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El acompañamiento espiritual, un ministerio eclesial necesario

El acompañamiento espiritual, en el sentido amplio de la experiencia, es una relación interpersonal en la cual el acompañado busca una ayuda en el acompañante, para enfrentar su vida, discernir lo que Dios quiere y dar solución a sus conflictos dentro de un contexto de fe.

            Esta práctica actual, donde una persona acompaña o guía a otra, en un proceso de crecimiento personal, no ha estado sistematizada permanentemente en la historia del cristianismo. A pesar de ello, podemos apreciar que la dirección y el cuidado de las almas, era ciertamente un tema importante en la literatura cristiana de los primeros siglos. Aparecen en diversos textos, sermones y exhortaciones. Variadas cartas de Ambrosio, Agustín, Anselmo de Canterbury, estaban dirigidas a las personas a las cuales ellos acompañaban.

            Esta costumbre no era habitual en la tradición cristiana, aunque se puede encontrar de alguna manera más específicamente esta práctica en la tradición monacal del siglo IV y en los startsy rusos del siglo XVIII y XIX. Estas eran relaciones de ayuda de orientación más educativa en donde el maestro escuchaba las búsquedas y problemáticas de un discípulo, que deseaba ser mejor persona y cristiano. También es digno de destacar a grandes guías espirituales del cristianismo occidental del siglo XVII, como Francisco de Sales y el cardenal de Bérulle.

            Desde esta época hasta los años 70 se utilizó más comúnmente en el ambiente católico el concepto de Dirección Espiritual. También se han formulado otras expresiones, como relación pastoral, diálogo espiritual o pastoral, coloquio espiritual, dirección o cuenta de conciencia, encuentro de ayuda espiritual, entre otras. Desde los años 80 se ha comenzado a utilizar más extendidamente en ambientes de habla hispana y francesa, el término Acompañamiento Espiritual que se aleja de la tendencia directiva, en donde se evita dirigir y aconsejar al acompañado.

            La tendencia histórica ha sido que se comprenda más como un proceso directivo, donde hay alguien que guía a otro, indicando ciertos caminos por donde avanzar. Posteriormente, con el influjo de las ciencias humanas, el acompañamiento ha ido mostrándose cada vez más en su dimensión de relación interpersonal. El acompañante desea ayudar a que el acompañado, guiado por el Espíritu Santo, crezca y se desarrolle integralmente, dejando que sea la persona la que vaya descubriendo su sentido de vida y tomando libre y autónomamente sus decisiones.

            El acompañamiento espiritual tiene como objetivo otorgar un espacio de escucha para que el acompañado se conozca y se comprenda a sí mismo, pueda enfrentar de mejor manera sus conflictivos internos y relacionales, y descubra el origen histórico de tales conflictos y así vivir con mayor armonía y paz su vocación cristiana. De modo general, el acompañamiento espiritual lleva al acompañado a tomar conciencia de su mundo interno, sus deseos, impulsos, pensamientos y sentimientos que están impactando y afectando su propia identidad, su modo de relacionarse con los demás y la manera que asume su condición humana, llena de potencialidades, pero también de límites y fragilidades.  

            Dicho lo anterior y para que el acompañamiento cumpla su objetivo, se necesita que se realice en un lugar digno y bien dispuesto para ello, y en una sesión que dura un tiempo suficiente y acotado. (Habitualmente de 50 a 60 minutos).  No se realiza en una cafetería o en el pasillo de la institución. Tampoco es una conversación informal o un encuentro que dura varias horas. Se evita la mutua dependencia y que este ministerio se transforme en una relación de amistad. Es una relación asimétrica, entre dos creyentes, el cual uno de ellos, con mayor experiencia, ayuda al otro a discernir su vida, confrontándola con el Evangelio de Jesús.

            No es un espacio en donde el acompañante aconseja y sermonea, sino que se debe facilitar a que el acompañado pueda pensarse a sí mismo. No se trata de consolar con hermosas frases, sino de hacer preguntas que ayuden a que la persona se comprenda y descubra el origen de sus problemáticas.

            Desde esta perspectiva, entiendo la dimensión espiritual del acompañamiento en un sentido amplio. Podemos afirmar que todo ser humano vive espiritualmente. Cuando en la persona surge la pregunta por el sentido; cuando comienza a explorar lo hay en su mundo interior, a nivel de sentimientos, emociones y deseos; cuando comienza a escuchar, a pensar, a interpretar y, por consiguiente, a asumir sus decisiones y opciones vitales, entonces se inicia en él la vida espiritual.

            En segundo lugar, se debe afirmar que la vida espiritual cristiana no pertenece a todos, sino sólo a los que “se dejan guiar por el Espíritu de Jesús de Nazaret”. Por lo tanto, el acompañado que profesa la fe cristiana, habiendo realizado una opción libre y voluntaria por la vivencia de los valores del evangelio, como camino que ilumina el sentido de su vida, está invitado a discernir la vivencia de este proyecto, confrontando la interpretación personal que hace de esta enseñanza con su praxis cotidiana. La persona, en clave de proceso, va construyendo su sentido de vida iluminado por la dimensión trascendente que le otorga su fe y tomando conciencia que lo hace como un sujeto que es miembro de una comunidad eclesial.

            Junto con lo anterior, el acompañamiento espiritual no puede ser una práctica que aliene a la persona de la cultura y del contexto sociopolítico. Por una parte, nos preguntamos cómo este escenario influye en la situación vital del acompañado y por otra, cómo la persona interpreta, se inserta y se vincula con esta realidad.

            Desde esta visión, lo humano y lo espiritual no son dos mundos paralelos. Por el contrario, una de las tareas más importantes del acompañamiento será integrar todas las dimensiones de la vida desde la fe e ir construyendo en conciencia y libertad el propio sentido de vida.

            El P. Querbesestaba convencido de que, sin dirección espiritual, los religiosos están condenados a la mediocridad y a la fantasía: “Acostumbraos a efectuar vuestras declaraciones y vuestras cuentas de conciencia con la sencillez de la infancia” (A los hermanos de Canadá). “No temáis que la declaración que hagáis de vuestras dificultades a los superiores suponga, por su parte, menos bondad o caridad hacia vosotros” (Directorio de 1836). Casi todas sus cartas a los religiosos son cartas de dirección, disciplinar y espiritual. Su vasta correspondencia con el P. Faure es prueba de su lucidez en las vías espirituales, de su fina psicología, de su paciencia y de una bondad que causan admiración. Apoya, anima, estimula, con una caridad firme que nada es capaz de apagar ni de desanimar[1].

            Será necesario preguntarnos, si consideramos necesario formarnos o profundizar en nuestra misión como acompañantes, para favorecer en otros creyentes, el discernimiento y el crecimiento espiritual. Es indispensable participar en espacios que ya brindan ciertos centros de espiritualidad o crear nosotros mismos un programa de formación para acompañantes espirituales. El documento preparatorio del próximo sínodo de jóvenes ya indica la importancia del acompañamiento espiritual para la vida cristiana y para el discernimiento vocacional. Como en todas las profesiones y ministerios pastorales de “relación de ayuda”, es difícil concebir un servicio de calidad que haga justicia a quien pide ayuda, sin una adecuada formación.

            Aunque no todos se sentirán llamados a ejercer este ministerio, debemos ser conscientes, que, sin la ayuda de los hermanos, será difícil crecer, madurar y dar solución a nuestros conflictos y problemáticas.



[1] El P. Querbes, guía en la vía de la infancia espiritual, FQ n° 8, 1° de marzo de 1956, p. 72. Citado en: El Espíritu vivo del P. Querbes,

 

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