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El futuro de Chile está en juego.

Han sido 60 días difíciles, complejos y conflictivos. La crisis sociopolítica en Chile ha sido profunda y ha generado un escenario para el país difícil de enfrentar. Hemos pasado de sentir miedo, angustia, rabia y tristeza, a experimentar incertidumbre, ansiedad y cansancio.  Estas emociones negativas se mezclan con los grandes anhelos de muchos de nosotros que esperamos transformaciones estructurales que permitan iniciar una nueva etapa de nuestra historia y que nos conduzcan hacia una sociedad más equitativa, justa y solidaria. Nadie puede negar que existen muchos compatriotas que tienen pensiones indignas, que experimentan un precario acceso a la salud y un sinnúmero de niños y jóvenes reciben una educación de baja calidad.  El modelo liberal que ha pretendido ser una economía social de mercado requiere transformaciones profundas.

Durante estas semanas nos ha impactado el uso excesivo e inadecuado de la fuerza policial en algunas situaciones concretas. Estos hechos han sido ampliamente denunciados por organismos internacionales. La violación a los derechos humanos, tal como se entiende en la literatura académica, la realizan agentes y organismos del Estado. No ha sido sistemática, pero en algunos casos ha sido brutal.

También nos ha indignado la violencia que ha surgido de diversos tipos de grupos (grupos de extrema izquierda, barras de equipos de fútbol, anarquistas, narcotraficantes, delincuentes comunes, y jóvenes que han vivido distintas formas de exclusión y marginación) que han atentado contra el derecho a vivir en paz, a circular tranquilamente por las calles, y desarrollar la actividades laborales y económicas con normalidad. Incendiar edificios patrimoniales, iglesias, pequeños comercios y diversos establecimientos de servicios, ha sido muy triste y ha dejado a muchas personas sin trabajo y una economía que no crecerá más allá del 1,8% en el 2019.

La inmensa mayoría ha protestado y se ha manifestado pacíficamente, pero me preocupa que existan personas que crean que este tipo de violencia sea la forma de transformar la realidad y provocar los cambios que se esperan. La hipótesis que se puede plantear es que cuando se cae en un comportamiento irracional, que impide el diálogo y que no es capaz de convivir con la diversidad, estamos ante problemas serios de salud mental.

Esta crisis está siendo una fuerte crítica a la elite política y económica que no ha sabido escuchar con atención las necesidades y demandas de la gente. Han estado preocupado más de sus intereses, demostrando una actitud un tanto cómoda y complaciente. Sin duda que ha habido en estos últimos treinta años un gran progreso económico que ha colocado en Chile como país líder en Latinoamérica, pero los buenos números macroeconómicos se han logrado a costa de bajos sueldos, abusos y un alto costo de la vida.

El acuerdo de la mayoría de los partidos políticos en torno al plebiscito por una nueva constitución que se realizará en abril de 2020 y los diversos anuncios gubernamentales en materias sociales y de leyes que fortalecerán el combate de la corrupción van en el camino correcto y han descomprimido en parte el conflicto.

Nos preguntamos qué es lo que viene ahora y qué debemos hacer para afrontar este momento que vivimos como país. Las siguientes claves e ideas pueden iluminar nuestras actitudes:

-                     Asumir que estaremos experimentando un tiempo incierto. No sabemos qué puede ocurrir en el futuro cercano.  Este estado genera angustia y ansiedad, tendiendo a mirar las cosas en blanco y negro, dividiendo la realidad entre malos y buenos.  Esperamos que los partidos políticos asuman su responsabilidad y trabajen por el bien del país y no actúen en base a cálculos electorales. No es claro quiénes podrían asumir el liderazgo en las diversas esferas políticas y sociales que ayuden a diseñar un mejor futuro. Es un interrogante cómo la “calle” va a actuar y qué podría suscitarse en los próximos meses.

-                     Participar de la reflexión sobre la nueva constitución. El futuro plebiscito definirá si el pueblo considera necesario una nueva constitución. La constitución es un símbolo y un marco en donde cada país diseña lo que quiere ser y el destino a alcanzar, basado en valores, derechos y fundamentos jurídicos que regulan nuestro ordenamiento legal. Será interesante no solamente el resultado reflejado en un texto, sino el proceso en el cual la ciudadanía pueda involucrarse e implicarse corresponsablemente. Pero hay que decirlo también. No será suficiente una nueva carta magna para dar solución a los conflictos. Se requiere de leyes que fortalezcan las instituciones, mejoren la seguridad social y generen una cultura sin abusos, honesta y solidaria.

