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Espiritualidad y espiritualidades

Hasta el siglo XII, los padres de la Iglesia conocieron un único saber teológico: integrar y personalizar la vida histórica y el misterio de Jesús en un clima de oración y contemplación. En la experiencia se iba forjando una sabiduría de pensar, sentir y vivir el misterio de Cristo. A esta integración, que une el pensar, el sentir y el actuar, se le llamaba teología mística: conocer internamente a Cristo que revela al Padre y nos da su Espíritu para conocerle a Él en espíritu y en verdad.

            Con la creación de la universidad, que se esforzó en distinguir cada disciplina y ciencia, y la influencia en la teología de la filosofía de cuño neoplatónico, se fue separando la exégesis y dogmática, por un lado y la experiencia espiritual por otro. La dogmática se fue olvidando de la reflexión arrodillada y de una oración que contemplaba el misterio y, además de sentir su presencia, lo pensaba. De ahí que la teología quedó en la línea de la especulación teórica y la mística, reducida a algunos privilegiados que recibían un don especial.  

            En la tradición católica latina, una equivocada interpretación de la filosofía platónica, ha remarcado un dualismo que ha hecho bastante daño, tanto en la teología como en la vivencia de la espiritualidad. No nos es fácil la integración en la teoría y en la práctica, de la gracia de Dios y la libertad humana, lo natural y sobre natural, el dogma y la experiencia espiritual, la fe y la vida, la contemplación y la acción, etc.  

            Un primer desafío para la espiritualidad es recuperar que su fuente está en la vivencia del misterio de Jesús y en la fe que la Iglesia ha ido transmitiendo y enseñando de generación en generación. La espiritualidad no es una construcción subjetivista, donde cada uno se inventa el camino según sus propias necesidades del momento y buscando lo que le acomoda o le hace sentir bien. En determinados momentos me he encontrado con comentarios tales como: “en la Iglesia necesitamos menos doctrina y más acción”; “lo importante no es tanto saber mucho de la fe, sino practicar y ser coherente con ella”; “cuando se habla del dogma, siento que se refiere a algo del pasado que no se entiende y no tiene mucho sentido hoy…”

         Existe una mala comprensión del dogma. Es probable no hemos sabido transmitirlo o no hayamos educado a nuestros fieles para que asimilen y personalicen el contenido de la fe. El dogma es el resultado de un proceso histórico de explicitación de la revelación, que sigue evolucionando; es nuestro desafío exponer el dogma teniendo en cuenta la cultura que vivimos y con la ayuda de las ciencias humanas, ayudar a que se comprenda y se viva por el hombre y mujer de hoy. Siguiendo a H.U. Von Balthasar[1], se afirma que la espiritualidad es la cara subjetiva del dogma, es decir,  es la experiencia de  apropiarse, personalizar, integrar y asimilar el misterio de Jesús y de la fe cristiana en la propia vida, en comunión con toda la Iglesia

            Doy dos sencillos ejemplos que pueden ilustrar esta idea. Cuando confesamos que Dios es creador, ¿qué afirmamos? ¿qué consecuencias tiene para nuestra existencia? Dios está en el origen de la vida. Dios todo lo ha creado bueno, situando al hombre como señor de todo lo creado. Siguiendo los relatos de la creación, podemos concluir que todo lo creado tiene su origen en Dios, por lo tanto, todo lo que tiene en él su origen es sagrado y debe ser tratado a partir de esta dignidad.

            Si el ser humano es el señor de la creación, tiene la misión de hacerse cargo de ella, cuidarla, protegerla y velar para que se respeta la dignidad, especialmente de cada persona, creada a su imagen y semejanza. ¿Cómo cuidamos la naturaleza? ¿Cuál es el aporte que hacemos en la preservación del medio ambiente? ¿Cómo protegemos a los animales y hacemos buen uso de ellos, los cuales nos dan compañía, nos alimentan o nos ayudan en el trabajo? Si el que está a mi lado es hijo de Dios ¿cómo me relaciono con él? ¿lo respeto? ¿es para mí alguien sagrado? o, por el contrario, lo hiero con mis palabras e indiferencias. ¿Tengo la tentación de manipular a los demás, dominarlos y utilizarlos para mi provecho?

            Orar y vivir espiritualmente la experiencia de Dios Creador, implica integrar esta fe, renovar e ir cambiando mi modo de relación con las personas y lo creado y comprometerme con la promoción y respeto de la dignidad y derechos de todo hijo e hija de Dios.

            Otro ejemplo. Si profeso el dogma de la encarnación y creo que Dios se ha hecho hombre en Jesús, nacido de María, me pregunto, ¿qué significa este artículo de nuestra fe? ¿cómo puedo vivir espiritualmente este misterio?

