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Elaborar las diversas pérdidas en tiempos del coronavirus

La pandemia del coronavirus nos ha descolocado a todos. Enfrentamos incertidumbres e inseguridades. Los miedos se transforman en ansiedades y angustias y, a veces, el pánico nos acecha. El otro comienza a ser pensado como un posible enemigo del cual tengo que defenderme porque me puede contagiar; incluso, este mismo prójimo puede ser una víctima de mi irresponsabilidad o del posible virus que cargo asintomáticamente.

            Estos meses de confinamiento obligatorio y distanciamiento social nos han provocado pequeños y grandes extravíos. La pandemia del coronavirus se va transformando en una seguidilla de pérdidas en diversos ámbitos de la vida. Hemos perdido: libertad de movimiento, proyectos personales que se iniciaban, la fuente laboral que permitía mantener a la familia, planificaciones pastorales; otros se han afectado por una grave enfermedad y todos, impedidos de encontrarnos con los seres queridos. Sin duda, que lo más grave es la pérdida de vidas humanas y la imposibilidad de despedirnos como hubiéramos deseado. Algunas pérdidas, objetivamente, son más graves que otras, pero subjetivamente cada uno las vive de manera diferente y con diversas intensidades. 

            Al comprender la pandemia y sus consecuencias como “pérdidas”, nos puede ayudar a recorrer este proceso tener en cuenta las etapas del duelo que ha formulado la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross. Aunque son etapas que están referidas a la pérdida de un ser querido, se pueden aplicar a todo aquello valioso que hemos perdido.

            Estas etapas no son lineales. No todo el mundo las atraviesa todas ni las vive en orden determinado. Recorrerlas es una manera de ir aceptando la realidad de la pérdida y e iniciar, a veces sin darnos cuenta, un proceso de curación.

La etapa de la negación. En esta etapa, luego de haber perdido algo valioso y amado, el mundo se puede tornar absurdo y opresivo. Tendemos a negar que el acontecimiento haya ocurrido. Vivenciamos una conmoción muy intensa, a veces, también nos podemos paralizar y hacer insensibles. Nos preguntamos cómo podemos seguir viviendo, y enfrentar lo que nos depara el futuro. La negación y la conmoción nos permite ir elaborando el duelo y nos ayuda a sobrellevar lo doloroso de la pérdida. Es una manera de convivir con el dolor mientras intentamos aceptar la realidad de la pérdida. Es la forma que tiene la psiquis de dejar entrar únicamente lo que somos capaces de soportar. La cuestión es aprender a vivir con lo que hemos perdido. Cuando comenzamos este “estado de emergencia” nos decíamos que no “era para tanto”; que era una situación un tanto exagerada. Es el momento de la incredulidad; no es que no sepamos que es grave; es que preferimos no creerlo. Esta etapa nos ayuda a sobrellevar lo que hemos perdido, incluso cuando la realidad se torna opresiva y absurda.

La etapa de la ira. Especialmente en este tiempo, en las personas que han perdido un ser querido, o desde otra perspectiva, un trabajo, puede surgir una rabia o una ira tal como ¿por qué no se cuidó cómo se lo había pedido? ¿Por qué no recibió el tratamiento que necesita? o ¿cómo fue posible que me despidieran? ¡No lo merecía! ¡Es injusto!  También puede surgir una ira contra uno mismo: ¿por qué no lo asistí y protegí más en su enfermedad?; por otro lado, ¿por qué no hice todo lo posible para salvar el trabajo? ¡yo fui el responsable! ¡es mi culpa!

Es probable que, en muchas personas, durante esta crisis, surja un enojo con el sistema de salud porque no hizo todo lo posible, con el jefe porque lo desvinculó de la empresa o contra el estado porque la situación económica empeora.  Podemos estar molestos con las autoridades gubernamentales porque no lideran como uno esperaría o con el ciudadano de a pie que no se cuida y ni protege a los suyos. Podemos sentir rabia porque nos damos cuenta de que hemos perdido algo valioso y parece que no podemos hacer nada para evitarlo.

Es importante indicar que la ira surge cuando nos sentimos lo bastante seguros que ciertamente vamos a sobrevivir a la pérdida pase lo que pase. Hay que estar dispuesto a sentirla, puesto que desde ese momento comenzará a disiparse y antes nos curaremos. Mientras se desarrolle el duelo, la ira volverá a visitarte muchas veces en sus variadas formas y tendremos que ocuparnos de ella, sentirla, aceptarla y expresarla de la forma más adecuada posible.

