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La pandemia social

En diversas instancias a nivel nacional, los chilenos nos hemos definido como personas solidarias. Lo apreciamos en los eventos televisivos anuales de ayuda a personas discapacitadas y cuando hemos sufrido una catástrofe natural.  Lo vemos en nuestras colegios y parroquias cuando tenemos que ayudar a personas de la comunidad que están necesitadas y somos testigos que entre nuestras familias y cercanos siempre estamos prestos para ayudar según nuestras posibilidades. Es posible que sea una característica de toda persona de buena voluntad, pero podemos decir que la solidaridad es un rasgo particular que define a los habitantes de esta patria. La Iglesia y todos los cristianos, desde sus orígenes, tienen una llamada profunda a la solidaridad y a la justicia. Estamos llamados a abrir los oídos al clamor que brota de los pobres y excluidos.  En este sentido se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: << ¡Denles ustedes de comer!>> (Mc 6,37), lo cual implica tanto la colaboración para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de las personas, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las problemáticas  muy concretas que encontramos.

Inspirados en la vida del santo chileno jesuita San Alberto Hurtado, desde el año 1994, se celebra en nuestra Iglesia el mes de la solidaridad.  San Alberto Hurtado supo integrar en su espiritualidad el amor a Jesucristo y la Eucaristía y con un serio y renovado compromiso social. Su visión sobre la solidaridad implicaba, por una parte, responder asistencialmente a las necesidades urgentes de los más pobres, y por otra, suscitar y acompañar procesos que hicieran de la sociedad chilena un lugar mas justo; de ahí que animó la creación de sindicatos y fortaleció la participación laical en la acción católica.

La palabra “solidaridad” está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal. Es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, dé prioridad a la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos y genere una cultura en donde la persona y su dignidad sean lo más valorado.

Para el magisterio la solidaridad se presenta bajo dos aspectos complementarios: como un principio social y como una virtud moral. (CEC, 1941-1942). Es un principio que ordena las instituciones que deben buscar la transformación de las estructuras de pecado (SRS, 36-37) -que tienden a dominar las relaciones entre las personas y los pueblos- para convertirse en estructuras de solidaridad, mediante leyes justas que favorezcan a los más necesitados. La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no <<un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos>>. (RS, 38).

Es así como la solidaridad implica la lucha por un cambio de ciertas estructuras de la sociedad que permitan una vida más digna para los sectores vulnerables; supone, además, asumir un estilo de vida sencillo y sobrio y una práctica de la solidaridad cotidiana en los espacios en donde nos encontremos. Pienso en la familia, en el barrio, en el curso, en la comunidad pastoral, en el trabajo o con los amigos. La solidaridad, entendida en su sentido más profundo se convierte es un modo de hacer una nueva historia en nuestra sociedad, donde nadie se salva solo, sino que juntos podemos proponer una alternativa de un nuevo mundo mejor para nuestros niños y jóvenes.

                Hoy estamos atravesados por una pandemia que nos afecta a todos, pero que no vivimos todos de la misma manera. Es una crisis sanitaria que ha develado las desigualdades existentes, tanto en el acceso de la salud como en la manera de enfrentar la compleja situación económica y laboral. 

Por ejemplo, el índice más alto de fallecidos en la región metropolitana se encuentra en las comunas más pobres y en los hospitales de la red pública de salud.  En nuestros colegios y parroquias conocemos a familias, que tienen rostros concretos, que están pasando serias necesidades de todo tipo y que están siendo ayudadas por las comunidades a las que pertenecen y por su red de apoyo. Ha aumentado considerablemente la cesantía y la cuarentena agudiza la incertidumbre y complejiza una recuperación económica que mejore los ingresos de los chilenos.  Es una realidad que siempre ha estado presente pero que hoy día se ha masificado.

Sabemos que tenemos un problema estructural que arrastramos hace décadas y debe ser enfrentado y modificado por un acuerdo entre todos los sectores políticos y sociales. El futuro del país y de nuestros niños y jóvenes está en juego. ¿Cómo podemos colaborar desde la sociedad civil y la Iglesia a movilizar una verdadera conversión de carácter social? ¿Cómo ayudar a construir una economía y cultura verdaderamente solidaria?

Les propongo tres líneas de acción que pueden guiar, iluminar e inspirar un estilo de vida y una praxis solidaria:

Aprender a compartir.  Un porcentaje muy elevado de los dichos y parábolas de Jesús hace referencia al dinero y a las posesiones. Los fariseos son retratados como amantes del dinero (Lc 16,14) y se razonaba la posesión de riquezas como una bendición de Dios. Pareciera que es una constante en toda la historia humana darle mucho valor mundano al esfuerzo por hacerse ricos. Jesús adoptó una posición inflexible: “no podéis servir a ambos, a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Cuando poseemos bienes tenemos que preguntarnos cuán apegado estamos a esos patrimonios y cuál es el verdadero lugar que ocupa el Señor en nuestra vida. Si el Señor es el centro de la vida, la petición de Jesús, “Vendan lo que tienen, y den a los necesitados” (12,33) debe ser escuchada y practicada con responsabilidad. Jesús no está en contra de los ricos ni de aquellos que, fruto de su trabajo y emprendimientos, han logrando un buen bienestar de vida; pero sí los exhorta seriamente a cuestionarse cuán libres son ante los bienes y cómo comparten en conciencia los bienes que poseen. Este compartir en la sociedad tiene otra cara de la moneda; se requiere que exista un Estado capaz de utilizar correctamente los recursos y evite todo tipo de “filtraciones” y mal gasto.

Cuidar la dignidad humana. Los que sufren carencias materiales no sólo desearían un mejor bienestar, sino ser tratados con dignidad y respeto. Jesús lo experimentó en su tiempo, donde las personas eran valoradas por su estatus y su posición en la escala social. Aunque hemos avanzado mucho en los derechos de las personas, aún quedan actitudes discriminatorias y tratos desiguales. Jesús denunció la conducta clasista de los fariseos y corrigió a sus discípulos por buscar los primeros puestos y ser considerados entre los más importantes. (Mc 10, 35-37; Mt 18,1; Mc 9, 33-34). Todo ser humano se merece el mismo trato, respeto y honor, porque todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, y ante Él tenemos la misma dignidad.  El valor de la dignidad humana es la base del amor y de la justicia en las relaciones sociales.  Amar a los demás involucra tratarlos con respeto y ser justos implica evitar toda discriminación, prejuicio y todo tipo de privilegios.

Suscitar experiencias de colaboración:  Jesús dio testimonio de ser alguien que no se apegó a su grupo social, cultural y religioso, sino que salió fuera de sus tradiciones para abrazar a todas las personas sin diferenciación, como hermanos y hermanas. En el Antiguo testamento, amar al prójimo era vivir en solidaridad y colaboración con aquellos que pertenecía al propio círculo social (Lv 19,16-18).  En cambio, para Jesús el prójimo es cualquier ser humano, incluidos los que no pertenecen al grupo cultural de origen, los paganos y gentiles, incluso, aquellos que nos odian y maldicen (Lc 6, 27-35). Nuestro compromiso hoy debe ser en la lógica de la colaboración, del trabajo en conjunto, incluso con grupos diferentes en lo que respecta a sus visiones sobre la sociedad. Para salir de esta crisis, se requiere encontrar los elementos que permitan un entendimiento que favorezca políticas y acciones que realmente generen cambios humanizantes en la vida de las personas, sin la lógica habitual de la separación, división y fragmentación. En el fondo, se necesita estar dispuestos para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo.