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Aprender a intervenir

En cualquier tipo de relación de ayuda, el “acompañante”, el educador o el agente pastoral, tiene una tarea particular que realizar. A esta tarea le podemos llamar intervención; es decir, es una acción especifica que pretende favorecer los objetivos o metas que esa relación de ayuda pretende.

Aunque hay elementos y principios comunes, esa intervención también dependerá del tipo de acompañamiento que estamos realizando. No es lo mismo intervenir en un acompañamiento espiritual de un adulto que de un joven; es diferente la intervención que se debiera realizar en un proceso formativo a la vida religiosa o en el itinerario de pastoral juvenil. No será la misma participación en un grupo pastoral de una zona rural que de una zona urbana; la labor que se realice en la realidad educativa tendrá matices distintos que aquella que se desarrolle en la realidad parroquial.

También la diferenciación de la intervención dependerá de la situación vital de las personas o de la etapa grupal. Por una parte, es prudente tener en cuenta la etapa evolutiva del acompañado o si está atravesando una crisis o debe tomar una decisión; será diferente la escucha si está viviendo un duelo o está eufórico porque ha recibido una gran noticia. Por otra parte, también los grupos viven sus propios procesos. Hay grupos que inician su recorrido, otros han ido consolidando su identidad y su proyecto y otros, por ejemplo, pueden estar experimentando una crisis interna o padeciendo conflictos de poder.

El acompañamiento se define como un arte; y esta destreza se va adquiriendo no solo con una buena formación académica, sino que también con la experiencia de acompañar a otros. Ese arte es también un aprendizaje comunitario. Es importante que la acción pastoral en todos los ámbitos sea desarrollada en equipo; un equipo de acompañantes espirituales o de agentes pastorales, puede ir compartiendo las vivencias, dificultades y logros para discernir de mejor manera sus intervenciones. 

Desde mi punto de vista, no basta solo con informar lo qué hacemos o de los desafíos que afloran, sería muy valioso que permitiéramos dejarnos supervisar por este equipo, resguardando la confidencialidad; es decir, que los demás miembros del equipo pudieran retroalimentarnos expresando su parecer sobre nuestra forma de acompañar, de relacionarnos, el modo de intervenir y cómo hemos podido abordar casos y situaciones en nuestra tarea de ser compañero de camino de otros hermanos. Esto requiere de humildad para ser capaz de escuchar sugerencias, propuestas y acoger otras miradas, que nos ayuden a mejorar nuestra labor. Lo que suele ocurrir en la Iglesia es que tenemos miedo, ya sea por inseguridad o por orgullo, a la revisión y evaluación.

Es pertinente también darnos cuenta que todo acompañante va a intervenir con el trasfondo de su propia historia de vida, con sus rasgos de personalidad, y sus perspectivas antropológicas, teológicas y pastorales. Se va a requerir la capacidad de escuchar nuestra la realidad cultural y social  y estar en sintonía con los procesos eclesiales que estamos viviendo.

Estas páginas no pretenden dar recetas, sino que ayudarnos a hacernos preguntas; ¿cuál es mi estilo de intervención? ¿Qué tipos de pregunta realizo? ¿cómo enfrento momentos en que los acompañados no quieren hablar? ¿Cuales son los temas que abordo o me suelen preocupar? ¿Me centro en la persona o en el problema? ¿Mi estilo es más de animación o tiendo a cuestionar a los demás? ¿Mi intervención es apuntar al detalle o al fondo de la cuestión o problema?

 

A continuación, expongo en líneas generales solo algunas formas de intervención para permitir que el trabajo dentro de un diálogo espiritual o pastoral vaya avanzado y profundizándose.

Estar presente. Nuestra primera manera de intervenir es estar física y espiritualmente preparado para ejercer la responsabilidad que he asumido. Si he aceptado acompañar personal o grupalmente, estar presente a la hora acordada y tener una buena disposición para escuchar, es ya una intervención. Lo que estoy expresando con ello es que me preocupa la persona, que mi tiempo está al servicio de sus necesidades y que estoy dispuesto a que trabajemos juntos. El acompañado experimenta el apoyo y la cercanía necesarias para superar por sí mismo las dificultades y avanzar en su crecimiento humano y cristiano.

Hacer preguntas abiertas. Son aquellas preguntas que favorecen que la persona o grupo se explaye y hable con libertad y sin limitaciones. Por el contrario, una pregunta cerrada es aquella que tiene como respuesta un sí o un no. Las preguntas abiertas ayudan a que las respuestas sean más espontáneas, más extensas, y permitan que la persona se extienda en su relato. La pregunta abierta permite obtener más información sobre la opinión o experiencia de la persona, ofreciendo una respuesta detallada y profunda sobre la materia de la pregunta.  Estas preguntas pueden ser: ¿Cómo estás? ¿cómo te has sentido? ¿Cómo describirías tu vida en este momento? ¿Cómo te hace sentir eso?

Reflejar sentimientos. Al reflejar al interlocutor los sentimientos que hemos escuchado, expresamos que estamos atentos a lo que la persona está vivenciando y manifestamos que hemos percibido lo que sintió en la situación que está narrando. No solo debemos tener en cuenta lo que dice y comunicarle los sentimientos que él mismo ha expresado, sino que captar cómo lo dice. Reflejar los sentimientos no es un fin, sino un medio para que la persona comprenda aún más lo que está experimentando. Este reflejo ayuda a que la persona se abra más y pueda profundizar en otros aspectos menos conscientes.

Reformular y clarificar. Reformular el contenido, significa decir con nuestras palabras lo que la persona nos ha compartido. Es también una manera de decirle a los otros, que hemos comprendido bien. Debe ser una intervención lo más breve posible. La reformulación facilita poder expresar que hemos entendido el contenido de lo que se nos quería comunicar, permitiendo reordenar el tema o cuestión de la cual se nos está hablando, si es que se ah perdido el hilo conductor. La clarificación nos ayuda a comprender de mejor manera el relato, especialmente cuando le ha sido difícil expresar a la persona lo que está viviendo. Por ejemplo; <<usted me ha dicho que se siente lejos de Dios; ¿puede hablar más de esa lejanía? Cuando se sentía cerca, ¿cómo experimentaba su presencia?

Confrontar cuidadosamente. Cuando se verbalizan ciertas contradicciones en el relato, o no hay claridad en cuán involucrado está la persona en la problemática es bueno confrontar con respeto y cuidado. Debe ser realizada la confrontación en una etapa de la relación de ayuda donde hay cierta confianza.  Por ejemplo: me has dicho que estás contento con tu vida, sin embargo, me has comentado que ya no aguantas seguir viviendo en tu casa; otro ejemplo: he escuchado que el grupo es muy importante para cada uno de ustedes, pero en las últimas reuniones han faltado más de la mitad de ustedes. ¿alguien podría clarificar lo que está ocurriendo en el grupo?

Saber aceptar y acoger los silencios. Muy a menudo en el acompañamiento persona o grupal surgen silencios luego de una intervención del acompañante. Habitualmente el acompañante se coloca ansioso o se tensiona y no es capaz de soportar se silencio. Si la pregunta estuvo bien realizada, hay que saber esperar; a veces la persona requiere tiempo para entrar en contacto consigo mismo, y elaborar lo que desea verbalizar.

Otros silencios, pueden surgir porque la pregunta o intervención no fue la más adecuada; por ejemplo, fue demasiado íntima o fue expresada a través de una larga explicación que incluyo varias preguntas y esto provocó confusión. Si el tiempo se prolonga, se puede reformular la pregunta.

 

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