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Artesanos de la unidad

Cuando observamos todo lo que existe a nuestro alrededor, nos damos cuenta de la diversidad y belleza de lo creado. Millones de especies animales y microorganismos; cientos de miles de tipos de plantas, y cada ser humano, único e irrepetible. Esta biodiversidad proporciona beneficios fundamentales para cada persona, que permiten su sobrevivencia y su desarrollo.

            La pérdida de biodiversidad tiene efectos negativos sobre varios aspectos del bienestar humano, como la seguridad alimentaria, la vulnerabilidad ante desastres naturales, la seguridad energética y el acceso al agua limpia y a las materias primas. También afecta a la salud del hombre, las relaciones sociales y la libertad de elección.

            Nos preguntamos, al contemplar la belleza y diversidad de lo creado, por qué muchas veces nos cuesta aceptar y relacionarnos con lo distinto. La misma realidad divina, nos revela que la diversidad es esencial en Dios y que la unidad se expresa en la multiplicidad de relaciones al interior de Trinidad.

            Lo sabemos, la unidad es distinto a la uniformidad. Todos los seres humanos somos distintos y estamos llamados a la comunión y a la unidad, a partir de esta diferenciación y singularidad. El Papa nos lo dijo en su homilía en la eucaristía celebrada en Temuco: “La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. (…) No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra”.

            El arte de la unidad se fundamenta en la capacidad de escuchar a los otros, de reconocernos y valorar la dignidad y riqueza de cada persona. Posteriormente, se hace necesario, que fruto de ese diálogo y de la apreciación de la singularidad de los demás, surjan gestos, actitudes y proyectos concretos que simbolicen esa unidad en la diversidad.

            Nos dice el Papa: “En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza”.

            Un gran obstáculo de nuestra cultura actual, para vivir la unidad y la verdadera comunión entre los hombres es lo que el filósofo Byung-Chul Han llama, la expulsión de lo distinto.

            Se denota hoy que la gran mayoría de los occidentales desean ser libres y originales y evitar estar sometidos a instituciones e ideologías que se imponen por tradición o porque sustentan un poder; igualmente quedan dominados por las leyes del mercado capitalista que impone sus criterios y por los buscadores de internet y las redes sociales, que codifican nuestros intereses, nuestras preocupaciones, nuestro pensamiento y nuestros hábitos haciéndonos unos a otros totalmente iguales. Es así, las tecnologías actuales y el estilo de vida neoliberal tiene muchos dispositivos para igualar los unos a los otros.

            Dice este autor: “Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo. Hoy, la negatividad del otro deja paso a la positividad de lo igual. La proliferación de lo igual es lo que constituye las alteraciones patológicas de las que está aquejado el cuerpo social.

            Lo que lo enferma no es la retirada ni la prohibición, sino el exceso de comunicación y de consumo; no es la represión ni la negación, sino la permisividad y la afirmación. (Han, 2017, p. 9).

            A partir del rechazo de lo distinto, la violencia del otro no es lo único que resulta destructivo. La expulsión de lo distinto pone en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la autodestrucción. En general impera la dialéctica de la violencia: un sistema que rechaza la negatividad de lo distinto, desarrollando rasgos autodestructivos y un violento poder de lo igual resulta invisible.

            Dice Han que, a partir de un determinado momento, la producción ya no es productiva, sino destructiva; la información ya no es informativa, sino deformadora; la comunicación ya no es comunicativa, sino meramente acumulativa.

            De ahí que el miedo a lo distinto nos cierra a toda posibilidad de hospitalidad y acogida de lo diverso. Seguramente todos apreciamos las dificultades para acoger a migrantes, desplazados y asilados políticos en muchos rincones del mundo; “… el grado civilizatorio de una sociedad se puede

medir justamente en función de su hospitalidad” (Han, 2017, p. 35).

            La praxis de Jesús estuvo marcada por una cercanía y compasión con los marginados de su tiempo, especialmente los extranjeros, paganos, enfermos, pobres, las mujeres y los niños.

            El Señor quiso formar una familia de fe sin excluir ni expulsar a nadie. Con ternura y misericordia, atrajo a todos los que aceptaron ser parte de la buena noticia del reino de Dios. ¿Cómo favorecer la unidad y la comunión al interior de la Iglesia y de nuestra comunidad? ¿Cómo suscitar que en los espacios de participación exista libertad para expresar lo que pensamos y sentimos y respeto a las diferencias, y a puntos de vista distintos?

            No se trata de someter a los demás a nuestras ideas y planteamientos, lo que se nos pide es llegar a acuerdos y consensos para construir proyectos comunes. Para ello se requiere de actitudes que permitan una convivencia pacífica y armoniosa; y en el momento del conflicto y de la diferencia, éstos no sean motivos de juicios ni condena; Jesús nos ha enseñado el camino: escucha, empatía, caridad y respeto a la dignidad y singularidad de los demás.

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