Links

Una vivencia saludable del voto de pobreza

Los tres consejos evangélicos tradicionalmente conforman una tríada que simboliza la llamada evangélica a la conversión y a la aceptación gozosa del Reino de Dios. Estos consejos son los pilares de un estilo de vida que desea inspirarse en la praxis de Jesús.

Se puede lanzar la hipótesis de que muchos de los problemas personales y comunitarios en la vida religiosa tienen que ver especialmente con los conflictos que provocan las pulsiones sexuales y, en otros casos, con el abandono de la pobreza evangélica. A veces se aprecia una vida religiosa triste, sin pasión por el anuncio de reino, centrada en sí misma, y sin creatividad para dar un testimonio significativo desde el carisma particular. No hay que olvidar que en un buen número de casos se observa que los consagrados que han cometidos abusos, paralelamente también han sido seducidos por el poder que da el uso indiscriminado del dinero.

El sistema neoliberal, el consumismo y la sociedad del bienestar pueden estar entrampando a la vida religiosa y nosotros podemos estar acostumbrándonos a vivir bajo este modelo sin el mínimo de crítica. La vida religiosa se contagia de este tipo de sociedad cuando: la comodidad y el consumo son considerados una fuente de felicidad; la eficacia y productividad como forma de medición de la calidad de las personas; y el dinero y los bienes son una manera de obtener estatus y seguridad. Atrás quedan valores evangélicos como son la solidaridad, la gratuidad, el desprendimiento, la valoración de las personas como hijos e hijas de Dios, para construir con ellos fraternidad. ¿Qué orientación podemos darle hoy al sentido de la pobreza, tanto a nivel institucional, comunitario y personal?  Podemos plantear algunas claves, que puedan ayudar a un recto discernimiento de la vivencia de la pobreza evangélica.

  1. Posesión de los bienes materiales.

Necesitamos de bienes materiales para sobrevivir y desarrollarnos como personas. El problema está cuando consideramos las cosas, que están orientadas a satisfacer una necesidad, como un fin en sí mismas. Cuando buscamos tener comida, artefactos, viajes, etc., por una necesidad de seguridad o simplemente por el deseo de tener, más que por sobrevivir o desarrollarnos, se origina entonces una distorsión de la pobreza; hay una confusión entre el medio y el fin. El uso y posesión excesivos se convierten en abuso y pueden incluso ser nocivos para una vida saludable y evangélica. Hay que ser sobrios y satisfacer las necesidades con lo realmente necesario, de lo contrario Dios tendrá escaso lugar en nuestra vida.

  1. El justo uso de las cosas.

Nuestro modo de usar los bienes materiales asume en distintas dimensiones, variadas finalidades. Tratamos de usarlos prudentemente, no simplemente para nuestro crecimiento y supervivencia (dimensión personal), no sólo para comunicarnos y relacionarnos con los demás (dimensión comunitaria), sino también, como medios para encontrar el amor de Cristo y entregarnos a El, a través del don de cosas y de las personas (dimensión trascendente). En el pasado existía la tendencia a creer que los bienes en sí mismos eran un obstáculo a la unión con Cristo; se seguía de esto que el camino espiritual, consistía simplemente en el abandono de todas las cosas. El uso de las cosas, realmente necesarias, puede no ser un obstáculo, sino más bien una apertura al amor de Cristo, si se orienta conforme a los fines para los que aquellas nos han sido dadas y para que sirvan verdaderamente al desarrollo de la misión. Las motivaciones subyacentes son de crucial importancia. Si elegimos entregar nuestros bienes para ganar estima a los ojos de los demás, para hacernos amigos y asegurarnos relaciones, o viceversa, como medios para mantenernos distantes de una genuina intimidad, o para poder gloriarnos de ser <<más pobres>> y, por tanto, en cierto modo mejores que los demás, el consejo de pobreza desaparece ante fines utilitaristas, antes que ser la simple entrega a la providencia en un Dios que nos ama.

