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La ética de nuestra acción pastoral

Toda relación, para ser humana, implica una ética. Para ello, nuestra libertad necesita dejarse iluminar por principios, valores y normas que nos ayuden a construir un proyecto de vida, y un modo de vincularnos con las personas y con todo lo creado que nos humanice. De lo contrario, la persona puede vivir emancipada radicalmente de aquella búsqueda esencial a todo ser humano, hacer el bien a los demás y a sí mismo, a partir de lo que es bueno y mejor.

            Para el cristiano esa búsqueda está fundamentada y guiada por la enseñanza y praxis de Jesús y por la tradición eclesial que ha ido formulando, a lo largo de la historia, los ejes en los cuales se sustenta la ética cristiana. No podemos dar por supuesto que toda relación interpersonal que se da en el contexto de una comunidad cristiana o en una actividad pastoral es por sí misma ética y humanizante. Esto no es obvio. No por el hecho de profesar la fe y seguir lo valores del evangelio, el cristiano actúa conforme a estos principios, sino que no pocas veces, actúa contrariamente a la enseñanza de Jesús.

         Al interior de la Iglesia y de las comunidades hemos sido testigos de actitudes poco respetuosas, comportamientos impropios, exclusiones, discriminaciones y más gravemente aún, abusos sexuales, psicológicos y de conciencia. Estos abusos, además de dañar el alma de las víctimas han producido una herida profunda en la Iglesia y han afectado la confianza de los fieles. Personas que se han consagrado al servicio de los demás, han traicionado la vocación a la cual han sido llamados, violentado la vida de aquellos a los cuales se habían comprometido a cuidar y proteger.

            Lo que está detrás de cualquier tipo de abuso es el mal ejercicio y uso del poder. El victimario sabe que se encuentra en una relación asimétrica y es consciente de que posee una autoridad que puede utilizar para su propio beneficio. El abusador busca gratificaciones egocéntricas y narcisistas. Satisface sus deseos sometiendo al otro a su voluntad, trasgrediendo su libertad y manipulando su conciencia.

            Muchas veces el victimario se engaña a sí mismo y a los demás, justificando sus acciones en “un supuesto cariño que siente sobre la persona”, “en que sólo cumple con su deber” o en que “posee la verdad acerca de lo que bueno y correcto para el otro”. 

            En esta columna, quiero detenerme en tratar de modo sucinto, el abuso psicológico y de conciencia, llamado también abuso espiritual. Estos últimos son temas poco tratados y abordados en la Iglesia y en nuestros encuentros formativos. Sobre el abuso sexual, siendo una situación muy grave, hay mayor literatura y las conferencias episcopales han ido planteando directrices para que los agentes pastorales y consagrados se formen en la prevención de estos abusos y en el acompañamiento a las víctimas.

            Las razones que me mueven a la hora de abordar esta problemática son:

-  contribuir a la reflexión, para que cada comunidad educativa y parroquial se sensibilice frente a la realidad del abuso en todas sus dimensiones y así fortalecer la propia ética personal;

-   suscitar y sostener ambientes sanos y protegidos en donde se eduquen y formen nuestros niños, jóvenes y adultos, siendo capaces de descubrir y denunciar cuando estamos ante una situación de abuso.

            El abuso psicológico es una agresión que se ejerce sobre una persona, con gestos y palabras, el cual va acompañado de amenazas, degradación, humillación y ridiculización. Este tipo de abuso se puede dar en diversos ambientes: en la pareja y en la familia, en una relación laboral, en un espacio educativo, o en una relación pastoral.

            Produce en la víctima miedo y temor, menoscabando su autoimagen y su autoestima. A la víctima de les desconocen sus emociones y sentimientos, reduciéndola a un mero objeto.

            Una cosa es la persuasión y la influencia razonable y otra muy distinta es la coerción y control de los demás. Este abuso puede comenzar siendo muy sutil y luego convertirse en una práctica sistemática.

            También este abuso se puede expresar en la falta de protección y cuidado mínimo de los niños y jóvenes y adultos vulnerables, por parte de quienes tienen el deber de hacerlo y las condiciones para ello. Existe negligencia cuando los responsables de cubrir las necesidades básicas, especialmente de los niños, no lo hacen, provocando profundas heridas emocionales.

             Los datos que nos entregan el informe de la UNICEF en Chile son alarmantes:

71% de los niños y niñas ha sufrido algún tipo de violencia.

8,7% de los niños y niñas han sufrido abuso sexual.

19,5% de los niños y niñas es víctima de violencia psicológica.

25,6% de los niños y niñas es víctima de violencia física leve.

25,9% de los niños y niñas es víctima de violencia física grave.

(http://unicef.cl/web/prevencion-de-la-violencia)

             El abuso de conciencia o espiritual es la acción de dominar y conquistar la conciencia de la víctima. Se trata de controlar, en menor o mayor grado, la libertad de pensamiento, afectividad y conducta de una persona. Es controlar su deseo, su voluntad y su discernimiento. Es un comportamiento premeditado, consciente, sistemático, que atenta contra la dignidad e integridad de la persona. La consecuencia de este tipo de abuso es que poco a poco la víctima se desautoriza a sí misma a la hora de asumir la vida en sus manos. Sus propias elecciones y el discernimiento son menoscabados, logrando que la víctima se someta a las ideas y deseos de quien manipula su mundo interior.

            Las estrategias que utiliza quien abusa de la conciencia podrían ser: adular y reconocer al otro como alguien importante; generar en la víctima satisfacción afectiva y emocional; regalar dinero y cosas materiales; hacerle sentir especial, único y privilegiado; compartir el propio poder con la víctima; generar espacios de control; manipular afectivamente; usar la información confidencial de la víctima; manipular y hacerla depender afectivamente.

            En el número 10 del documento elaborado por la conferencia episcopal de Chile, los obispos nos recuerdan: “(…) somos conscientes de que la solicitud pastoral, propia de la misión que nos ha encomendado el Señor, implica tener en nuestro corazón la vida de las personas que participan en nuestras comunidades. En este sentido, hemos de velar para que en la vida eclesial cada niño, adulto o anciano encuentre las condiciones adecuadas, de manera que puedan participar en un ambiente sano y seguro, y así su dignidad y sus derechos no se vean amenazados por ninguna persona o circunstancia. En la medida que todos los miembros de la Iglesia asumamos con responsabilidad las consecuencias que producen nuestros actos, y en la medida que la Iglesia muestre a la sociedad sus acciones preventivas de cualquier delito en su interior y su decisión de perseguir a quienes eventualmente los cometen, ciertamente habremos dado un paso importante de mayor compromiso en la protección y cuidado de todos los miembros del pueblo de Dios”. (Líneas Guía de la Conferencia Episcopal de Chile para tratar los casos de abusos sexuales a menores de edad, 2015).

          Necesitamos seguir sensibilizándonos ante el flagelo del abuso, que se da en diversos ambientes y grupos sociales. Es un tema del que es incómodo hablar, pero que necesita de nuestro compromiso para prevenirlo, denunciarlo y para acompañar a aquellos que lo han sufrido.

            Todos los que desarrollamos una acción pastoral estamos llamados actuar con los sentimientos de Jesús Buen Pastor, quien nos invita a reconocer y respetar a los otros como hijos de Dios, a ser misericordiosos y compasivos, y mantener un corazón que nos mueve a acompañar a los que sufren e impulsar la recuperación de la dignidad de las víctimas de abusos.

 

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