Links

La familia, Iglesia doméstica

La familia es para todo cristiano aquella primera Iglesia doméstica en donde hemos nacido para iniciar nuestra vida en este mundo. La Iglesia es familia de familias y enriquecida por la vida de todas las iglesias domésticas. La familia es un gran bien para la Iglesia y la Iglesia debe ser un gran bien para la familia. Toda la comunidad cristiana debe saber acoger las experiencias de los distintos tipos de familia que hoy están presentes en nuestra sociedad.

                Les invito a recordar nuestra historia familiar, especialmente los momentos y experiencias que nos han marcado.  En nuestras familias hemos sido protegidos, cuidados y queridos. Nuestros padres hicieron todo lo posible para que creciéramos y nos desarrolláramos integralmente. ¡Cómo no agradecer el esfuerzo y amor de nuestros familiares quienes nos han permitido hoy gozar de la vida!

                Estos vínculos afectivos han dejado una huella imborrable en nosotros. Tal como un alfarero, nuestros padres han influido en nosotros, moldeando nuestra vida con su propia identidad y carácter. Como el artesano, han dejado sus huellas en nuestra existencia, con sus valores, actitudes y criterios.

                Nuestra personalidad se ha ido formando, desde una base genética y temperamental, por la interacción con nuestro entorno y por los vínculos con nuestras figuras paternas y maternas. Ese lazo primario, especialmente con la madre, es fundamental; crea subjetividad y permite que se constituya el psiquismo humano.

                Estos vínculos son perdurables. Proporcionan al infante la competencia para que más adelante pueda formar vínculos con miembros que no son su familia y eventualmente cuidar a la próxima generación. Es necesario preguntarnos cuáles son las tareas específicas que deben ser realizadas para que el niño pueda desarrollarse física y psíquicamente.

                La primera de las funciones de los padres o cuidadores es la capacidad de sostener emocionalmente al niño, especialmente en los momentos de impulsividad y cuando experimente sentimientos muy intensos y desagradables. Esta acogida le dará seguridad, bienestar y confianza en sí mismo. La madre sostiene físicamente al hijo desde la vida intrauterina y se va extendiendo en la vida para abarcar gradualmente los variados cuidados que necesita un ser humano para constituirse como sujeto. Esto le permite al niño experimentar un sentimiento de existir y una conciencia de sí que a largo plazo se convierte en autonomía.

                Una segunda función es la de satisfacer las necesidades de su hijo. Esto implica responder concretamente y efectivamente a las necesidades afectivas y corporales: mirarle, tocarle, acariciarle, hablarle, alimentarle, limpiarle, etc.; de esta manera se le está diciendo al niño que se le quiere y que es alguien muy importante para los padres.

                La tercera de las funciones de los progenitores es la de mostrarle que la vida tiene límites y que no se puede siempre tener todo. Es el momento en que se aplica la ley, como forma de ordenar los diversos impulsos que el niño experimenta. La norma, no limita la libertad, sino que le muestra buenos caminos que le ayuden a madurar y a ordenarse para aprender a relacionarse adecuadamente con los demás.

                La falla y la carencia de estas funciones en la crianza de los niños puede generar, dependiendo de su intensidad, de la prolongación temporal y del modo en que se fueron enfrentando, graves trastornos de la personalidad y psicopatologías. No se exige que el padre o la madre sean perfectos. Se espera que sean suficientemente buenos para cumplir su misión y las tareas específicas que permitan que se constituya como una persona sana que pueda adaptarse a este mundo y alcanzar un propio proyecto de vida.

                Para la Iglesia, los hijos no son un derecho sino un don, fruto del amor de los esposos. Los esposos al engendrar a sus hijos, colaboran con Dios en su obra creadora, como instrumentos de amor. La exhortación Amoris Laetitia expresa que la familia es el santuario de la vida, el lugar donde la vida es engendrada y protegida. Es el espacio en donde se debe respetar los derechos de los niños, a los cuales se les debe amar, cuidar y acompañar en su desarrollo.

                Las cifras que arroja el cuarto estudio de la Unicef en Chile, realizado en el año 2018, sobre el maltrato infantil es muy preocupante. Un 19,5 % de los niños ha sido víctima de violencia psicológica; un 25, 6 % ha sufrido violencia física leve y un 25, 9 ha sido víctima de violencia física grave. ¿Cómo se puede aceptar esta realidad, cuando la familia está llamada a proteger la vida en todas sus etapas y también en su ocaso?

