Links

Noticias externas

Iglesia de Chile acompaña en el dolor al…

El Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago, junto al Secretario General, Mons. Cristián Contreras Villarroel, obispo de Melipilla, expresaron a la Conferencia Episcopal...

Read more

Terremoto: el Papa llama por teléfono al…

(RV).- El Obispo de Rieti, una de las regiones afectadas por el terremoto de este miércoles, quien se encontraba en peregrinación a Lourdes, tras haber tomado conocimiento del hecho se...

Read more

Las cualidades y actitudes de un buen acompañante espiritual

         El acompañante espiritual ha recibido un ministerio especial en la Iglesia, para ayudar a las personas que buscan lo que Dios quiere de ellas y desean crecer en la vivencia del Evangelio de Jesús desde su vocación particular. Es un compañero de camino, que no decide por el acompañado ni lo guía de manera directiva, sino que le ayuda a que sea éste último el que vaya tomando sus propias decisiones, encontrando caminos de solución a sus dificultades y crisis y haciéndose responsable del estilo de vida que nace de su vocación cristiana.

  El acompañante espiritual de grupos o personas, no es un ser perfecto o totalmente intachable. Es un creyente, que, asumiendo sus fragilidades y debilidades, tiene ciertas condiciones que le preparan para su ejercicio ministerial y está también dispuesto a trabajarse a sí mismo para seguir su camino de conversión y maduración humana y espiritual.      

 En el documento de preparación al XV sínodo de los obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, haciendo referencia a las personas que trabajan especialmente con jóvenes, indica que: “El rol de adultos dignos de confianza, con quienes entrar en alianza positiva, es fundamental en todo camino de maduración humana y de discernimiento vocacional. Se necesitan creyentes con autoridad, con una clara identidad humana, una sólida pertenencia eclesial, una visible cualidad espiritual, una vigorosa pasión educativa y una profunda capacidad de discernimiento. A veces, por el contrario, adultos sin preparación e inmaduros tienden a actuar de manera posesiva y manipuladora, creando dependencias negativas, fuertes malestares y graves contra testimonios, que pueden llegar hasta el abuso”.           

 Debemos reconocer la importancia de una preparación intelectual para el acompañamiento. Una buena base teológica y antropológica es clave para favorecer el discernimiento, por ejemplo, de la imagen de Dios y de la vivencia de las opciones fundamentales de Jesús; el manejo de ciertas herramientas psicológicas puede ayudar a realizar una buena escucha y distinguir los conflictos psíquicos que requieran una derivación hacia otros especialistas. Junto con ello y como lo indica el párrafo citado anteriormente, el pilar de la formación de un acompañante espiritual está en su madurez humana y cristiana, que se traduce en un autoconocimiento profundo de sí mismo y en una experiencia espiritual que va integrando las dimensiones de su vida.

 Por eso nos preguntarnos; ¿Cuáles son esas cualidades y actitudes personales que a la persona que asume este servicio la capacita y habilita para acompañar? Sin pretender abarcar completamente la pregunta, a continuación, esbozo un intento de respuesta.

