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Estar a la escucha del Espíritu para ser obedientes a su voluntad

Para hablar de obediencia el hebreo bíblico utiliza el verbo “shamá”, que significa escuchar. En castellano, obediencia viene de oboedire que deriva de audire, oír. En el griego bíblico, el verbo hypakouo, obedecer, tiene en su composición al verbo akou, escuchar y la partícula “hyp”, debajo, indicando una sumisión y disposición interior a la palabra.

En la sagrada escritura, obedecer se comprende como un oír especial, caracterizado por una profunda escucha a la Palabra de Yahvé y una adhesión a su Espíritu. (Is 50, 4b-5).  Israel ha aprendido a obedecer las normas emanadas de la voluntad divina (Sal 143,10), porque confía en la imagen de un Dios que no se impone, sino que dialoga y derrama un amor incondicional ofreciendo caminos de libertad. La voluntad de Dios a la que tiende la obediencia tiene un nombre propio: es benevolencia y beneplácito divino. Este es el tipo de voluntad que desea cumplir el fiel en su obediencia. (Sal 40,7.9).

La alianza veterotestamentaria ha manifestado en la obediencia este nuevo rostro; la ha señalado como el don carismático ofrecido por Dios a los hombres; la ha propuesto como desposorio de intimidad entre Yahvé y su pueblo. (Os 2,21-22). La alianza sugiere el sentido y el modo de vivir la obediencia. Las criaturas, favorecidas por la amistad de Dios, tienen que amarlo a través de la conformidad con su voluntad; capacitadas para estar con él, tienen que saber "caminar ante la mirada de Yahvé"; llamadas a su intimidad, tienen que saber intuir sus deseos para cumplirlos.

            Este camino se realiza reconociendo el pasado y haciendo memoria de cómo el Señor ha ido constituyendo un pueblo al que llama imperativamente a ser fiel a esta alianza: <<Oye, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas>>. (Dt 6, 4-5)

En el nuevo testamento la obediencia se relaciona con la fe. La fe, que es siempre una fe en alguien, es una obediencia a Dios Padre y a Jesús en el Espíritu. Al comienzo y al final de la carta a los Romanos se habla de la “obediencia de la fe” (Rom 1,5;16, 26). En Hch 6,7 hablando de la conversión de muchos sacerdotes al cristianismo se dice literalmente: “una numerosa muchedumbre de sacerdotes obedecía la fe”. Téngase en cuenta que la fe no es sólo algo racional, intelectual, pues se cree con el corazón, es decir con todo el ser, incluido el cuerpo y los afectos. (Rm 10,10).

Jesús vivió bajo la voluntad del Padre desde niño (Lc 2,49), y fue haciéndose adulto distanciándose sanamente de la autoridad paterna terrenal. En las tentaciones de Jesús, que son su prueba humana profunda, desde su categoría de Hijo de Dios, Jesús queda confrontado con el primer mandato, el del amor (Dt 6,5). Jesús ama con todo su corazón (personalidad); ama a Dios con todos sus recursos más que a todas las riquezas y posibilidades, hasta dar la vida.

Jesús afronta la entrega de su misión, cuando descubre que ha llegado su hora, con una entrega filial, llena de generosidad. Sus actitudes, sus pasos, sus reacciones, son una búsqueda de la voluntad del Padre que describe como su “alimento”. (Jn 4,34; 5,30; 6,38)

Su acogida a los pequeños es una imitación del Padre y se goza de que sea así (Cf. Mt 11,25-26); su celo por los pecadores y su alegría en su conversión se debe a que esa es la actitud del Padre que se alegra en los cielos, en su trascendencia, y deja conocer su gozo a los mismos ángeles (Cf. Lc 15, 7.10)

            Su obediencia es hasta el final, hasta dar la vida, <<y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz>> (Fil 2, 8). La obediencia de Jesús es a medida de su categoría personal, de la responsabilidad con la que asumió su misión frente a Dios y frente a la humanidad.  

El voto de obediencia tiene su fundamento en esta experiencia filial y dócil de Jesús. En la tradición se ha presentado el consejo evangélico de pobreza resaltando su concreción ascética y moral en lugar de privilegiar su aspecto filial y de imitación de Cristo. La obediencia de Jesús fue la forma de su fidelidad filial, es decir, de un Hijo que acepta la voluntad del Padre por amor y hace suya la misión que le ha sido encomendada, asumiendo las consecuencias de su fidelidad.

Los tres votos religiosos marcan una dirección certera hacia el mandamiento del amor (Dt 6, 5). Mediante ellos se busca amar con todo el ser. El voto de obediencia busca orientar para Dios toda la existencia, la vida, el alma que en Dt 6,5 significa vida, el principio vital, pero que incluye el hecho de vivir, el tiempo, los días y los años, hasta la muerte

La apertura a la voluntad y al amor de Dios no se queda en las nubes, se va haciendo una realidad concreta. Dice Rahner: “La obediencia es la adopción de una vida religiosa comunitaria en el seguimiento de Cristo según una constitución que ha sido reconocida por la Iglesia como verdadera, posible expresión de una vida entregada a Dios”.  