            Dios se ha abajado y anonadado, despojándose de su condición divina, para que nosotros podamos participar de su vida divina (2 P 1, 4); el Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios (1 Jn 3, 5; 4, 14) y así pudiéramos conocer el amor de Dios (Jn 3, 16; 1 Jn 4, 9).

            El cristiano vive espiritualmente el misterio de la encarnación despojándose de su deseo de ser dios, y ser él el único referente para sí mismo; practicando la humildad, se siente hermano de sus hermanos; no busca un mayor status social para sentirse superior a los demás; no desea menospreciar a nadie  y tiene como misión, colaborar en la instauración del reino, integrando a los marginados y excluidos, para recuperar su dignidad; vivir la encarnación es practicar la exhortación de san Pablo: <<Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz>> (Flp 2, 5-8; cf. Liturgia de las Horas, Cántico de las Primeras Vísperas de Domingos).         

            Un segundo desafío que debemos enfrentar, tiene que ver con la práctica reduccionista de muchos cristianos que consideran “espiritual” sólo los espacios y momentos concretos donde se encuentran con Dios y celebran la fe; llaman espiritual a actos piadosos, que veces se vuelven rutinarios y vacíos. Sin duda que es fundamental vivir la experiencia espiritual nutrida desde las fuentes de nuestra tradición espiritual cristiana: Palabra, sacramentos, la oración personal, la devoción a la Virgen María, etc. Es necesario además establecer los medios concretos (horarios, lugares y modo personal de vivirlos) para que realmente podamos alimentar nuestra fe y nuestra vocación. Pero lo anterior no es fecundo, si no comprendo que esta gracia que recibimos debe transformar toda la vida. Necesitamos seguir aprendiendo para que esta experiencia permita que en todas las dimensiones de la persona y en todos los espacios humanos donde interactuamos, el Espíritu Santo renueve, convierta, cambie, reconstruya y reconcilie. Es importante establecer un plan de vida espiritual, pero este no tiene que ver sólo con el cumplimiento de un horario de actos y ritos religiosos. Es fundamental tomar conciencia profunda de quién es el Dios cristiano revelado en Jesús y de cómo me voy haciendo disponible y dócil a su acción. La vida en el Espíritu requiere que reconozcamos los aspectos de mi personalidad, de mis relaciones interpersonales y de mis tareas cotidianas, que necesitan ser sanadas y liberadas, ya que no expresan un testimonio cristiano genuino.

Un tercer desafío, hace relación con posicionar adecuadamente en la vida eclesial, las numerosas espiritualidades que han nacido de diversos fundadores de congregaciones, maestros espirituales, místicos y movimientos laicales. Esta pluralidad de experiencias y carismas –frutos de la acción del Espíritu- matizan diversos aspectos y dimensiones de un único acontecimiento que es Cristo y su Iglesia. Estas diferencias provienen de las distintas perspectivas en la manera de entender un contenido idéntico, a mayor o menor profundidad, acerca del Dios fiel que acompaña al hombre. La revelación se despliega, en efecto, en una historia salvífica a través de los tiempos y en encuentros siempre nuevos del Espíritu divino con personas diversas, y con situaciones políticas, culturales y religiosas transformadas. Se puede caer en la tentación de absolutizar estas espiritualidades, plantearlas como el camino perfecto y, peor aún, considerarlas como un itinerario de mayor valor que otros. De esta manera, se olvida de la riqueza de la diversidad de carismas y de pluralidades de formas de vivir las dimensiones de la tradición cristiana. Para una comunidad religiosa es imperativo conocer a su fundador, profundizar en su pensamiento y espiritualidad e irradiar su carisma en todo lugar donde esté inserta. Pero no olvidamos que la espiritualidad querbesiana es una vía, entre otras, que nos conduce al seguimiento de Jesucristo y nos mueve a vivir un estilo de vida que sea coherente con el evangelio.

Nuestro fundador es un hombre de su tiempo. En sus escritos, intuiciones y en su manera particular de vivir la fe, nos ha transmitido una forma de vivir lo cristiano que se inspira en la escuela francesa de espiritualidad, la tradición ignaciana y la teología moral de Alfonso María de Ligorio. Somos testigos de la fuerza misteriosa del Espíritu en la historia y obra de nuestro fundador. Desde Vourles, un sencillo pueblo, se irradió un carisma que ha sido implantado en diversas culturas y realidades. Este año Querbesiano debe ser un momento de agradecimiento por la historia vivida y porque nuestro carisma sigue siendo un camino que nos permite tener la experiencia de Jesús y sentirnos miembros vivos de su Iglesia.



1 H.U. VON BALTHASAR, Ensayos teológicos, I, 272