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Las virtudes de cada día

Con frecuencia el P. Querbes exhortaba a sus religiosos a vivir las llamadas virtudes ordinarias. En algunas de sus cartas y especialmente en el artículo Nº 2 de los estatutos hace referencia al conjunto de estas virtudes. Estas virtudes ordinarias nacen de una profunda actitud de fe y de una vida centrada en Cristo. El P. Querbes acoge una tradición, que se inicia con la devotio moderna, y se profundiza con la escuela francesa de espiritualidad.

            La práctica de las virtudes es un camino de crecimiento para aquel que las ejercita; virtudes que se inspiran en el testimonio de Cristo, las cuales los creyentes están llamados a imitar. Ya lo decía San Gregorio de Nisa en el siglo IV: “El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios[1].          No se entiende esta meta, como el deseo de adquirir un poder o una fuerza divina para dominar la naturaleza y a los demás y así satisfacer nuestros propios intereses. Una vida virtuosa no pretende buscar la gloria personal ni generar la veneración de los demás. Por el contrario, se trata más bien de reproducir en nuestra propia vida la humildad, mansedumbre y docilidad del Hijo de Dios, que se encarnó para hacer la voluntad del Padre y anunciar con signos y palabras el Reino de Dios.  

            El P. Querbes detalla estas virtudes ordinarias, mencionando la obediencia, la castidad y el espíritu de pobreza; añade la fe, el celo, la humildad, la pureza, el amor al trabajo, al retiro y al silencio. Estas virtudes son para nuestro fundador los pilares en donde empezamos a cimentar el edificio de nuestra salvación y de nuestra perfección[2].

            En otros escritos agrega a estas virtudes la importancia de la puntualidad en las actividades del día, la caridad fraterna, la vivencia de la oración, el examen diario, la cuenta de conciencia y la comunión frecuente.

            Aunque en la actualidad se habla más de valores, las virtudes siguen siendo una fuerza o destreza que nos permite realizar lo moralmente bueno, con alegría y constancia, no sin esfuerzo y sacrificio. Se entienden también como actitudes y disposiciones que perfeccionan el entendimiento y la voluntad, regulan nuestros actos, conducen nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Permiten al ser humano no solo ejecutar actos buenos, sino dar lo mejor de sí mismo.

            Es decir, con todas sus capacidades sensibles y espirituales, la persona se despliega buscando el bien y lo escoge a través de acciones concretas. Para ello, según nuestra tradición, la persona se deja guiar especialmente por las cuatro virtudes cardinales[3].

             Estas virtudes morales desempeñan un papel fundamental y orientativo en la construcción de una vida buena y ética. Estas, explicadas sintéticamente son:

La prudencia. Es la capacidad de discernir desde la razón nuestro verdadero bien y el de los demás, permitiendo elegir los medios rectos para realizarlo.

La justicia.  Es la virtud que reside en la firme voluntad de dar a Dios lo que le es debido y al prójimo lo que necesita para vivir dignamente. Ante los hombres estamos llamados a establecer relaciones humanas armónicas y pacíficas, respetando su valor y sus derechos.

La fortaleza. Es la virtud que asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien. Nos permite esta virtud resistir a las tentaciones y superar los obstáculos en la vida ética.

La templanza. Es la virtud que modera nuestros deseos y los placeres egoístas y superficiales. Procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.

            No es fácil guardar el equilibrio ético en nuestra vida. Para el P, Querbes estas virtudes humanas estaban profundamente unidas a una fe viva e ilustrada y al reconocimiento de nuestra fragilidad humana y dependencia del Creador.

            ¿Qué ocurre entonces, que muchas veces sentimos que no vivimos las virtudes que el fundador nos llama a hacer crecer en nosotros? Con quienes compartimos nuestra misión, ¿ven en nosotros a personas que transparentamos a Dios y damos testimonio verdadero de las virtudes o valores que creemos y deseamos vivir?

            ¿Te has preguntado qué significan para ti aquellas virtudes que para nuestro fundador fueron los ejes fundamentales de su proyecto personal y comunitario?  

            Cómo comprender y vivir entonces:

-          la fe, entendida como un proyecto existencial y un modo de vivir la relación con Dios, con las personas y con todo lo creado; 

-          la humildad, que implica reconocer la propia verdad y la realidad personal que vivimos en todas las dimensiones humanas;

-          la pureza, que se cultiva acogiendo el amor misericordioso de Dios y se expresa amando y sirviendo a los demás sin manipulaciones ni egoísmos;

-          el celo apostólico, que se vive trabajando apasionadamente por anunciar a Jesús y colaborar con la construcción del Reino;

-          la oración y los tiempos de reflexión y silencio, que van forjando en nosotros mayor coherencia e integridad personal.

            Para vivir estas y otras virtudes, que nos humanizan y nos permiten vivir relaciones interpersonales más humanizantes, necesitamos de la ayuda de la gracia divina. Las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, animan y vivifican el obrar ético de los cristianos. Debemos pedirle al Señor que nos ayude a ser más coherentes con nuestro proyecto de vida personal, que debiera estar sostenido por las virtudes humanas y teologales.

            El P. Querbes nos anima a vivir el seguimiento de Jesús desde una vida sencilla y humilde, descubriendo en lo cotidiano y ordinario de cada día la presencia de Dios que nos impulsa al compromiso con los más necesitados.



[1]San Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, oratio 1.

[2] Luis Querbes, Carta al P. Faure, 13 de mayo de 1841, DQ 342 6,67v.

[3] CEC 1806-1809