  1. Es una persona que se conoce a sí misma. El acompañante es consciente de sus cualidades positivas y negativas, de sus valores, sus fortalezas y debilidades. Ha sido capaz de releer su historia de vida, descubriendo las heridas, y los aspectos más conflictivos de su personalidad. De esta manera, evita hacerle daño al acompañado y desde su experiencia le ayuda a la persona a crecer y desplegar sus potencialidades
  2. Es psicológicamente equilibrada: posee una identidad clara, y un auto concepto que es capaz de estimar adecuadamente. Tiene una visión realista de sí mismo, de las personas y de la realidad. Sabe cómo integrar las distintas dimensiones de lo humano y deja que la experiencia de fe sea el eje que articule toda la vida.                                                                                                    
  3. Es un creyente que vive una experiencia espiritual profunda. El acompañante debiera considerar que todo lo humano puede ser lugar de una experiencia de fe, siempre y cuando esté encauzada a buscar la mayor gloria de Dios; ha aprendido a beber y alimentarse de las fuentes de la espiritualidad cristiana para profundizar en su camino de conversión; considera que la Palabra de Dios es el centro de la relación de acompañamiento, ya que  ambos están atentos a lo que la Palabra suscita en los corazones y están disponibles a dejarse iluminar por ella; la eucaristía es para él el lugar de la fraternidad y de la comunión y el alimento para nutrir la vida de los demás; ora por sus acompañados y por los grupos que acompaña.
  4. Es un cristiano fiel a la Iglesia. El acompañante espiritual no ha conquistado por sí mismo el ministerio que ejerce. Ha sido llamado por la Iglesia, desde la comunidad particular en la que participa, a servir a los demás como un discípulo que acompaña a otro hermano o hermana en el camino del seguimiento de Jesús. Por consiguiente, la enseñanza, es también una luz que guía el discernimiento y la búsqueda de la voluntad de Dios. 
  5. Conoce y practica el dinamismo del discernimiento cristiano. Ha aprendido a descubrir las mociones del buen y mal espíritu; comprende lo que significa vivir el estado de la desolación y consolación; es capaz de distinguir en sus opciones y actitudes, aquellas motivaciones y deseos que no son evangélicos, sino que son fruto de sus carencias afectivas, narcisismo o egocentrismo.
  6. Sabe escuchar, aceptar y respetar la dignidad de los otros. El acompañante escucha atentamente las vivencias, dificultades, logros y búsquedas del acompañado; escucha especialmente las emociones y sentimientos del acompañado que estimulan las personas, los acontecimientos y las propias decisiones. La persona que acompaña, acepta al otro tal como es; desde la caridad cristiana, ayuda a que la persona se acepte a sí misma y desde Dios, continúe su camino de conversión.  El acompañante, fundamentado en su ética cristiana, no enjuicia ni tiene actitudes de discriminación; respeta las decisiones libres y autónomas del acompañado y crea en la relación el espacio para que la persona no se sienta presionada ni coaccionada; no intenta moldearlo a su propia imagen y semejanza. Sería una grave falta ética, que, aprovechándose de la autoridad y el poder que le otorga su ministerio, manipule o influya directamente en la conciencia de su acompañado. Esto sería catalogado como un abuso espiritual. 
  7. Ha aprendido a manejar la transferencia. En todo buen manual de acompañamiento espiritual se hablará de esta realidad. La transferencia se da normalmente en toda relación humana asimétrica: médico-paciente; profesor-alumno; sacerdote-penitente; acompañante-acompañado. La persona que busca ayuda transfiere inconscientemente a la persona que le ayuda y que le otorga un saber, sentimientos y modos de relación semejantes a los manifestados a sus figuras paternas y maternas de su infancia. Es decir, los sentimientos de amor, ternura, odio, dependencia, obediencia, rebeldía, que en otro tiempo eran dirigidos a una de las figuras importantes de la infancia, habitualmente son transferidas a la persona que considera una autoridad y de la cual recibe una ayuda. El acompañante debe estar atento para abstenerse de satisfacer o responder directamente a estos sentimientos. Puede utilizarlos para conocer al acompañado y ayudarle a madurar aquellos rasgos infantiles y así ofrecer un camino de transformación hasta la adultez-cristiana. El desconocimiento de este fenómeno por parte del acompañante puede suscitar relaciones de sometimiento, dependencia y de gratificación narcisista.
  8. Se acompaña y se supervisa. Para todo cristiano y especialmente para un acompañante espiritual es muy necesario que mantenga él mismo un propio proceso de acompañamiento espiritual. Necesita confrontarse y discernir junto a otro su propia vida y vivencia vocacional. Requiere la ayuda para seguir madurando humana y cristianamente. También está dispuesto a buscar a otro acompañante o grupos de acompañantes, con los cuales compartir su experiencia y buscar consejo cuando existan situaciones difíciles de abordar. Será muy importante en esta supervisión expresar los sentimientos que provocan en él la persona del acompañado, ya que éstos influyen en el modo de intervenir y de relacionarse con él. De lo contrario, si no es consciente de estos sentimientos, podría llegar a dañar, con sus actitudes, a la persona que ha buscado en él ayuda.

Para ser acompañante no se exige ser alguien perfecto, sí consciente de su realidad personal, de los límites físicos y afectivos que derivan en una buena práctica ética y de la convicción de que es el Espíritu de Dios quien guía la vida del acompañado. El acompañante es sólo un compañero de camino, un hermano en el Señor.

Palabras anteriores