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El P. Raúl Marchant nos escribe esta reflexión a modo de testimonio de su experiencia en este período de crisis sanitaria:

Una imagen que quedó en mi retina fue la del Papa, en medio de la lluvia y en una soledad de ausencia de fieles en la plaza de San Pedro, con paso agobiado y vacilante, para impartir la bendición Urbi et Orbi, el pasado 27 de marzo: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino únicamente juntos porque nadie se salva solo”. En ese momento, empezaba la primera etapa de contagio global del coronavirus y no percibíamos el alcance de este en nuestras vidas.

En este tiempo de crisis sanitaria, que ha tenido efectos económicos, sociales, familiares y pastorales, ha sido un desafío, en clave de discernimiento, saber leer los signos de los tiempos y aprender, en medio de la incertidumbre, el paso de Dios en medio de esta grave crisis.

Dios nos ayuda a decir, a la luz de la fe: es un tiempo de gracia. Como Padre de amor, comprende que haya quienes se cuestionan por qué permite este tipo de sufrimiento y escucha con un corazón compasivo el clamor expresado en las intenciones de oraciones y de misas por los enfermos y difuntos de COVID- 19. Personalmente he vivido también esta experiencia, al contemplar con tristeza la pascua de Sra. Marisa Ledezma administradora de la Parroquia del Divino Salvador de Ovalle, con la cual trabajé durante varios años.

Ha sido un tiempo de comprender y volver a las personas, a la solidaridad y a la fe. No ha sido fácil, dado cierto grado de desconfianza de ser portador o de ser contagiado. Es un constante desafío pastoral ser un pastor “con olor a oveja herida”. He vencido los temores y miedos para ser instrumento de una parroquia en “salida”, pero preguntándome hacia quién y hacia dónde. La gracia de Dios es siempre mayor, mostrándose en la preocupación de unos por otros, destacando la generosidad y solidaridad de tantas personas que suman en la caridad para quienes lo necesitan, a través de donaciones de diversos tipos y montos. Quiero destacar en este último aspecto la solidaridad de la Provincia; me sentí acogido y acompañado en la misión.

Después de seis meses sin actividad pastoral presencial, sintiendo las consecuencias e incertidumbre de la pandemia, entre otras, como crisis económica, escasez de acceso a instancias médicas y la pérdida de trabajos, etc., me he sentido interpelado en mi estilo de vida. Me pregunto cómo ser testigo, como buen samaritano, no desde la oficina o presbiterio, sino en la cercanía real tanto personal como comunitario-parroquial.

No tengo la receta acertada, pero la realidad me fuerza a buscar alternativas. En definitiva, aprender del Buen Pastor que está ahí en medio de la tormenta, para estar en medio de la gente desde mi vulnerabilidad, que no ha sido tan sola exterior, sino además interior, descubriendo en ella la potencialidad.

En este contexto, hemos tenido que reinventarnos en el ejercicio de nuestro ministerio eclesial y aceptar con humildad los errores, o decisiones pastorales en tiempos de “normalidad”. Además, ha surgido un brote hermoso, como lo dice el Papa Francisco: el “sentido de pertenencia, de comunión y misión” a pesar del distanciamiento social, que ayuda a que la solidaridad y la fraternidad sacerdotal diocesana, especialmente en los encuentros virtuales, creciera. Valoro enormemente el protagonismo laical y de los agentes pastorales de nuestra Parroquia, que siguen adelante con esperanza.

Como parte y consecuencia de estos aspectos mencionados, han surgido para mí los desafíos de formación permanente y de la utilización del mundo digital en la actividad pastoral; y así mantener vivo el contacto con las comunidades y reflexionar cómo situarse en el “paso a paso” de los estados de cuarentena, y no quedarme sólo en el por qué.

También hace una gran distinción una lección clave aprendida durante este tiempo: ciertamente estamos con restricciones de movilidad y de reuniones, pero esto no nos impide “vivir en salida”, al encuentro de los otros; que ninguno es una isla y que las relaciones con otras personas son fundamentales, especialmente con mi familia.

No sabemos cuánto tiempo estaremos así, ni cuándo podremos retomar las actividades presenciales o vernos y darnos un abrazo; pero lo cierto es que nuestra vida ha cambiado y el momento que vivimos puede convertirse en una gran oportunidad de crecimiento y renovación, si lo sabemos aprovechar.

Espero que estos meses en cuarentena me hayan servido para desarrollar en mí alguna capacidad oculta y fortalecer la vocación. También espero que sea una oportunidad para renovar el impulso misionero y ministerial para la Gloria de Dios y santificación del Pueblo de Dios encomendado; porque sabemos que “todo pasa para el bien de los que aman al Señor” (Rom 8, 28), y que Dios nos da la seguridad de que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

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