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Ser hijos de la providencia divina

 El P. Querbes fue un hombre de esperanza, un creyente que confiaba en Dios, depositando siempre la marcha de los acontecimientos en manos de la providencia divina[1]. Al P. Querbes, con el deseo de animar a sus hermanos en la fe, esperanza y caridad, le gustaba llamarlos “los hijos de la Providencia de Dios”[2], la cual para él, nunca fallaba[3]. Hay

variados testimonios en donde se aprecia que sus contemporáneos reconocían que nuestro fundador mencionaba a menudo su confianza en la acción providencial de Dios, especialmente en momentos de dificultad e incertidumbre. Tenía la seguridad de que Dios guiaría el rumbo de los acontecimientos buscando el bien de los que Él ama.

            La Providencia puede entenderse hoy como la acción por la que Dios sigue relacionándose con lo creado y especialmente con la obra culmen de su creación, el ser humano. Dios gobierna acompañando amorosamente a su pueblo, que se ve normalmente afectado por la acción de la naturaleza, el devenir de la historia y las consecuencias de las propias decisiones humanas. El Concilio Vaticano II habla de ella como la “fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y de los acontecimientos de la vida humana[4].

            Podemos apreciar que la providencia de Dios es una verdad inseparable de la fe en Dios creador (CIC 308),  realidad que está muy presente en la escritura: “Dios es bueno con todos, y su misericordia se extiende a todas sus obras” (Sal 145, 9); “Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura” (Sb 8, 1); “(…) hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).

            La providencia de Dios, acentúa por una parte la diferencia entre el creador y la creatura y al mismo tiempo la comunión entre el Señor y su pueblo. La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada "en estado de vía" hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. La providencia de Dios es quien conduce la obra de su creación hacia esta plenitud.

            Por otra parte, Jesús solicita un abandono filial en la providencia del Padre que atiende hasta las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No anden, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? [...] Ya sabe el Padre del cielo que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf Mt 10, 29-31). 

            Este llamado a la confianza y a la esperanza en Dios que guía nuestro camino y no abandona a su pueblo, no olvida que el Señor, para llevar a cabo su obra, necesita de la acción del hombre. “Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio[5].                

            Dios, respetando la autonomía y libertad del hombre, le hace partícipe de su providencia, dándole la responsabilidad de "someter” (cuidar) la tierra y dominarla (protegerla)[6]. Dios, por obra de su Espíritu actúa en nuestra conciencia, despertándola e iluminándola para ponernos a la escucha de su Palabra y de los acontecimientos. Como miembros de su Iglesia y reconociendo la presencia del Señor en diversas dimensiones de la vida eclesial, el Espíritu nos mueve a responsabilizarnos de lo creado y de sus creaturas, especialmente de las más débiles y necesitadas.

            La acción de la providencia no se puede medir en términos de número, de poder o influencia institucional. Tampoco la providencia divina se identifica automáticamente con nuestros deseos y aspiraciones. La presencia de Dios en el mundo, nos hace preguntarnos cuán fieles somos al proyecto de su reino, cómo vivimos la comunión entre nosotros y con lo creado y cómo respondemos a las necesidades del mundo de hoy.

            El P. Querbes les escribía a los hermanos de Francia en el año 1848 diciéndoles: “Orad por Francia. Es Dios quien abre y cierra los abismos bajo nuestros pies. Es Dios el dueño de los acontecimientos. Aceptémoslos de su mano, pero pidámosle que disponga el corazón de los hombres a la observancia de su santa ley, que ilumine a aquellos a quienes ciegan sus pasiones, que fortalezca a los débiles, que infunda en los corazones de todos los sentimientos de la paz y de la caridad cristianas” [7].

            Nuestra comunidad es una pequeña porción providencial del pueblo de Dios, que no está hoy incapacitada para convertirse, renovarse en Cristo y comprometerse de forma más humilde y generosa en el anuncio del Evangelio. Pedimos al Señor que sus designios se cumplan en nosotros, que aprendamos a aceptar nuestra realidad, y que nos dé la fe y la esperanza que tuvo el P. Querbes para dedicar la vida al servicio de los demás con audacia y valentía.



[1] Cf. DQ 91-A 2,77.

[2] El P. Querbes visto por el P. François Favre, FQ n° 6, 15 de enero de 1956, p. 46.

[3] FQ n° 11, p 92.

[4] NA 2. 

[5] CIC 306

[6] Cf. Gn 1, 26-28. 

[7] Circular a los hermanos de Francia, 17 de marzo de 1848, DQ 444 7,57.

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