  1. La posesión de los demás.

Se puede generar la tendencia a la posesión en relación con las personas y dejando de lado elementos de entrega a la confianza en Dios y de respuesta a su amor mediante un servicio genuino a los demás. No es poco frecuente que usemos nuestro tiempo, el trabajo, las actividades, para congraciarnos con los demás, hacerlos sentir bien, para así lograr que “se hagan de mi propiedad” y recibir interesadamente algo de ellos. El deseo de posesión se ha transferido del campo de las cosas al de las personas. Es decir, me entrego a los demás para ser retribuido con bienes o con su disponibilidad para realizar mis proyectos personales.

  1. Justa relación con los demás.

El criterio de discernimiento evangélico se confirma cuando nuestro modo de relacionarnos lleva a dejar a los demás libres de nuestro amor que les hemos dedicado; es decir; aunque nos entreguemos y expresemos nuestro cariño a los demás, no esperamos reciprocidad; lo que hemos hecho es servir gratuitamente a los que el Señor nos ha confiado. Podemos preguntarnos: ¿valoramos realmente a los demás porque sentimos profundamente el valor supremo de Cristo presente en ellos o por los beneficios que recibimos de ellos? ¿Valoramos a las personas mientras satisfacen nuestra necesidad de que haya alguien que se preocupe de nosotros, que nos ame, que nos acepte? ¿Tratamos de aliviar las necesidades materiales de las personas para que ellos puedan crecer en su proyecto de vida o para obtener nosotros una buena imagen de los demás? En el fondo, debemos examinar nuestra tendencia a usar a los demás como si fueran cosas.

  1. Despojarse.

Muchas veces nos hemos encontrado en situaciones de queja y lamentación porque lo planificado no se ha desarrollado como esperábamos, o porque hay escasez de vocaciones, o por haber sido enviados a una tarea apostólica no deseada. Estas son un tipo de pobreza reales que a veces nos causan rabia y una dolorosa inseguridad. Frente a esta vivencia, si elegimos hacer de ella una experiencia espiritual creativa y desde una fe humilde, todo tendrá sentido, y nosotros seremos, como Cristo, capaces, como lo fue Él, de entregar nuestra vida. La tarea está en aprender a despojarnos de nuestros tiempos personales, para colocarnos al servicio de los demás; de nuestras cualidades para no sentir miedo a la hora de asumir nuevos desafíos; despojarnos de nuestra imagen y trayectoria congregacional, para estar disponible a donde el Señor me envíe. Una constante conciencia de nuestra debilidad, de nuestra pobreza interior, nos conducirá a los pies de Cristo y nos ayudará a tomar las distancias de las preocupaciones por el prestigio, la ganancia y la aprobación que crean en nosotros una estima personal falsa e inestable.

  1. Trascender.

Sobre todo, en estos días, hay un impulso inconsciente, pero con frecuencia observable, a construir la propia vida sobre la base de un éxito tangible: en la capacidad profesional o en los éxitos pastorales más que en una vida que encuentra sentido desde una experiencia de Dios profunda. Para muchos, la eficiencia es más importante que la eficacia. Pero, como religiosos, no estamos llamados a servir simplemente como funcionarios. Nosotros debemos vivir radicalmente los valores humanos y espirituales en los que se encuentran las verdaderas riquezas. El camino que nos lleva a una trascendencia verdadera pasa por la “kénosis” de sí mismo, y es todo lo contrario a un camino que busca admiración, satisfacción egocéntrica, o sentirse personas muy especiales que requieren de la adulación y adoración de los demás.

Finalmente es siempre liberador volver al Jesús del Evangelio: Cristo procura que tengan el mejor vino; multiplica los panes; llena las canastas de peces; María Magdalena derrama sobre sus pies el perfume oloroso y caro. Cristo, sin embargo, no tiene dónde apoyar la cabeza, vive con bienes puestos en común, viaja sin equipaje, sus vestidos son divididos y es sepultado en un sepulcro prestado. Jesús miraba la vida más en profundidad, no en términos de supervivencia, de acumulación de bienes, de satisfacción, de desarrollo individual. Valoró las cosas, las personas, a sí mismo, como posibilidades para integrar todas las dimensiones de su humanidad al servicio de la manifestación de la voluntad Dios y de la construcción del Reino.