                Es probable que los padres maltratadores hayan vivido una historia de negligencias y carencias, generando en ellos un odio y resentimiento no elaborado que es proyectado sobre sus hijos.

                Ningún padre ni madre va a poder amar a sus hijos con el amor que se merece; hay límites, debilidades y fragilidades en todos nuestros empeños humanos.  Esa falta, que es humanamente normal, no es comparable con acciones que hieren profundamente la dignidad de nuestros niños y vulneran su derecho a crecer en ambientes suficientemente buenos para sentirse valorados y queridos.

                Frente a esta realidad debemos insistir en que la educación integral de los hijos es la tarea primordial de los padres. Generar en los hijos las fortalezas para enfrentar el mundo, los valores para vivir en paz con sus semejantes y las herramientas emocionales para aceptar en ellos mismos las frustraciones, son una obligación moral de los padres. La escuela complementa esta tarea.

                Pero existe un principio básico: “Cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consenso y, en cierta medida, incluso por encargo suyo. (..) Pero «se ha abierto una brecha entre familia y sociedad, entre familia y escuela, el pacto educativo hoy se ha roto; y así, la alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis»”. (AL 84) 

                En nuestras comunidades educativas y parroquiales demos animar e invitar a que las familias tomen conciencia de su misión y agradecerles el esfuerzo que hacen aquellos hogares cristianos que permanecen fieles al Evangelio, dando testimonio de su fe. El himno de la caridad (1Cor, 13, 4-7) es un hermoso camino y propuesta para que una familia o una comunidad de vida, crezca y profundice en su propia vocación educadora de lo humano y cristiano. (Cf. AL 90-119)

 

                Este himno paulino nos recuerda que el amor implica:

- La paciencia. La experimentamos cuando no nos dejamos llevar por nuestros impulsos y evitamos la agresión a los demás.

Esta paciencia se practica cuando acepto al otro tal como es sin exigirle que sea perfecto, intachable y actúe como yo deseo.

- Ser serviciales. La paciencia está acompañada por una reacción dinámica y creativa. Amar es hacer el bien a los demás y donarse a sí mismo para ayudar a que el otro crezca y se desarrolle.

- Sanar la envidia. En el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro. La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente girando en torno a nosotros mismos.

- Actuar sin hacer alarde ni agrandarse. El amor es opuesto a la actitud de mostrarnos como superiores de los demás, para impresionarles con una actitud, arrogante, pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que, además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse humildemente en su lugar sin pretender ser el centro.

- Amabilidad. El amor no obra con rudeza ni es duro en el trato; es afable y cortés. Es necesario relacionarnos con delicadeza sin invadir a los demás y respetando su libertad.

- Desprendimiento. El amor no busca su propio interés sino en el de los demás. Aunque es necesario el amor a sí mismo, la prioridad la tienen los otros. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse con total gratuidad.

- Vivir sin violencia interior. Hay situaciones que pueden estimular en nosotros una irritación interior. El himno al amor nos invita a no colocarnos a la defensiva, para no alimentar esta agresividad íntima que nos enferma y nos termina aislándonos. Hay una indignación que ante la injusticia es sana. Otra cosa es actuar con violencia.

- Perdón. El amor no es rencoroso. El perdón se fundamenta en una actitud positiva, que mueve a comprender la debilidad ajena. No nos quedamos turbados en culpar una y otra vez a los demás. Muchas veces, una mirada permanentemente crítica a las personas que amamos, nos ha llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos.

- Alegrarse con los demás. Es la actitud de aquel que se alegra con el bien de otro, valorando sus capacidades y sus buenas obras. La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

- Disculpar todo. Implica limitar el juicio, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable. Detenerse a dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, evitando difamar y maldecir a los demás. El otro es mucho más que eso que a mí me molesta.

- Confiar.  El amor confía, renuncia a controlarlo todo, a poseer y a dominar. Es un amor que da libertad a los demás.  Permite una confianza que hace brotar la verdadera identidad de las personas con las cuales convivimos y florezca su verdad.

- Soportar. Significa sobrellevar con espíritu positivo todas las contrariedades. Es mantenerse firme en medio de un ambiente hostil. No consiste sólo en tolerar algunas cosas molestas; es una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío.

                En consecuencia, una comunidad de vida familiar o de vida religiosa que ha aprendido a amarse y respetarse en sus diferencias y singularidades, es una familia que está preparada para acoger a Dios, Uno y Trino, y entrar en comunión con la divinidad y con otras familias que viven su fe. Estas familias han descubierto el camino para hacer de su vida una ofrenda a Dios.

 

Palabras anteriores