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Aprender a escuchar

En toda relación de ayuda y en toda forma de acompañamiento personal o grupal, el eje fundamental de ese servicio será la capacidad de escuchar de quien ayuda o acompaña. Nos referimos más a una escucha profesional o ministerial que a la escucha cotidiana de cualquier grupo de amigos o de la familia. En el fondo, lo que se pueda decir de esta escucha no será imperativo que se aplique a toda relación interpersonal, aunque habrá ocasiones que sería necesario y positivo; esto se debe a que en la familia o en el grupo afín, se juegan otros procesos, como la convivencia cotidiana, los conflictos y el ejercicio de roles distintos a los que se cultivan en una relación que es propia de una profesión o de un servicio pastoral.

Ser escuchado puede ser considerado la condición básica para la conformación del sujeto humano. Ser escuchado y atendido en las necesidades materiales y afectivas y escuchar la voz de la madre que calma la angustia y la ansiedad es el motor de la construcción de una psiquis sana. Entre la madre y el hijo se instaura un movimiento relacional a nivel corporal y acústico que le permite la organización psíquica al bebé.

Nosotros escuchamos a partir de lo que somos, desde nuestros rasgos de personalidad, edad, historia personal, medio socio-cultural, afectividad -marcada a su vez por tal o cual acontecimiento-, nuestras convicciones, etc. A veces nos puede ocurrir que no queremos escuchar ciertos temas, no queremos que se nos hable de ciertos asuntos, porque nos complican, cuestionan y tensionan. Nuestro sistema de autoprotección está puesto en alerta y puede pesar más o menos sobre nuestra capacidad de escucha; limitarla o torcerla. La cualidad de la escucha supone, pues, un verdadero trabajo sobre sí mismo.

No es fácil escuchar; demanda una preparación adecuada. Por ello reconocemos que nuestra escucha es siempre limitada. Si pensamos que escuchamos perfectamente estaríamos reforzando una ilusión en los otros de que poseemos mágicamente una verdad y una respuesta para todas sus preguntas.

A menudo encontramos a personas que escuchan a sus pacientes, acompañados, o alumnos y que están convencidos de que tienen la verdad sobre lo que los otros viven psíquica y espiritualmente. Esto es muy dañino, ya que es la persona escuchada la que debe descubrir su propia verdad, iluminada por la Palabra de Dios y por la experiencia de vida personal y comunitaria. Siendo el acompañamiento un trabajo y una búsqueda en conjunto, entre el acompañado y el acompañante, el protagonismo lo tiene la persona que busca ayuda y el Espíritu que guía su discernimiento.

Jacques Lacan decía que quien escucha es considerado como un “sujeto supuesto saber” es decir, la persona a la cual escuchamos cree que poseemos una verdad sobre él y que tendremos mágicamente la respuesta para su problema. Esta posición es la que permite que alguien pida ayuda, pero quien ayuda, debe ser consciente que no sabe nada sobre el otro. Es evidente que, si nuestro propio autoconocimiento es ya difícil de lograr, mucho más dificultoso será conocer real y profundamente a los demás.

El problema está en que existen acompañantes que descubren la verdad de los otros en muy poco tiempo e interpretan la vida de los demás con una ligereza y superficialidad que son muy poco éticas. Es fácil también encontrar en la vida pastoral y en el acompañamiento espiritual el abuso del consejo o de los “sermones” sobre lo que los otros experimentan o lo que deben o no pueden hacer.

Si en el proceso de escucha nosotros nos dedicamos más a señalar y explicar a los otros lo que les pasa, lo que les estamos diciendo es que ellos son poco inteligentes e incapaces de discernir por su propia cuenta lo que buscan, viven o desean. Lo que hace un acompañante es más bien crear las condiciones físicas y afectivas que generen confianza y libertad para que la persona o el grupo se escuche y se piense a sí mismo y vaya buscando lo que Dios quiere.

En el texto de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-25), Jesús genera el ambiente para que los dos discípulos puedan abrir su corazón y él pueda escucharlos y acoger lo que viven. La cercanía, el interés, el diálogo y la capacidad de escucha los cautivan y les permiten compartir, todas sus tristezas.  Jesús se entrega a sí mismo para recibir el don de vida de la otra persona. Jesús escucha tal como ama, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt, 6,5). Con su modo, Jesús nos invita a que podamos también crear el espacio para que alguien se sienta escuchado y pueda constatar que alguien reflexiona con él acerca de sus sufrimientos o sus conflictos, permitiéndole pensar en sí mismo, reorganizarse y descubrir un sentido a lo que padece. Por lo tanto, se hace necesario que sigamos aprendiendo a escuchar activamente.

Esta “escucha activa” es muy distinta al oír, donde no siempre se presta total atención, y es distinta a la escucha coloquial de la que nos referíamos en los párrafos iniciales. ¿Cuáles son las características de esta escucha activa en el contexto de un acompañamiento pastoral o espiritual?

-                     Es una escucha que se realiza con humildad. Quien escucha o acompaña se prepara interiormente no para situarse por sobre los demás, como quien ostenta una sabiduría omnisciente. Sino más bien se abaja, despojándose de sus soberbias, al estilo de Jesús, para comprender lo que el otro vive y conocer su corazón. 

-                      Se trata más de escuchar que de hablar. Es mucho más importante lo que escuchamos que lo que podemos decir. A veces el acompañante está tan preocupado de lo que considera debe decir o responder, que se olvida de lo importante: escuchar atentamente.

Los acompañados cuando son escuchados tienen la oportunidad de verbalizar sus deseos, esperanzas y conflictos, de esa manera se conocen un poco más a sí mismos y logran colocar nombre a lo que viven, haciendo más consciente lo que estaba desconocido.

-                     Supone estar muy atento a la persona o al grupo. Atento a lo que se dice y a cómo lo dice. Atento a los contenidos de los cuales habla, las palabras, imágenes y también atento a los temas de los cuales no habla. Hay que observar las posturas corporales, el lenguaje no verbal y ahora en tiempos de pandemia cuestiones tales como el uso o no de la cámara, sus filtros, sus imágenes de perfil, etc.

-                     Es una escucha que prescinde completamente del juicio. Escuchar a alguien requiere de un profundo respeto hacia su dignidad y su historia de vida.  Hay que evitar emitir afirmaciones enjuiciadoras y condenatorias. Otra cosa es la confrontación cuidadosa, que se realiza en base a preguntas abiertas que ayudan a revelar contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace; también, revisar si hay coherencia entre lo que verbaliza y el modo en que expresa los sentimientos. Es una oportunidad para facilitar que la persona pueda salir de sus propios bloqueos y obstáculos.

-                     Implica hacer el esfuerzo de escuchar empáticamente, los pensamientos, sentimientos y deseos. Cuando escuchamos a alguien, tratamos de percibir y comprender con claridad lo que nos está diciendo; afloran las ideas o pensamientos que explican lo que está viviendo; pero por sobre todo habrá que escuchar sus emociones y sentimientos, que pueden estar en consonancias con aquellos pensamientos que pueden estar estimulando su estado afectivo; los sentimientos es lo más propio y original de la persona, aquello que genera sufrimiento o gozo y lo que le impulsa a la conversión o a mantener la resistencia al cambio. Pensamos los deseos como aquellas aspiraciones que, fruto de nuestro discernimiento, orientan nuestras voluntades para responder al proyecto que Dios tiene para nosotros.

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