La etapa de la negociación. En este momento la persona se pregunta qué hubiera podido hacer para evitar lo que he perdido o para aplazar lo que ha ocurrido. Es una estación intermedia que procura a nuestra psique el tiempo que necesita para adaptarse a la nueva realidad.  Nos permite suponer que podemos recuperar el orden en el caos que nos rodea. En esta etapa, a veces se negocia con Dios, ofreciendo ciertos sacrificios o cambios en la vida con tal de recuperar lo perdido. Este período tiende a ser fantasioso y poco realista y psíquicamente agotador. La negociación es un empeño por acabar con el dolor de la pérdida, buscando, a veces de forma desesperada, acabar con ese sufrimiento. Buscamos agotar todas las “alternativas” posibles y mantener la esperanza de que regrese la persona que nos ha dejado o recuperar la “antigua normalidad” que anhelamos. Pero pareciera ser que habrá que negociar con nuevos estilos de vida y nuevas prácticas cotidianas y tener paciencia porque no es fácil vislumbrar lo que vendrá.  En esta etapa es necesario contar con alguien que nos ayude a aterrizar en la realidad y comprender lo que está sucediendo en el propio ser.

La etapa de la depresión. Luego de la negociación, nos enfocamos en el presente. Y ahí brota un sentimiento de vacío y tristeza, y el duelo se hace más patente, provocando aún más dolor. Pareciera imposible salir de este estado. Es importante comprender que esta depresión, que es un síntoma del conflicto, es una respuesta adecuada ante una gran pérdida. El modo de vivir el estado depresivo dependerá de cada estructura de personalidad, de cada historia de vida y de las habilidades que cada uno posea para atravesar este momento. A veces, en esta etapa no hay ganas de levantarse, la vida parece no tener sentido y se va haciendo cuesta arriba afrontar el día a día. Siendo el duelo de lo perdido un proceso de sanación, la depresión es uno de los muchos pasos necesarios que hay que atravesar para conseguir esa cura. Cuando somos conscientes de que nos encontramos sumidos en una depresión o muchos amigos nos dicen que nos ven deprimidos, es posible que nuestra primera respuesta sea resistirnos y buscar una salida rápida.

El problema surge cuando la depresión se va enquistando en la vida y no somos capaces de superarla. Por supuesto, una depresión clínica que no se trate puede conducir a un empeoramiento de nuestro estado mental, pero en el duelo, la depresión es un recurso de la naturaleza para protegernos.

Puede ayudar a vivir la depresión, que es tristeza y que contiene, inconscientemente, montos de rabia, mirarla como una visitante, quizás no deseada, pero que ha venido a visitar tanto si nos gusta como si no. Hay que hacer sitio en la vida a esta convidada, hacerla sentar a nuestro lado, sin escapar de ella. Por nuestra parte, estamos invitados a que la tristeza y el vacío nos purifiquen y nos ayuden a explorar por completo lo que hemos perdido.  Cuando nos permitamos experimentar la depresión, desaparecerá en cuanto haya cumplido su propósito.

La etapa de la aceptación. En este espacio nos podemos confundir esperando “sentirnos bien” olvidándonos rápidamente de lo vivido. Muchas veces esto no ocurre. Lo que podemos trabajar es ser capaces de sentir que aceptamos la muerte del ser querido o nuestro débil estado de salud; tenemos que darnos la oportunidad de aprender a decir adiós a lo que hemos perdido.  Es probable y muy comprensible que no estemos conforme con lo que estamos viviendo, pero somos capaces de aceptarlo y animarnos a seguir adelante con nuestra vida; comprometidos con nuestras actividades cotidianas y con las personas con las cuales convivimos.  Ahora es cuando nuestra readaptación y curación final pueden afianzarse con firmeza, a pesar de que, a menudo, vemos y sentimos la curación como algo inalcanzable.  A medida que nos sanamos, aprendemos de nosotros mismos y agradecemos por las personas que Dios nos ha regalado y por las experiencias que hemos pasado.

Cuando pase la pandemia, nos tendremos que poner de pie para volver a luchar por nuestros sueños en una realidad que va a ser diferente a la que teníamos hace unos meses atrás. Seguiremos experimentando pérdidas de todo tipo, pero ojalá que no perdamos la fe en Jesucristo, a quien le pedimos que nos enseñe a recorrer los caminos de nuestros duelos con la humildad y confianza que el tuvo en el camino de la cruz.