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La pobreza evangélica

En la sagrada escritura aparece la indigencia y la marginación como un escándalo y algo no querido por Dios. Todos los que padecen injusticia, hambre y necesidad son considerado pobres y Dios quiere hacer justicia a los oprimidos. La Palabra no tiene la solución a la problemática social de la injusticia y la desigualdad, pero quiere animar y suscitar la sensibilidad que nos lleve al compromiso con los pobres, compartiendo su destino y sus anhelos.

            La pobreza es considerada en el antiguo testamento como una experiencia dolorosa. Un mal que debe ser erradicado. Es una realidad de muerte que debe ser remediada.

            En concreto, el libro del éxodo expresa el sufrimiento vivido por el pueblo de Israel en la esclavitud en Egipto. Este acontecimiento es para Israel no sólo una experiencia de liberación, sino que también una enseñanza permanente para vivir en solidaridad y comunión con los sufrientes: <<No maltrates ni oprimas al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto>> (Ex 21, 20). Dios también defiende y protege a los huérfanos y a las viudas y manifiesta su cólera ante el abuso y la opresión: <<No maltrates a las viudas ni a los huérfanos, porque si los maltratas y ellos me piden ayuda, yo iré en su ayuda, y con gran furia, a golpe de espada, les quitaré a ustedes la vida. Entonces quienes se quedarán viudas y huérfanos serán las mujeres y los hijos de ustedes>>. Ex 21, 21-23

            El redactor del libro del éxodo quiere mostrar que este acontecimiento redentor no es sólo una experiencia individual-comunitaria, es también una experiencia de conversión hacia el Único que mueve a asumir nuevas luchas contra todo tipo de injusticias.

            Los profetas, conscientes en la lianza entre Yahveh y su pueblo, hacen propia la tradición de defensa de los desvalidos y humildes. Los profetas denuncian toda forma de opresión y anuncian la intervención de Dios, Liberador y Salvador.

¿Que es lo que los profetas denuncian?

-      la explotación, la riqueza el lujo (Am 4,1; 5, 11; Is 3, 14-15)

-      a los comerciantes fraudulentos (Am 8, 4-5);

-      el latifundismo y acaparamiento de tierras, (Miq 2, 1-3)

-      la venta como esclavos de los deudores insolventes (Am 2,6; 8,6)

-      los juicos corrompidos por el soborno y el desprecio (Am 5,12; Is 10, 1-2; 32,7; Jer 5,28; 22,16)

-      las vejaciones, robos, estafa, usura, actos de alevosía y aprovechamiento (Ez 16,49; 18,12-13; Zac 7,10)

 

Para los profetas, el anhelado Mesías, será el protector de los pobres; su justicia será defender al desvalido y hacer justicia al oprimido. Lo hará a partir de su propia experiencia de servicio humilde y doloroso, padeciendo el desprecio y rechazo. (Is 53,1ss)

Desde el nacimiento de Jesús, los evangelios dan testimonio de la humildad y sencillez del Mesías esperado. Jesús era un albañil y un carpintero. Al iniciar su ministerio público, asume un estilo de vida itinerante y precario: “No tiene donde reclinar su cabeza” (Mt 8,20). 

Jesús no enseña la ley en un lugar fijo, rodeado de sus adeptos exclusivamente hombres, sino que, además, incorpora a la mujer como “discípula”, rompiendo la tradición de los maestros judíos. Junto con lo anterior, entre los rabinos estaba mal visto la renuncia a los propios bienes y la distancia radical hacia las riquezas.

En consecuencia, seguir a Jesús implica afrontar la existencia desprovista de seguridades humanas, caracterizada por la pobreza y el desprendimiento de los bienes. Su riqueza Jesús la ha puesto en el abajamiento y despojo de su condición divina (Flp 2,7). Los creyentes, por lo tanto, han de saber que, para participar en la vida de Cristo, les es indispensable manifestar una vida de humildad y despojamiento que se nos ha revelado por la muerte de Jesús en la cruz.

El consejo evangélico de pobreza es desprendimiento de la riqueza, no desprecio de la misma. De ahí la importancia de estar vigilantes ante la codicia el poder seductor del dinero.

En este sentido, la pobreza igualmente es compromiso de amor y lucha contra la pobreza social y económica que sufren muchos hermanos nuestros y que no les permite en nuestra sociedad vivir con dignidad.

 

Teniendo en cuenta esta tradición bíblica, resumidamente podemos indicar algunos elementos teologales del consejo evangélico de pobreza:

 

-              Pobreza es humildad: es sumisión confiada a Dios, en la fe.  Es la capacidad de reconocernos como creaturas ante Dios y hermanos de todos los seres vivientes. Quien se muestra como orgulloso ante los demás, corre el riesgo de perder su rumbo. El abandono confiado y sincero en la mano de Dios es lo que nos permite experimentar la compasión y misericordia del Señor con nosotros.

 

-              Pobreza es desapego por los bienes: El tesoro que es Cristo debe ser aquello que debe convertirse en el motivo dominante y profundo de la vida cristiana. Jesús no está en contra de utilizar los bienes para favorecer la solidaridad y el desarrollo humano, lo que denuncia Jesús es la aspiración y el ansia de acumular como garantía de vida y seguridad. La raíz del enfrentamiento entre los hombres está en la codicia insaciable.

-              Pobreza es testimonio de un amor generoso. Este testimonio se vive desde una triple perspectiva: a través del trabajo, participamos del acto creador de Dios, contribuyendo a construir una sociedad más justa y fraterna; con nuestro trabajo nos ganamos el sustento y compartimos los esfuerzos cotidianos de la gente de nuestro pueblo; a través del ejercicio de la solidaridad (dar lo que somos y lo que tenemos) nos identificamos con las necesidades de los demás; somos llamados a practicar una vida de gratuidad, como una manera de comunicar el amor fiel y creativo de Dios;  y a través de la comunidad de bienes nos vamos desprendiendo libremente de lo que poseemos para ponerlo al servicio de la misión.

-              Pobreza es compromiso con un proyecto de transformación de la realidad. La pobreza religiosa no es una evasión de la realidad, es asumir un compromiso que se concreta desde las diversas plataformas evangelizadoras, favoreciendo cambios sociales que modifiquen las estructuras de desigualdad y de injustica presente en nuestra sociedad.

Finalmente, como dice nuestros reglamentos generales, la pobreza religiosa nos compromete a tener un estilo de vida sencillo y modesto, que afirme los valores del Reino y desafíe a toda la sociedad que da primacía a los valores materiales. Nuestro voto nos mueve a promover la defensa de los derechos humanos, acercándonos con un espíritu de acogida y fraternidad con nuestros hermanos y hermanas que experimentan todo tipo de necesidad.  (Cf. RR.GG. 25)