite que la relación de ayuda pueda ser bien encauzada.

En el fondo para que en el acompañamiento se pueda desencadenar un proceso que permita un trabajo y poder avanzar en las metas planteadas, se requiere de esta confianza y estima de parte del acompañado hacia el acompañante.

La transferencia negativa está compuesta de sentimientos hostiles y agresivos, que muchas veces son expresados directamente a través de críticas o molestias, aunque también se podrían manifestar de forma indirecta, por ejemplo, siendo indiferente a la palabra del acompañante o no asistiendo o suspendiendo los encuentros acordados. También Freud considera que los sentimientos eróticos o el enamoramiento del paciente con el analista es parte de esta transferencia negativa. Dicho lo anterior, habría que añadir las transferencias mixtas, que reproducirían los sentimientos ambivalentes del niño respecto de los padres.

                Sería un grave error catalogar moralmente el fenómeno de la transferencia, considerándolo como algo “malo” que no debiera ocurrir en una relación de acompañamiento. No se trata de evitar que ocurra la transferencia; ya que este es un fenómeno inconsciente de parte del acompañado y que sucede porque hay alguien delante de él que tiene un supuesto saber, autoridad y poder, que recuerda a sus figuras parentales; lo que hay que evitar es responder a las demandas afectivas del acompañado, es decir, en satisfacer directamente las carencias de amor, reaccionar con dureza ante la indiferencia o resistencia del acompañado o ante una manifestación de odio, expresar agresividad. No es fácil para el acompañante abstenerse de responder la transferencia.

Recuerdo a una acompañada joven adulta que indirectamente me pedía “que yo fuera como un padre para ella” (su padre había fallecido algunos años atrás), vivía sola con su madre y estaba trabajando como profesora en un colegio. Algunos podrían pensar que no sería negativo cuidarla y darle afecto a esta joven “como un padre/papá”, incluso se podría argumentar que sería un acto caritativo. Sin duda que el acompañante debe apoyar, empatizar y asumir con responsabilidad su ministerio. Pero otra cosa es responder a esa demanda de la joven y ocupar un lugar que para ella está vacío y que deberá sostenerlo con el recuerdo agradecido de un padre ya fallecido.

Lo que intenté hacer es ayudarla a que pudiera hablar de esa muerte, de lo que significa la figura del padre, y de cómo ella podía y quería construir su vida de aquí en adelante. Es decir, que descubriera su deseo y volviera a resignificar esos momentos dolorosos con la ayuda de la Palabra de Dios y de su vida de oración. Yo seguí siendo cercano, acogedor y amable, pero tenia la convicción que yo no estaba ahí para ocupar ese lugar paterno; mi servicio era más bien acompañarla para que ella fuera visualizando, frente al Señor, su propio proyecto de vida, donde yo debía abstenerme de tener un lugar central.  Ella y Dios eran los protagonistas en esta relación de acompañamiento; yo era un testigo de esa experiencia de fe y un compañero de camino en sus búsquedas y anhelos.

Si yo hubiera aceptado decirle lo que tenía que hacer en algunas circunstancias como ella lo solicitó la estaría situando en la posición de una niña indefensa que siempre necesitará de un bastón para enfrentar la vida, fomentando así un cierto infantilismo.  Ante su misma petición de afecto paternal y la necesidad de ser guiada directivamente debido a su inseguridad, yo siempre traté ser lo más abstinente posible de responder a esas demandas; es bien sabido que cuando los acompañantes responden a esas demandas, lo hacen consciente o inconscientemente por una gratificación narcisista; es placentero ser necesitado, y ser reconocido como alguien importante y valioso en la vida de los otros.

Freud afirma que, por su herencia y por la educación recibida, la persona adquiere elementos que conforman un clisé, como un grabado, que le mueven a relacionarse de un modo muy particular desde el amor o el odio con otras personas y que marcará la forma de satisfacer sus deseos.

Finalmente, nos damos cuenta de que este fenómeno que hemos intentado explicitar en forma muy sucinta supone un trabajo muy delicado por parte del acompañante, porque, evidentemente, sus propias temáticas personales pueden muy bien entrar en juego confundiéndose con las del paciente.  Se toca de este modo otra cuestión fundamental de una relación de ayuda, la llamada "contratransferencia" -que será planteado en el próximo comunicado- o sea, el conjunto de reacciones transferenciales también despertadas, en este caso, en el acompañante, a través de la personalidad y de las demandas del acompañado.  La propia transferencia del acompañado provoca en nosotros ciertos sentimientos de amor y odio que debieran ser discernidos y acompañados.

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