Links

Noticias externas

Encuentro Ecuménico. El Papa: “El Señor …

“La misión hoy nos sigue pidiendo y reclamando la unidad, es la misión la que nos exige dejar de mirar las heridas del pasado o toda actitud autorreferencial para centrarnos...

Read more

Día de la Paz, San Egidio: hacer más par…

“Que se multipliquen los esfuerzos de mediación a fin de poner fin a los más de 30 conflictos que se están produciendo en el mundo”: es el llamamiento lanzado por...

Read more

Iglesia de Chile acompaña en el dolor al…

El Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago, junto al Secretario General, Mons. Cristián Contreras Villarroel, obispo de Melipilla, expresaron a la Conferencia Episcopal...

Read more

Reconocer la herida, para ser sanados

En nuestra historia de vida hemos padecido diversos rompimientos, rupturas, cortes, separaciones, con nosotros mismos, con los demás, con la comunidad-Iglesia y con Dios. Eso que se ha roto o trizado en la relación, puede provocar una distancia física y afectiva. También suscita emociones y sentimientos muchas veces desagradables y difíciles de acoger. No es de extrañar que cuando hay dos o más personas que se relacionan, pronto aparecen la diferencia y el conflicto. El conflicto en sí mismo no es negativo, el tema está en cómo se resuelve. Y muchas veces no se resuelve bien. ¿Qué y cómo se provoca esta ruptura? Cuando siento que hay experiencias que duelen y situaciones que hacen daño ¿Cómo las puedo abordar para superar la crisis?

Podemos llamar herida a ese quiebre que produce un padecimiento interior que muchas veces se hace difícil de sobrellevar. Esa herida refleja nuestra condición de vulnerabilidad y fragilidad. Se siente la herida como un golpe que duele por algo que fue negado y a lo que se tenía derecho; pero también se produce por un exceso: una sobreprotección o mimo exagerado que provoca el mismo efecto que lo no recibido.

 Podemos decir entonces que esta herida se puede producir por:

-                     Algo que yo hice, y que va en contra de mis valores, de lo que otros esperan de mí, de mis promesas no cumplidas, afectando a personas o comunidades…

-                     Algo que otros hicieron: no me reconocieron; me rechazaron, se burlaron, me golpearon, me abandonaron, desconfiaron de mi, no me valoraron, me olvidaron; me sobreprotegieron, me mimaron demasiado…

-                     Algo que otros dejaron de hacer conmigo: cuidarme, protegerme, escucharme, quererme, sostenerme, recordarme…

-                     Algo que otros hicieron o que yo hice, pero que ha afectado la comunión, paz y dignidad de las comunidades o grupos a los cuales pertenezco…

-                     Haber perdido algo o a alguien...

Estas marcas pueden ser conscientes, ya que la vida me las ha revelado y he podido realizar, a diversos niveles, un trabajo de autoconocimiento e integración. Pero también, muchas de estas heridas pueden estar en el inconsciente, desconocidas y no nombradas. De estas heridas pueden surgir los miedos básicos: a ser condenado, a no ser querido, a fracasar, a quedarse vacío, a vivir conflictos, a ser abandonado, a sufrir o a mostrarse débil, a ser rechazado…

Ante las heridas, la psiquis construye, para su protección, mecanismos de defensa (negación, represión, proyección, compensación, intelectualización, etc.) y así evita que se hagan conscientes y seguir siendo golpeado por ellas.  Pero muchas veces esos mecanismos de defensa dejan escapar la herida no asumida y reconocida a través de las:

- compulsiones (repeticiones de conductas automáticas que evitan los miedos, pero que terminan dejándonos insatisfechos y sin darle solución a nuestros síntomas y angustias).

