Links

Orientaciones para el camino

El tiempo de verano es un momento propicio para que podamos proyectar lo que deseamos vivir durante este año, pidiéndole al Señor que nos ayude con su gracia a seguir transformando y convirtiendo aquello de nuestra vida que no es evangélico y que no expresa los valores de nuestra vida cristiana. Ese itinerario de vida debe tener también presente la realidad de nuestra comunidad, de la Iglesia chilena y de lo que hoy vivimos como sociedad. A continuación, les expreso algunas ayudas que pueden incorporar en su proyecto de vida personal, a nivel de actitudes y criterios. No están presentes todas las dimensiones de un tradicional proyecto de vida, pero puede complementar lo que cada uno va a formular.

 

  1. Sostener un año política y socialmente conflictivo.  Ante la incertidumbre, miedo y angustia que podamos experimentar, se requiere acoger lo que sentimos sin negarlo.  Es necesario acompañarse por personas que nos puedan escuchar, para que nos ayuden a discernir qué haremos con las emociones que percibimos y así tratar de actuar como lo haría Cristo en nuestro lugar.   Dialogar con personas de confianza es un buen camino, pero sobre todo tener la valentía y la honestidad de buscar un acompañante espiritual.
  2. Leer con actitud de fe la vida y la historia. Interpretar la vida y la historia desde la fe significa descubrir los signos de los tiempos presentes en las realidades que vivimos. Implica darse cuenta de que ahí, en esos acontecimientos y personas, hay valores del evangelio y una praxis que nos recuerda a Jesús y nos alienta en nuestro propio seguimiento. Cuando contemplamos experiencias de dolor, éstas nos recuerdan a los mismos pobres y marginados que el Señor dignificó con su acogida y ternura; Él nos anima a adquirir sus mismas actitudes y sentimientos. Una lectura de fe reconoce que, ante la violencia y el egoísmo, la muerte no tiene la última palabra, porque sabemos que el Señor ha vencido a la muerte con su lucha en la cruz. Finalmente, la fe invita a no tener miedo a la vida, más aún, nos llama a cargar, encargarnos y hacernos cargo de la realidad desde la justicia y la caridad.
  3. Acompañar los procesos personales, grupales, institucionales. A pesar de esta incertidumbre y preocupación, el pueblo chileno no ha perdido la esperanza de construir una mejor nación que favorezca mejores condiciones de vida para los más humildes. Todos tenemos deseos y anhelos para nuestra vida y para los grupos y entidades a las que pertenecemos. Estos proyectos deben irse concretando, en base a un sentido de realidad. No todo se podrá lograr ni conseguir de inmediato.  Hay que trabajar para ir avanzando en la medida de lo posible.  

Tenemos la tarea, si es que es solicitada o es nuestra responsabilidad, de acompañar a las personas en sus propias búsquedas, esperanzas y preocupaciones; somos facilitadores en las comunidades con las cuales nos relacionamos para que puedan cumplir sus objetivos y corresponsables en las instituciones de las que somos miembros, colaborando a que éstas encarnen los valores que profesan.

Para todo lo anterior se requiere de una escucha empática, descubriendo la verdad que hay en los demás, sin enjuiciarles. Se necesita respetar el ritmo de los grupos y de las personas. Ellos no existen para responder a nuestras demandas y necesidades; somos nosotros los que debemos ayudarles a discernir su deseo y animar a que lo desplieguen. Es primordial también reconocer la diversidad de realidades culturales y formas de pensar. Juntos vamos elaborando la interpretación de la realidad.

 

  1. Ser instrumento de comunión y no de división. Entre nosotros hay diversas posturas y múltiples formas de apreciar lo que vivimos.  Hay que reforzar que la unidad no implica uniformidad y menos lograrla por la imposición de las ideas o por la coerción.  Aquellos que tenemos una responsabilidad o ejercemos una autoridad debemos ser criteriosos y cuidadosos cuando expresamos nuestras opiniones o posiciones. Tenemos libertad para compartir lo que pensamos, pero sin absolutizar nuestra postura. Debemos facilitar el diálogo, el encuentro y el consenso. Aunque nos implique invertir mucho tiempo, hay que ser pacientes y perseverantes en alcanzar una unión en un mismo espíritu.  La comunión se convierte entonces en una nueva forma de relación entre los discípulos del Señor. Un nuevo modo de ser entre nosotros, no basado en discursos, sino que se manifiesta en un amor concreto. Esta comunión supera el aislamiento, la división y la mentalidad que insiste en posicionar la propia verdad particular. La comunión es nuestro mejor testimonio ante el mundo.

 

  1. Orar y celebrar lo que vivimos como nación y como Iglesia. Es necesario hacer de la vida una oración y orar la vida. Tanto en la oración personal como en la celebración de los sacramentos rendimos culto a Dios. Sabemos que somos nosotros los que necesitamos de la oración, como lo dice el Prefacio común IV que “aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación”.  Esta experiencia de oración y encuentro con Dios, deben incorporar con verdad y plena conciencia nuestra realidad individual, pero también debe tener en cuenta la situación que vive la comunidad e Iglesia local y la situación social y política que nos afecta. Hay que evitar que nuestra vida espiritual se individualice y nos aliene.

Orar en primer lugar es expresar lo que pensamos, sentimos y deseamos al Señor, como quien habla con un amigo. Luego nos corresponde confrontar lo que vivimos con el Señor y decidir desde el evangelio qué actitud o acción realizaremos o qué sentimientos queremos mantener o abandonar. Es una oración ascendente.

La oración descendente es cuando nos colocamos delante de la Sagrada Escritura dejando que Dios nos hable a través de ella. La meditamos preguntándonos hacia dónde nos mueve el Espíritu, cuál es la imagen del Padre Dios o de su Hijo Jesús que en el relato se revela y qué actitud y compromiso la Palabra nos suscita. Luego le expresamos al Señor nuestra oración según el estilo que más nos ayude (petición, alabanza, ofrecimiento, acción de gracias, ofrecimiento, compromiso, lamentación, súplica, etc.)

 

  1. Seguir comprometidos creativamente transmitiendo la fe, generando espacios donde las personas se sientan escuchadas y partícipes de la misión. En los últimos años nuestra sociedad chilena ha vivido un gran desarrollo económico mejorando el bienestar de muchos compatriotas.  Sin embargo, existe a la vez un gran malestar social por diversos abusos y desigualdades, siendo el país menos desigual de América Latina.  Somos testigos de profundos cambios culturales y valóricos que han llevado a una desinstitucionalización de la fe, convirtiéndose la práctica religiosa en una experiencia privada y con rasgos de carácter sincrético. Cerca de un 45% en Chile se declara católico, un 26 % de la población confía en la Iglesia católica y un 76% dice creer con certeza en Dios. Ante esta situación nuestras parroquias y colegios, que representan a la institución eclesial, tienen un gran desafío evangelizador.

Para responder a esta tarea habrá que recuperar lo esencial del evangelio y cuidar la identidad católica; pero, sobre todo, actualizar en nosotros la creatividad y valentía de las primeras comunidades cristianas que fueron capaces de valorar la cultura en la cual estaban insertas y reconocer en ellas las semillas del Verbo. Hoy más que nunca se requiere ministros y agentes evangelizadores que sean varones y mujeres de Dios, idóneos para trabajar en equipo, disponibles para escuchar a los demás y humildes para suscitar la participación (darles voz y poder de decisión) de los laicos, especialmente de los jóvenes y las mujeres.