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Homosexualidades y heterosexualidades en la Iglesia y en la vida religiosa

Nadie duda que para toda persona, siempre es dificil hablar de sexualidad. Nos referimos a realidades que siguen siendo tabú y que cuesta elaborar e integrar en la propia vida. Es actualmente un tema pendiente en la Iglesia y en nuestras comunidades religiosas. ¿Por qué es dificil hablar de este maravilloso don de Dios con naturalidad y profundidad?

                Existen miedos, deseos, inhibiciones y represiones que inevitablente surgen y se expresan ante cualquier discurso de la sexualidad. Incluso también hay un discurso sobre lo sexual, cuando no se dialoga, no se enfrenta, viviendo como si esta energía no existiera. Es valorable y positivo cuando logramos hablar de esta dimensión de la existencia, pero algunas de las veces, se niegan las dificultades, los conflictos o se afirma que todo está bajo control.  Eso huele a defensa, negación e intelectualización. Siendo una realidad tan hermosa, se vivencia a veces con angustia, temor y ansiedad. No hay que alarmarse de esta resistencia, pero hay que hacerse cargo de sus consecuencias.

                Definimos a modo general la sexualidad humana como el modo en que tiene la persona de relacionarse consigo mismo, con los demás y con Dios. Cada ser humano se sitúa en la existencia desde su ser sexuado; desde su masculinidad y feminidad busca vincularse y comunicarse con los demás. La sexualidad no es algo "añadido" a una naturaleza humana que es neutra, sino que determina la persona como varón o como mujer.

                Al abordar este modo de estar en el mundo, podemos analizarlo referiéndonos a la identidad, orientación y conducta sexual.

                La identidad sexual sería el juicio (“soy varón”, “soy mujer”) sobre la propia figura corporal, basado en las características biológicas (órganos genitales, figura corporal, etc.). Junto con ello, la identidad de género es un juicio de autoclasificación que tiene presente aquellos aspectos –masculino o femenino– que a lo largo de la historia de la especie han ido conformando culturalmente al hombre y a la mujer. Por tanto, “género” es un término cuyas connotaciones son fruto de una vivencia psíquica a partir de la identificación con nuestras figuras paternas y maternas en nuestros primeros años de vida y de la interacción sociocultural con el entorno.

                Por su parte, entendemos la orientación sexual como una atracción emocional, romántica, erótica y afectiva duradera hacia otras personas. La orientación sexual existe a lo largo del continuo que va desde la heterosexualidad exclusiva hasta la homosexualidad exclusiva e incluye diversas formas de bisexualidad. Las personas bisexuales pueden experimentar una atracción sexual, emocional y afectiva hacia personas de su mismo sexo y del sexo opuesto.

                La orientación sexual es diferente de la conducta sexual. La conducta es el modo en el que se actúa y el modo en cómo nos relacionamos. La conducta sexual es la forma concreta de cómo nos vinculamos y reaccionamos ante los diversos estímulos internos y externos. Es aquí donde se aplica el juicio moral de nuestros comportamientos. No hacemos juicios morales de nuestra identidad u orientación sexual, sí de cómo la actuamos. La conducta sexual se nutre de cómo aprendimos a entregar y recibir afecto, de las creencias en torno a la sexualidad y de las influencias de los grupos y sociedades.

                En consecuencia, la tarea de la maduración humana implica, por una parte, tomar decisiones en relación a cómo encauzar nuestra pulsión y nuestros deseos que buscan satisfacerse desde la lógica del placer (que no es sólo genital; también es placentera una buena conversación y compartir con otros  en todo tipo de proyectos que nos llenen de sentido)  y por otra, el respeto a todo ser humano y a su dignidad, generando relaciones en donde se evite la manipulación, el sometimiento y todo acto en donde se quite libertad y se cosifique al otro. Se trata entonces de plantearse un verdadero proyecto de vida afectiva y sexual que nos humanice, desplegando en nosotros toda nuestra capacidad para amar, servir y entrar en intimidad y comunión evangélica con los demás.

                 A la hora de referirnos específicamente a la orientación sexual, usar el concepto de homosexualidad y heterosexualidad es complejo y limitado.

                Es dificil hablar genéricamente de una realidad que es individual y que tiene rostros concretos. Es mejor hablar de homosexualidades y heterosexualidades. Cada persona con su orientación sexual tiene una biografía y un proceso de desarrollo muy particular y único; generalizar acerca de esta realidad no ayuda a su comprensión.

                Dada la historia de cómo hemos entendido las homosexualidades y cómo cada cultura valora éticamente esta realidad, se hace más difícil asumir y aceptar esta condición para muchos sujetos. No sólo es complejo aceptarse a sí mismo, sino también enfrentar a una sociedad y a un tipo de Iglesia que aún tiene prejuicios sobre este modo de relación.