- reacciones desproporcionadas que agrandan las heridas y que pueden ser por exceso de reacción o por ausencia de ésta, por escándalo o por inhibición. Dicho de otro modo, ante diversos estímulos (personas, acontecimientos, recuerdos) reacciono de forma impulsiva o irracional, perdiendo el sentido común y el de la realidad. Es decir, la reacción no se ajusta al estímulo, y el conflicto se agudiza.

- expresiones corporales (enfermedades, malestares físicos).

- la vivencia de una culpa malsana.

Esta experiencia de ser “sujetos heridos”, si no la asumimos e integramos sigue doliendo y obstaculizando nuestro desarrollo, incluso nuestra relación con Dios, porque incluso le negamos la posibilidad que Él nos perdone y nos sane.  A veces nos acostumbramos a la herida, y habitualmente desde esta herida seguimos hiriendo a los demás, porque necesitamos descargar la angustia que supone convivir con ella.

Sin embargo, nuestra condición de ser heridos puede ser una gran oportunidad para el encuentro con Dios, para dejarnos sanar y reconciliar con él. No podemos olvidar que Jesús está vivo y presente en su Iglesia, llevando las marcas de sus cinco llagas producto del pecado e injusticia de los hombres. La primera comunidad cristiana queda también herida y abatida. Están divididos y fragmentados por la muerte del Maestro. No sólo Jesús estaba crucificado, ellos también se sintieron “clavados en cruz”.

En el encuentro con los consagrados y consagradas de Chile en la catedral de Santiago el día 16 de enero 2018, el Papa Francisco nos recordó este vacío, desconcierto y turbación de los apóstoles y discípulos después de la muerte de Jesús. Nos habló de cómo debemos ser capaces de enfrentar situaciones, “que nos hieren” y que tiene que ver con los fracasos, fragilidades, pecados e injusticias de los hombres.

            La principal tentación ante momentos de crisis, según el Papa Francisco es dedicarse a “discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores... y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación”.

Somos conscientes de que atravesamos en nuestra Iglesia horas difíciles de turbulencias, desconfianzas y rechazos. Junto a la fidelidad de la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de delitos, escándalos y deserción. Francisco nos ha dicho que otra tentación es “pensar que todo está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo único que profesamos es apatía y desilusión. Así cerramos los ojos ante los desafíos pastorales creyendo que el Espíritu no tendría nada que decir. Así nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de «los otros», sino también de nosotros”.

¿Cuál es el camino de sanación?

El Papa nos llama a colocar nuestra mirada en Jesucristo, el cual no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Nos dice: “Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo. La conciencia de tener llagas nos libera. Sí, nos libera de volvernos autorreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado”.

Hoy más que nunca, frente a la realidad que estamos viviendo, se requiere una lectura de profunda fe. Aunque nos duele y escandaliza lo que ha ocurrido y está ocurriendo, sabemos que el Señor nos acompaña, nos guía y nos invita a la conversión y a no desfallecer en nuestros esfuerzos por seguir anunciando su Buena Nueva.

Es un tiempo para que cada uno se encuentre consigo mismo, con sus heridas y sus dolores y le pida al Señor el don de la reconciliación y de la conversión. La Iglesia no necesita de perfectos, necesita de discípulos y discípulas que sepan de misericordia y compasión y, con valentía, salgan al encuentro de los caídos, de los abandonados y de los marginados. El reconocimiento sincero de nuestros dolores y límites, lejos de alejarnos del Señor, nos permite volver a Él, sabiendo que siempre Él puede con su novedad, renovar nuestra vida.

Reavivemos la profecía, no esperando una Iglesia o comunidad ideal, sino creando posibilidades para que cada persona abatida pueda conocer y encontrarse con el Señor. Cada vez que volvemos a la fuente, recuperamos la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, nuevos métodos y nuevas formas de vivir y expresar nuestra fe.

Portamos, como sanadores heridos, la alegría y paz de Jesús Resucitado, que con sus llagas nos invita a no tener miedo, a echar las redes, para seguir construyendo el Reino en esta tierra.