La obediencia religiosa es una obediencia a un carisma y a un modo concreto de ser un aporte a la Iglesia. El aspecto que más destaca este consejo evangélico es la profecía. Los profetas fueron creyentes obedientes porque sintonizaban con Dios y eran sensibles a los signos de los tiempos, que iban indicando cuál era la misión a la que estaban siendo llamados.

            La persona que escucha a Dios para obedecer las mociones que recibe en su conciencia, discierne esta voz interior mediada por la comunidad, que es pastoreada por la autoridad respectiva. La autoridad es servicio y así lo vivió el Señor. El servicio a Dios y a los demás, realizado con humildad y sencillez, que Jesús sugiere, es lo más parecido a la obediencia.

            La obediencia surge como una consecuencia a una elección libre y voluntaria de seguir al Señor Jesús con toda el alma. Al ingresar a la vida religiosa, la libertad personal, tanto de los superiores como de los miembros de la comunidad, se pone a disposición de la congregación y al servicio de la Iglesia. El ejercicio de la autoridad, que esperamos que se ejerza hoy en el diálogo y en el discernimiento, requiere que los deseos personales se coloquen entre paréntesis, para estar a la escucha de las búsquedas comunitarias y de lo que los superiores legítimamente elegidos van discerniendo.

Por lo tanto, el voto de obediencia se debe vivir como una forma radical de existencia. En lo más íntimo no consiste en sólo descubrir a qué forma de vida me comprometo y en qué circunstancias; dicho de una manera esencial, me comprometo a “ser en obediencia”, que es lo mismo que decir a vivir del Espíritu de Jesús, estando atento a su querer, a vivir como escucha y libertad disponible. No es fácil vivir en esta actitud existencial. Una mal entendida libertad, el individualismo y la fuerza desmedida de un yo replegado y ensimismado conflictúa esta disponibilidad a la cual somos llamados. ¿Qué desafíos van aflorando en nuestra experiencia de vida religiosa?

-                      Autonomía personal e interdependencia comunitaria: el consagrado tiene la capacidad de poder ser fiel a la voluntad del Señor y debió haber aprendido a discernir en recta conciencia lo que viene del buen y mal espíritu. Su voto de obediencia se fundamenta en el seguimiento a Cristo y en la escucha de la Palabra y de los signos de los tiempos. Pero también el religioso debe integrar, por una parte, la capacidad para descubrir en conciencia lo que el Señor le pide, tomando su vida en sus propias manos y, por otra, estar abierto al Espíritu que nos habla en la Palabra, pero confrontada con el discernimiento de los superiores y en diálogo con la comunidad.

-                      El tema de la mediación: muchas veces nos hemos preguntado: ¿los superiores tienen la competencia necesaria para expresar su voluntad, cuando yo le conozco bien y sé de sus debilidades, conozco que puede ser más ignorante que yo en algunos temas y no brilla por su santidad? Ni yo ni mis superiores somos perfectos, pero cuando acepté el llamado del Señor me comprometí, en espíritu de fe, a escuchar y obedecer a mis superiores y en recta conciencia entender y aceptar sus criterios y sus decisiones.

-                      La importancia de la eficacia apostólica y profesional: a veces la misión nos ha llevado a especializarnos en campos específicos. ¿Puede el religioso utilizar este argumento de especificidad para rechazar los criterios y peticiones de la congregación? ¿Estamos realmente disponibles para lo que el Señor nos pida o son los superiores los que deben obedecer mis criterios y mis sugerencias?

-                      La función del superior comunitario en las nuevas formas de fraternidad: sabemos que nuestras comunidades son más pequeñas, porque hemos privilegiado en buena hora un aspecto esencial en la vida religiosa, colaborar en la misión de la Iglesia y testimoniar en la cultura presente los valores del evangelio. Por lo tanto, se necesita pensar en las funciones de los superiores comunitarios en este nuevo contexto. Esta tarea va en línea de animar y coordinar el proyecto comunitario más que asumir solitariamente el destino del grupo y de las personas. La activa participación comunitaria se hace indispensable para asegurar la fidelidad al carisma.

-                      El sentido de cuerpo provincial. La obediencia se expresa también en la corresponsabilidad de un grupo de consagrados y laicos que corresponsablemente se comprometen en la construcción de una comunidad espiritual, fraterna, misionera que es capaz de mantener una visión común de futuro, consensuando y respetando los medios y líneas de acción establecidos. Este proyecto provincial permite una mayor inculturación del carisma viatoriano y ser signo evangélico en medio de la sociedad que nos toca vivir.

En resumen, practicar la obediencia evangélica es vivir como Jesús, que tuvo como alimento hacer la voluntad del Padre; implica estar sometido a la iniciativa divina y atento a lo imprevisible de su amor; es obrar en cuanto enviado a una misión y no satisfaciendo nuestras seguridades y anhelos egoístas.

El voto de obediencia es en cierto modo el sacramento de la unidad en la comunidad. Es evidente que un grupo no puede subsistir sin unidad y que la unidad es imposible sin autoridad. La autoridad es como el sacramento de la unidad y la garantía absolutamente indispensable de un orden. Una comunidad en desorden es un verdadero infierno. Y se necesita justamente la armonía, el silencio, la escucha, el diálogo y la coordinación de funciones que dan a una comunidad de varones y mujeres su verdadero significado y eficacia apostólica.

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