                La génesis de esta orientación aún sigue en estudio, pero desde hace varios años se ha comprendido ya no como una enfermedad, desviación o patología, sino como una condición u orientación que surge desde varios componentes: genético, psíquico, social y cultural. Es importante abordar las homosexualidades desde el sentido global de lo humano y no solamente desde el fénomeno sexual. El homosexual es ante todo una persona con una condición y un destino perfectamente humanizable y humanizante.        

                La moral católica hace la distinción entre tendencia y acto homosexual, el cual es intrínsecamente desordenado y no puede ser aceptado. El catecismo de la Iglesia exhorta a no discriminar y respetar la dignidad de cada persona con esta orientación. Afirma que la persona homosexual está llamada a vivir en castidad, educándose en la libertad interior y través de la oración y la gracia sacramental, acercarse gradualmente a la santidad. Algunos moralistas católicos, estimando la importancia y el derecho de todo ser humano de amar y ser amado y buscar un vinculo afectivo que les ayude mutuamente a su desarrollo, consideran que es éticamente aceptable que la persona homosexual pueda compartir la vida con una pareja estable. Esta relación debe estar basada en el respeto, la fidelidad y la búsqueda del bien común.

                Sabemos que dentro de la vida religiosa y del sacerdocio hay personas con esta orientación sexual. Esta condición no les impide vivir la castidad y el celibato, y deben exigirse a sí mismo, como también a las diversas heterosexualidades, una vivencia del celibato maduro, comprometido y fiel a su consagración.

                El problema se puede suscitar cuando esta orientación no está asumida ni reconocida, ni se ha integrado ni elaborado adecuadamente. Queda en lo pulsional, irracional, reprimido y solo aparece de una manera sintomática. Si se queda en un estado primario, la orientación homosexual se impone al margen del yo consciente, ya sea como fantasma amenazante del que hay que defenderse compulsivamente, ya como actuación, compulsiva también, con todas las derivaciones patológicas, morales y sociales que, con razón, nos alarman. No por ser homosexual no se va a poder vivir el celibato con alegría; pero en algunos casos, a causa del conflicto que puede traer consigo mismo, esto puede hacer  más difícil y conflictiva la perseverancia y la capacidad de relación y comunión.

                Desde esta perspectiva, todos los consagrados, independiente de nuestra orientación sexual, tenemos la responsabilidad de asumir e integrar sanamente nuestra identidad sexual, las diversas tendencias pulsionales y nuestros comportamientos. Nuestra vocación y misión nos exigen ser personas que se relacionen con madurez[1] y respeto con aquellos con los cuales compartimos la vida y la fe.

                Tanto aquellos que inician un proceso de discernimiento vocacional como los que estamos en formación permanente necesitamos preguntarnos permanentemente qué es lo que nos motiva a consagrarnos a Dios o seguir optando por una vocación a la cual nos hemos sentido llamados. Si consciente o inconscientemente estamos en la vida religiosa para huir de una orientación sexual que no queremos asumir (abrazando una “nueva identidad centrada en el rol sacerdotal y religioso) o para evitar un proyecto de familia y de pareja al cual le tenemos miedo o no nos sentimos capacitados, esto va influir en el modo de testimoniar con gozo nuestra elección vocacional. Es sin duda un trabajo espiritual y psíquico al cual no debemos temer y que si lo necesitamos, debemos pedir la ayuda necesaria.

                El autoconocimento personal, la oración y la vivencia sacramental, el acompañamiento personal, la retroalimentación que nos pueden hacer nuestras familias, amigos, hermanos y hermanas de comunidad de cómo nos relacionamos y una entrega generosa y desinteresada a los demás por el Reino, son algunos de los caminos para vivir una sexualidad humanizante.



[1] Algunos de los signos de esta madurez afectiva-sexual pueden ser: la consciencia de los propios sentimientos y su expresión de forma adecuada y sin exageraciones; la estabilidad emocional; haber aprendido a dar y recibir amor; encauzar debidamente nuestra agresividad;  capacidad de donación de sí mismo para darse a Dios, a la Iglesia y a los hermanos y hermanas; relación normal con el mismo y el sexo opuesto, sin miedos, huidas y bloqueos; evitar gratificarse egoístamente en las relaciones con los demás, dejándose arrastrar por los instintos de dominio y posesión de los otros; dejar que los demás actúen con libertad ante mis deseos, necesidades y requerimientos, renunciando a creernos con derecho a todo y a todos;  capacidad de vivir con gozo y serenidad una cierta soledad; ser sinceros y transparentes; haber encontrado en sí mismo y en Dios nuestra gran fuente de amor.

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