Links

El problema del mal ¿Dónde está Dios?

La realidad del sufrimiento presente en el mundo es uno de los temas que más ha preocupado a los filósofos y teólogos a lo largo de la historia. La experiencia del mal físico, moral y psíquico nos sigue cuestionando y dejando perplejos cuando observamos todo lo que vivimos a propósito de la pandemia, de las atrocidades que han generado en diversas épocas los seres humanos y de la propia historia de sufrimiento de cada uno de nosotros.

Las reflexiones que se describen son limitadas y requieren de profundización y matización. Sin embargo, pueden ayudar a desatar el nudo de la problemática que casi siempre nos deja sin palabras.

Si Dios es bueno y misericordioso ¿Por qué ha creado un mundo en donde cohabitan el bien y el mal? ¿Para qué crear un mundo así? ¿Es que Dios estaba aburrido y le faltaban seres que lo alabaran y le dieran gloria? ¿Es que Dios es una figura narcisista que busca sólo su propia satisfacción?

Dios crea por amor, no por necesidad. Dios es y está en el fundamento de nuestra existencia porque es “relación” y “extroversión”.  El mundo no es Dios; es algo distinto y totalmente autónomo. Tiene sus propias leyes y su propia lógica. No hay otra posibilidad de existencia para el mundo que ser sólo mundo y no Dios.  De ahí que las leyes de la naturaleza, que permiten la sobrevivencia de la especie, pueden provocar, asimismo, muerte, dolor y sufrimiento.

Afirmamos que Dios ha dejado su huella en lo creado: somos su imagen, pues tenemos inteligencia, amor y voluntad; y estamos llamados, ya que tenemos las capacidades, a ser semejantes a la imagen del Dios invisible (Gen 1,17; Col 1,15), Jesucristo, para buscar siempre lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto (Rm 12, 2).

Nos maravillamos de la belleza de la creación y nos asombramos del modo de funcionamiento del cuerpo humano como casi una realidad perfecta. Si está todo tan bien pensado y diseñado, si somos su imagen, ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué hay gente que sufre? ¿Por qué sufrimos nosotros?

Desde una antropología cristiana podemos plantearnos tres dimensiones constitutivas del ser humano: finitud, fragilidad y libertad.

Somos seres finitos. Sólo Dios es acto eterno e infinito. El mundo es pura potencia. Es decir, posee diversas posibilidades de desarrollo y de progreso. Sin embargo, es una evidencia, producto de esta finitud, que todos vamos a morir; nadie se libra de la muerte ni se escapa del dolor que implica dejar este mundo; pero vivimos con la esperanza de encontrarnos con el Creador en la vida eterna y de vivir, aquí y ahora, bajo el impulso del Espíritu, el anticipo de la resurrección final en comunión con Cristo Jesús. Asumiendo esta finitud, encontrarle sentido a esta vida se transforma en la tarea primordial de toda persona que desea no vivir en un permanente absurdo la existencia. Seguir las huellas de Jesús es el camino que nos permite construir el sentido de nuestra vida, descubriendo lo que nos apasiona y lo que nos alegra y, por otra parte, resistir los males y adversidades que nos toca enfrentar con la esperanza puesta en el Dios que nos ha posibilitado contemplar, en todo lo creado, su gracia y amor.

Somos seres frágiles. El ser humano es la única especie que necesita de un tiempo prolongado para constituirse como un ser autónomo. Necesitamos años de cuidado, protección, abrigo y alimentación para llegar a ser personas capaces de insertarse en la sociedad y convivir con otros seres humanos.

No siempre se logra. En los primeros años de vida, un cuidado deficiente, una alimentación inadecuada, el sometimiento a ambientes violentos y estresantes, pueden generar futuras enfermedades biológicas y psíquicas.  A veces olvidamos que nuestro cuerpo, que es un sistema complejo y casi perfecto, puede fallar y enfermar y ser incapaz de protegerse ante organismos que atacan su sistema inmune.  