-                     Seguir escuchándonos. Hemos aprendido que no podemos hacernos los desentendidos ante lo que la gente necesita y reclama. Es importante aprender a escuchar y sintonizar con lo que las personas viven. Lo anterior no significa obedecer estas demandas ciegamente.  Estas deben ser analizadas y confrontadas con las reales capacidades que tiene el estado para satisfacerlas. Esta actitud de escucha se aplica a toda institución que está al servicio de un pueblo, incluida la Iglesia.

-                     Favorecer el pensamiento crítico. Las calles de la ciudad y las redes sociales están llenas de frases y grafitis tales como: “Chile despertó”, “cuídate y resiste”, “no + abusos”, “hasta que nos devuelvan la dignidad”, etc. Estas expresiones simbólicas expresan el malestar del pueblo y es normal que aparezcan en momento de convulsión social. Pero no bastan los eslóganes ni las consignas; se requiere analizar críticamente la realidad y establecer cuál es el camino que nos permita ser una mejor nación y cómo cada uno asume sus propias responsabilidades.  No se puede aceptar que existan movimientos o partidos que se apropien de un poder que nadie les ha entregado y que más aún se posicionen como dueños de la verdad o con una estatura ética superior a la de los demás. La postura victimizante tampoco ayuda a hacernos cargos de los verdaderos problemas que nos aquejan como sociedad, la cual se construye con el aporte de todos.

-                     Confiar en las personas e instituciones. No se puede renunciar al camino institucional y dejar que nos gobiernen grupos sociales que, aunque es legítima su existencia, no han recibido el mandato popular. A estas organizaciones hay que escucharlas, dialogar y llegar a ciertos niveles de acuerdo con ellas, sin embargo, debemos volver a confiar en las autoridades del estado. Todos esperamos que hayan aprendido la lección: no gobiernan, ni redactan leyes ni ejercen justicia para sí mismos sino para el servicio del pueblo.

-                     Mejorar la calidad de nuestra vida. Sin darnos cuenta hemos ido creando una cultura en donde se exalta al mercado, la acumulación de la riqueza y el consumo. Las personas se sienten exigidas a esforzarse al máximo para lograr ese nivel de vida anhelado. Esto provoca cansancio, arruina a veces la vida familiar, potencia el endeudamiento, provocando problemas emocionales en muchas personas. Por otra parte, hay personas que no tienen el acceso a una vida digna, y eso genera en ellas amargura, tristeza y desesperanza.  Es preocupante que Chile tenga un índice alto de depresión en niños y adultos. Hay tres variables que favorecen un estado depresivo: experimentar la inseguridad (“qué pasa si me enfermo”, “cómo llegaré a viejo”, “tengo miedo ante la violencia que veo a mi alrededor); sentirse maltratado (humillado, poco respetado, no reconocido); vivir aislado de los demás y sentirse solo. Se hace necesario que el estado cree las condiciones sociales para que cada compatriota tenga las mismas oportunidades de alcanzar una “vida buena” y todos nos comprometamos a mantener relaciones interpersonales donde cuidemos mutuamente nuestra dignidad humana.

-                     Expresar lo que sentimos y lo que suscita en nosotros la realidad social que vivimos. Al chileno le cuesta expresar lo que siente. Tiende a internalizar las emociones y a vivir el estrés hacia dentro. Muchas personas han acumulando rabia y desilusión por mucho tiempo. Cuando esas emociones se han reprimido y no han tenido el espacio para comunicarlas, las actúan y las expresan desproporcionadamente. Desde esta perspectiva, no nos debe extrañar los graves hechos de violencia durante estos días, que, dicho sea de paso, siempre han estado presente en nuestra historia.  Tenemos un gran desafío en nuestras familias y escuelas: educar y acompañar afectivamente a nuestros niños y jóvenes. Es necesario aprender a expresar y acoger nuestras emociones y, sobre todo, las frustraciones y límites de nuestra vida. Es necesario educar para disfrutar de la vida colocando la fuente de amor en sí mismo y en los vínculos con los demás, más que en los bienes materiales y en el éxito económico.