Desde su encarnación, el Hijo de Dios compartió esa misma fragilidad, asumiendo nuestros sufrimientos, nuestras angustias y nuestras limitaciones. Esta fragilidad es la señal de una humildad divina llevada hasta el extremo y puede ser para nosotros un camino para comprender y vivir la experiencia del sufrimiento humano.

Somos seres libres. La importancia de que nuestros padres y cuidadores hayan sido suficientemente buenos (no esperando padres perfectos) y que desde nuestro nacimiento nos hayan cuidado de la mejor manera posible, fue una decisión desde su libertad y desde su profundo amor hacia nosotros. Ellos decidieron acogernos en el seno familiar y prepararnos para la vida. La libertad es la capacidad para llegar a ser aquello por lo cual fuimos creados: fuimos creados para el amor y para la comunión; es decir, para la relación con Dios, con los otros seres humanos y con todo lo creado.

Para hacer el bien y evitar el mal, el ser humano debe disponer esa libertad y su conciencia a la escucha de la Palabra de Aquél que todo lo ha hecho bien. (Gen 1, 1-31). En este sentido, el pecado original es el pecado que da origen a todo pecado. Es aquella realidad que va provocando el rompimiento de la alianza con Dios y apartándonos del bien y de la voluntad del Creador. Cuando dejamos de “oír su voz” y damos la espalda a esa Palabra que busca orientar el camino de nuestras conciencias y de nuestro modo de vida, surge el mal en nosotros. Dicho de otro modo, el mal surge cuando pretendemos “ser como dioses”, (Gn 3,5): tener poder ilimitado para exhibirlo ante los demás y someterlos a nuestra voluntad; acumular riquezas para llenar nuestros vacíos; y satisfacer cualquier tipo de deseo a costa de la deshumanización de los demás.

Es tarea de toda nuestra vida asumir, y a veces sin poco dolor, nuestra condición finita, frágil y libre. Aunque pretendamos ser omnipotentes y omniscientes, nos enfrentamos a los límites de nuestro cuerpo y de nuestra mente, ocasionándose en ciertas circunstancias diversas enfermedades; estamos también movilizados por los impulsos inconscientes y por la fragilidad de nuestra conciencia, que muchas veces nos lleva a no hacer el bien y tampoco evitar el mal.

La presencia en la historia del Verbo eterno hecho carne, que asume esta condición humana, antes descrita, menos en el pecado, nos revela el modo de enfrentar el mal, el pecado y la muerte.

Jesús no fue liberado ni salvado de la cruz, sino que en la misma experiencia de cruz fue resucitado.  Jesús vence ante la muerte y el pecado del mundo, pues nos ha dicho “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla. Esto es lo que me ordenó mi Padre”. (Jn 10, 18).  A Jesús no le fue arrebatada la vida, sino que entendió su muerte como entrega de su existencia en servicio del reino: ofreciendo el perdón a los pecadores, la liberación a los que padecían los espíritus impuros (enfermos psíquicos) y el restablecimiento de la dignidad de los enfermos del cuerpo a los cuales se les excluía y se les trataba como impuros. 

La muerte de Jesús no cambia en Él su concepción de Dios como Padre y amor incondicionado. Jesús no quiere morir, incluso, experimenta en un momento de su vida el abandono de Dios (Mt 27,46), pero decide libremente donar su vida por fidelidad y amor al Padre.

En consecuencia, el Señor no nos salva de las de las catástrofes naturales, de las enfermedades, de los conflictos interpersonales, y de todo tipo de mal o sufrimiento; sino que en cada una de esas experiencias, el Señor nos salva, nos acompaña, y nos ayuda a cargar con ese dolor; su Espíritu mueve nuestros corazones para que podamos comprometernos en la lucha contra la injusticia y enfrentemos lo que nos toca vivir, con la misma fuerza y esperanza que Él tuvo en la cruz. En esa cruz vence la muerte y el mal; en esa cruz, el Padre le resucita.

Palabras anteriores